La gente de la 13

Cada vez que pregunto por algún amigo que estudio en la escuela de instructores de arte “13 de marzo”, de San Antonio de los baños, me entero que se fue de Cuba o está por irse. Nosotros los “treceros”, somos aquellos estudiantes de arte, secuestrados por un denominado “proyecto de Fidel”, responsable de obstaculizar por más de ocho años la carrera creativa de los graduados, pues durante ese tiempo obligatoriamente tuvimos que cumplir con un “servicio social” obligatorio. Ese rapto de conocimiento y mano de obra, eufemísticamente denominado servicio social, es para pagar al “estado” los estudios cursados, aunque el régimen pregona que estudiar en Cuba es gratis. Todos los graduados cubanos son sometidos a esa esclavitud durante más o menos años.

 

De la EIA 13 de marzo guardo celosamente muchísimos recuerdos. Allí me enamoré, fumé el primer cigarrillo, me convertí en un irremediable adicto a la creación teatral. Estudiando en la 13 inicié mis primeras salidas con amigos lejos de casa y las primeras aventuras bohemias, al salir de pase los fines de semana. Era un centro de estudio interno, una beca que como el resto de las otras en el país sufría de muchísimas carencias: problemas con el agua, la comida, el despotismo de su director a quien los estudiantes apodamos La ampolla, proyectándonos así con una actitud ingenuamente contestataria ante su grosero trato hacia estudiantes y maestros. Son imborrables los recuerdos de aquellos docentes que encarnizadamente practicaban una sistemática cacería de brujas contra los homosexuales, mientras la mayoría de los estudiantes toleraban la diversidad sexual. Recuerdo la obligatoriedad de tener que limpiar los baños y el albergue. Afortunadamente algunos preferían pasar más tiempo durmiendo y entonces le cedía mi turno de limpieza, aunque por eso tuviese que levantarme a las 6 de la mañana, como el resto de los estudiantes. Excitantes resultaban las escapadas clandestinas de la escuela para en los caseríos cercanos comprar refrescos, jugos, panes; y también ron si decidíamos celebrar alguna fecha especial. No éramos adultos, ni siquiera mayores de edad; pero internarnos era la única opción de estudiar y ello nos obligaba a “quemar” etapas; debías hacerte fuerte para lograr subsistir. Una beca era como la selva, allí imperaba la ley del más fuerte y si eras un flacucho como yo tenías que apoyarte en tu habilidad. Pareciera que a los jóvenes nos entrenaban para el salvajismo de nuestra realidad nacional.

 

Nunca antes estuve becado. No olvido mi impresión al bañarme, junto al resto de los que compartíamos el albergue, en el sucio baño colectivo que sólo tenía cuatro duchas: consistían en cuatro tubos que salían de la pared desde donde brotaba el agua siempre fría. Sin embargo, a pesar de todas las carencias y dificultades que enfrentábamos, los estudiantes nos creábamos una especie de micro universo dinámico y soñador. ¡Ay!, la gente de la trece; por cuántos derroteros distintos hemos transitado. Es raro no extrañar a los amigos de aquel tiempo. La nostalgia emerge recordando aquellos cuatro años, donde nos sobreponíamos al salvajismo “revolucionario”.

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