El teatro no es un museo

8 Sep

Las verdades absolutas no existen, al menos no deberían imponerse como tales. No obstante, la confluencia de criterios diversos es el mejor antídoto para los anquilosamientos de criterios inmóviles.

En el teatro, ese majestuoso arte que se convierte en un modo de vida, también existen algunos “sabios”, o que intentan presentarse como  tales. Estos personajes, en ocasiones con ciertos conocimientos, extienden un pensamiento limitado sobre la creación teatral que hace muchísimo daño. Lamentablemente, a veces, tienen cierto poder para imponer percepciones absurdas y disparates apreciativos.

El teatro no es una reliquia histórica o un fósil viviente para ser expuesto en un museo. Toda propuesta escénica es un acto de creación total, que posee identidad propia y vive por si misma. Resulta cuando menos disparatado, pretender la creación escénica como la reproducción interminable de concepciones restrictivas de la plenitud creativa. De adherirse a ellas, cualquier creador teatral se convertiría en el repetidor de propuestas iguales, que aún si tuviesen valores artísticos en un primer momento, irían degenerando posteriormente.

Una de las catarsis más comunes en esas percepciones estrechas sobre el teatro, a mi juicio debidas mitad por ignorancia y la otra mitad aún está por descubrir, es cuando se asume un clásico. Suelen desbordar entonces su absoluta incomprensión del hecho escénico. Detestan que los imbricados en el sublime acto creativo propongan su propia lectura del texto teatral. No comprenden que ese texto sea un punto de partida o una provocación, para narrar lo que desde su realidad, o su individualidad, los individuos involucrados en la creación necesitan, prefieren, buscan contar y hacer. Más allá de lo que significa pagar derechos de autor, sobre todo en un país donde no se respetan los derechos del ciudadano, el texto no es una camisa de fuerza.

La irreverencia es para estos “monjes asesinos” del arte teatral, un sacrilegio. Desearían lanzarse con una cruzada; resucitar una especie de Inquisición teatral, para desaparecer esas propuestas: irreverentes, trasgresoras de recetas que no son recomendables – si es que alguna vez lo fueron- Les causa alergia un teatro que rompa con el claustro, las visiones mojigatas y estrechas sobre la creación y la vida. Una puesta en escena, que se parezca a su tiempo y utilice códigos estéticos y artísticos diferentes, es un acto vivo. Una propuesta teatral que no presente, incluso a los clásicos, como un barroco aburrimiento, debería ser motivo de aplausos. El teatro también acecha a los miedos, prejuicios, complejos y la marginalidad en cada alma. No es de extrañar, que al percibir todo ello en escena, esas “personas-demonios”, la sientan como un exorcismo y se retuerzan.

Un teatro trasgresor de su tiempo, o que sencillamente a veces vaya más allá, es una bendición. Un teatro que también trascienda lo cotidiano, incluso sin renunciar a ello, es evidencia de un “crimen perfecto”: la elevación creativa. Aplausos entonces para quienes, a pesar de los campos dinamitados en el camino, transiten percibiendo al teatro como un acto efímero, pero vivo.

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