Infortunia desde el andén

29 Jun

Sentada sobre los oxidados hierros del banco en el paradero del tren, Infortunia enciende sus cigarrillos uno detrás de otro; acomodada como el pensador de Rodá mientras su mirada parece perdida. Todos los días a las tres de la tarde y hasta después que anochece permanece allí sola, gesticulando saludos con lentitud. Espera pase el tren de las siete.

Fumando rememora al esposo muerto hace algunos años; se conocieron cuando en el parque del pueblo dando vueltas los varones cortejaban a las muchachas y algún hermoso piropo les enrojecía las mejillas. Su primer beso fue tras regalarle un tango ante una victrola del pequeño comercio, en la esquina del entonces Centro Obrero, hoy Galería Américo Cruz. Espantando las moscas sobre la caja de dulces tapados por un paño blanco, los años de juventud se fueron y es una jubilada que cobre 150 pesos mensuales, unos 6 c.u.c.

Nunca permitió ser mantenida, destetaba depender de su esposo. Todavía adolescente comenzó  a trabajar cosiendo, lavando y planchando para la calle. Toda su vida fue una mujer incansable. A sus sesenta y ocho años prepara en la madrugada los dulces para terminarlos al mediodía y después de probar un bocado de almuerzo, esperar a los pasajeros del tren para venderlos.

Sus hijos le ruegan que descanse y se encargan de todas sus necesidades, pero a su edad Infortunia suele llorar cuando encima de la mesa le dejan el dinero, jamás creyó llegar a la vejez dependiendo de sus “niños”.

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