Desde La Salud

Vivo en un pueblo que sufre más de cincuenta años de soledad, olvido, indolencia. Un pueblo que ha sido destruido a través del tiempo, día a día, minuto a minuto. Estamos avanzando, si, hacia el caos total. No te asombres si La Salud te perece un sitio desbastado por una guerra, lo peor de un desierto, o las imágenes de algunas zonas en África. Casi no hay diferencia, es cierto; excepto, porque esta realidad no siempre fue así. Mejor aún, es posible cambiarla, no tiene porque continuar de este modo.

 

Durante más de medio siglo mi pueblo ha sido victima de un cáncer, en primer lugar por pertenecer a una cabecera municipal que pareciera detestarnos, y por otro lado, como el resto de Cuba, sufrir la putrefacción a la que conducen los regímenes salvajes. La Salud se ha ido derrumbando. Casi no le queda nada. Lamentablemente pudiéramos calificar como aldea y quizás este término sea demasiado generoso. No tenemos cine, ni sala de teatro, tampoco terreno de la pelota. Para realizar alguna actividad cultural malamente contamos con el antiguo Centro Obrero, actual Galería Américo Cruz, que no es el sitio apropiado para ello. La otrora Sociedad de Instrucción y Recreo Círculo Familiar La Salud, no es ni su sombra. No obstante, allí es donde único los jóvenes saludeños pueden ir el viernes y sábado a bailar. No hay más opciones. Salir o entrar de nuestro pueblo es una travesía asombrosa, porque la situación del transporte es terrible. Por supuesto, ni hablar de los asentamientos como La Chapa, o el batey del Central Fajardo, en ellos empeora todo.

 

El fango, polvo, remolinos de tierra, es el pan nuestro de cada día. Lo que no falta es la venta de bebidas alcohólicas, con malísima calidad, en los establecimientos estatales. Tampoco las negaciones, evasivas, ante los reclamos de cada saludeño para que su pueblo sea beneficiado con algo, cualquier cosa. El policlínico sufre un deterioro creciente, la secundaria básica y el preuniversitario urge de reparaciones y ampliaciones, pero no hay acción ninguna.

 

Sin embargo lo que nadie nos ha podido quitar es la quema del año viejo. Cada 31 de diciembre arrollamos con la hermandad que nos identifica y justo a las 12 de la noche damos candela al viejo, muchos pidiendo que con él se vaya todo lo que nos aplasta. Esa conga, la misma alegría y quizás hasta más eufórica, existirá el día en que los saludeños, como todos los cubanos, podamos levantar la cabeza de la guillotina. Eso si, ello no ocurrirá por arte de magia. Nada sucede si no haces que suceda. Nada cambia si no hacemos que cambie. ¿Qué estás dispuesto hacer para que nuestro pueblo cambie? Hagamos algo y hagámoslo juntos todos los saludeños, los de allá y los de aquí.

 

Saludeños si, y orgullosos de serlo.

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