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5 Feb

¡Esta juventud está perdida! Más de una vez esa errónea exclamación califica a mi generación como una estúpida masa de individuos desatinados y confundidos.
No es un fenómeno actual, históricamente aquellos que nos preceden suelen en muchas ocasiones subvalorar la irreverencia común en la generación que emerge. Sin fundamento hondo, algunos subestiman a toda una generación.
Sin pretender lastimar a nadie, este disparatado criterio puede perfectamente considerarse una ignorancia colosal.
Los jóvenes no pueden pensar como sus antepasados porque no vivimos el mismo contexto, nunca razonaremos con la experiencia de quienes han logrado llegar a la vejez, pero justamente por eso somos capaces de transformar más
de una realidad. La inquietud, la sensación de que el tiempo es poco para lograr cuanto pretendemos, no es una amenaza, suele ser el motivo vital para no permanecer inmóviles y empujar nuestras razones. Insistimos en experimentar nuevas sensaciones, y nos caracteriza, aunque no a todos, lo estridente.
¿Qué hacen para los jóvenes esos supuestos dueños de la verdad o de hipotética visión iluminada? Sin penetrar en nuestros espacios, difaman de nuestra peculiar forma de divertirnos.
Fantasean, por ejemplo, con hechos jamás ocurridos en La Fiesta del Agua. Critican nuestra manera de vestir, bailar, o la preferencia musical. ¿Qué espacios atractivos para nuestros gustos e inclinaciones suelen ofrecer, esos que tanto nos insultan? ¿Por qué tienen que imponer sus gustos o intereses? ¿Por qué nos tienen que gustar las mismas cosas? A estas personas cuántas veces los ha sorprendido un joven con acciones, gestos, pensamientos y palabras, que ellos jamás se hubiesen atrevido a manifestar. Negar la evolución natural y espontánea que a lo largo de nuestra civilización constituye y representan los jóvenes, expresa en todo caso incomprensión, revela la ausencia de sabiduría, o limitada capacidad de razonamiento.
Ningún grupo social o etáreo, puede observarse como una fría masa amorfa y gris, porque es la composición de numerosos individuos con personalidad propia. Al etiquetarnos a todos por igual con improperios y calificativos muchas veces ofensivos, están olvidando algo, la realidad que hoy vivimos los jóvenes es la que nos han legado; por consiguiente, lo que pueda estar mal es también responsabilidad en gran parte de quienes nos formaron, educaron, o desgraciaron.
Tenemos pensamientos, buscamos nuestro propio espacio en el siglo XXI, repletos de defectos como todos los que alguna vez también fueron jóvenes.
Solemos equivocarnos ¿Quién es el ser perfecto que no se equivoca? Antes de juzgarnos obsérvese el tronco que guarda en su ojo, y quizás así pueda ayudarnos
con la pequeña basura en el nuestro. Nadie es propietario del mítico árbol del bien y el mal, muchísimo menos dueño absoluto de la verdad. Sin intentar imponernos su percepción, dialogue y tolere lo que no entiende o aquello con lo que quizás no está de acuerdo, pero porque no lo prefiera usted no significa que esté mal.
El instante en que aceptemos la convivencia, como el derecho a la pluralidad,
con espacios para todos, sin exclusiones, quizás entienda que mi generación
no está perdida, en todo caso quienes están confundidos son esos que se consideran salvadores. Tal vez nunca nos entregues tu mano para ayudarnos, pero quizás ni te des cuenta y seamos nosotros quienes te rescatemos de tu propio naufragio. ¿Por qué ahogarme contigo? Hagan algo por o con nosotros y no sigan acusándonos de estar perdidos.

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