Debajo de cualquier piedra…

27 Jul

Los cubanos acostumbramos a utilizar frases ingeniosas para describir situaciones peculiares. Es común encontrar calificativos memorables para ocasiones y acontecimientos de cualquier tipo. Hace pocos días vivencié un hecho que no por esperado dejó de ser penoso. El protagonista -pudiese ser antagonista-, es un amigo ya adulto. Sería adecuado aclarar que, al menos yo, lo considero buena persona. Como todos los humanos, también contiene defectos. Los suyos están centrados en cierta autosuficiencia, no siempre cimentada en bases sólidas, y una desinformación crónica: provocada por la “ceguera” que al parecer le enorgullece. Cuando digo ceguera, estoy calificando a las pocas luces de su pensamiento social. Así llamamos los cubanos a quienes no quieren ver, oír y muchísimo menos pensar. Este tipo de individuo suele ser obstinado, autómata, reproductor de las conductas y frases programadas por el poder. No es flexible aunque las evidencias estén claras ante él. Siempre se inventará cualquier pretexto para justificar lo que no tiene validez. Con esa aptitud servil considera que está realizando algo “bueno” y eleva su ego personal, debido al cuál, llega a considerarse así mismo como un iluminado capaz de percibir la “verdad”; por supuesto siempre absoluta. Lamentablemente, en muchas ocasiones, esa “verdad” también está errada. En mi adolescencia lo hubiese tildado de “concientón”. Me refiero a ese individuo que cumple con todo sin cuestionarse absolutamente nada.

 

He notado su servilismo, pero insistía en creer que era una consecuencia de su testarudez y a veces ignorancia, -de la cuál hasta el más sabio nunca está exento-, sin embargo, recientemente estalló. Fue otra persona quién involuntariamente introdujo el tema. Pero gracias a eso mi “amigo” explotó. Describir lo ocurrido sería tedioso. Se me antoja resumirlo. Para este individuo los desahucios en España son terribles, pero los desalojos en nuestra patria son justos. Por un momento creí que tendría que llevarlo corriendo al policlínico pues por cada argumento que yo emitía, él gritaba más. El rostro se le enrojeció, también los ojos; cayó en un ataque de histeria incontrolable. Faltó poco para que sufriera un derrame cerebral o talvez un infarto. No emitía argumentos, sólo gritos que aumentaban mientras yo continuaba razonando.

 

Al otro día amanecí riéndome, porque sin proponérmelo lo saqué del “closet”. No me refiero al closet de la orientación sexual, sino al del pensamiento. Bastó con una cerilla para encenderle la dinamita. Se destapó, para saciar todas mis dudas. Debajo de esa piedra, encontré un sapo. Sin lugar a dudas, es un servidor de la dinastía.

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