Epístola de Petro, iniciando un epílogo.

Sentado en la silla despintada mi cuerpo desvanecido está inmóvil, muevo las piernas como un tic nervioso constante. La interferencia en la radio satura mis oídos casi acostumbrados a descifrar entre el ruido la noticia. Cerca de la media noche, al terminar la lluvia, la brisa calma el calor que sofocó toda la tarde. Estamos iniciando una relación epistolar. Estoy en silencio desde hace mucho tiempo. Como el peor mal ese silencio se propaga y viene ascendiendo. Si…hablo…pero no se ni qué. Pareciera que tengo miedo. Intento encontrar la calma pero se me escapa. Quizás la causa es el exceso de sexo, talvéz su ausencia. Puede ser la soledad. Carajo…algo es. Me comprime todo y pierdo el rumbo. Paso los días fumando, ya le tengo asco a la nicotina pero no puedo parar. Parezco una cucaracha. No sé donde quisiera estar. Algo me espanta. Duele caer otra vez, pareciera que estoy condenado a permanecer en el suelo. Al levantarme el próximo hundimiento me entierra más. ¿Un suicidio? Depende, al menos en mi acontece de manera distinta. Tengo cuidado pero el dolor crónico me corroe. No pasa nada. Ese es el problema. Están quemándoseme los días.
Soy un criminal, el más asqueroso, mutilado, amputándome todo sin embargo respiro. ¿Qué está primero el estómago o los sueños? Para mí los sueños. ¿Para cuantos otros? ¿Con el estómago vacío o el cuerpo sin nutrirse se tiene sueños o pesadillas? ¿Cuantos viven nutriendo solo el alma? A mi me encantaría que fuese así ¿Pero es posible? ¿Cuantos coinciden conmigo?
No quiero que ninguna otra generación pase esperando un milagro para trabajar por sus sueños o marchándose de su tierra para alcanzarlo en otros sitios. ¿Alguien puede regalarme un frasquito con la libertad? Ese es el problema, esa pregunta está errada y debería surgir otra ¿Cuándo me voy a regalar la libertad?
Obtener la libertad es difícil. Los partos siempre duelen y la libertad es también un parto, donde el individuo asciende a su dignidad. Conquistar la libertad cuesta, y hay que estar dispuesto a pagar su precio o resignarse a morir sin ella.

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