Carta de un joven laico cubano

13 Jul

 

Yuslier Lazo Saavedra

El laicado cubano es Iglesia en Cuba y parte de la Iglesia Universal. También somos Cuba, somos pueblo cubano. El Encuentro Nacional de Laicos servirá precisamente para ofrecer respuestas concretas a nuestra Misión en la Cuba actual. La Misión Laical cubana constituye un desafío enorme en circunstancias muy complejas, pero nos corresponde asumir plenamente nuestras responsabilidades laicales a pesar de las consecuencias que ello pudiese implicar.

 

No podemos ser un laicado resignado, que se comporte como tímido espectador ante el entorno en el cual vive. No podemos ser un laicado que se comporte ciego, sordo y mudo ante su realidad, que no ofrezca respuestas, o que presente posturas ambiguas, y que no actúe, o se mantenga atado por ese miedo que paraliza a cualquier persona subyugada por un régimen totalitario. No podemos ser laicos indiferentes, insensibles, indolentes ante las circunstancias actuales de Cuba: la patria de todos los cubanos. No podemos ser un laicado pasivo, inactivo, que sufra la apatía: ese mal que muchas veces también es síntoma del miedo paralizante, el cual hace de la persona un ser cuyos comportamientos suelen resultar en actitudes inhumanas, incluso anticristianas, cuando entre otras cosas conlleva omisiones, incluida la omisión de la verdad que es igual a mentir, o conformismo enfermizo: cuando no intento cambiar todo aquello que esté mal y buscar el bien común, es decir, lo beneficioso para todos, sin exclusiones. No podemos ser cristianos de vitrina, ni laicos que balconean observando la realidad sin actuar, o no llamando a las cosas por su nombre. Nuestra fe ha de tener obras, o de lo contrario puede ser una fe en grave peligro de muerte.

Debemos ser un laicado movido por el amor fiel a Dios, por consiguiente movido por el amor fiel al prójimo. Y el prójimo es una persona con dignidad y derechos. Somos un laicado que Anuncia el Evangelio en Cuba hoy. Nuestros prójimos más cercanos son nuestros conciudadanos. Ese Anuncio del Evangelio en nuestra patria tiene que ser transparente, apegado a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), la cual plantea: (Art.7) (…) “El cristiano sabe que puede encontrar en la doctrina social de la Iglesia los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción como base para promover un humanismo integral y solidario. Difundir esta Doctrina constituye por tanto, una verdadera prioridad pastoral, para que las personas, iluminadas por ella, sean capaces de interpretar la realidad de hoy y de buscar caminos apropiados para la acción: La enseñanza y la difusión de esta Doctrina Social forma parte de la Misión evangelizadora de la Iglesia (…). (Art.63) (…) la doctrina social es palabra que libera (…).  (Art.64) (…) La Iglesia, con su doctrina social, no sólo no se aleja de su propia misión, sino que es estrictamente fiel a ella” (…)

 

A propósito de los Encuentros Parroquiales, las Asambleas Diocesanas y el necesario Encuentro Nacional de Laicos, quisiera expresar mis criterios sobre nuestra Misión Laical en Cuba y ofrecer algunas propuestas, sin pretender, en ningún instante, monopolizar la razón. Todo lo que plantee aquí, como joven católico cubano, estará inspirado en nuestra Doctrina Social.

 

 

Los cubanos somos un pueblo que padece la indefensión, como consecuencia de sufrir desde hace más de medio siglo el yugo de un régimen totalitario que ha intentado pervertir, entre otros, los conceptos de patria, patriotismo, solidaridad, fraternidad, al pretender que ellos signifiquen sumisión ante una dictadura, aceptación del régimen y sistema imperante, afiliación a una ideología, culto a la personalidad de un dictador. Aquellos ciudadanos que piensan diferente y tienen el valor de no sucumbir a semejante manipulación de la verdad son peyorativamente calificados de escorias, antisociales, apatridas, mercenarios; les intentan fabricar delitos comunes; desprestigiar a través de difamaciones y ultrajes a su dignidad, incluso el régimen intenta arrebatarles su condición de cubanos, también son víctimas de acciones violentas perpetradas por hordas impregnadas de odio: turbas organizadas, conformadas, financiadas y dirigidas por el ministerio del interior y la seguridad del estado, las cuales gritan insultos, ofensas, lanzan hasta piedras, contra los cubanos que asumen su responsabilidad ciudadana y de manera pública promueven y defienden los derechos de sus compatriotas y buscan por vías legítimas, no violentas, el cambio en paz hacia la democracia en Cuba. Además, esos cubanos genuinamente patriotas son perseguidos, encarcelados y víctimas de tratos crueles, inhumanos, degradantes, al ser salvajemente reprimidos por una maquinaria de control opresivo absoluto, la cual despliega todas sus injusticias y actúa con total impunidad, porque en Cuba no hay un Estado de derecho, donde exista separación de los tres poderes: ejecutivo, legislativo, judicial. Y cuando no existe Estado de derecho, no hay democracia, libertad ni respeto a los derechos humanos.

 

Sobre el Estado de Derecho, la Doctrina Social de la Iglesia nos aclara en el artículo 408:” El Magisterio reconoce la validez del principio de la división de poderes en un estado: Es preferible que un poder esté equilibrado por otros poderes y otras esferas de competencia que lo mantengan en su justo límite. Es éste el principio del “Estado de derecho”, en el cual es soberana la ley y no la voluntad arbitraria de los hombres. En el sistema democrático la autoridad política es responsable ante el pueblo. Los organismos representativos deben estar sometidos a un efectivo control por parte del cuerpo social. Este control es posible ante todo mediante elecciones libres, que permiten la elección y también la sustitución de los representantes. (…)

 

En el Compendio de la Doctrina Social en referencia a la democracia el artículo 406 plantea: “Un juicio explícito sobre la democracia está contenido en la encíclica “Centesimus annus”. La Iglesia aprecia el sistema de la democracia, en la medida en que asegura la participación de los ciudadanos en las opciones políticas y garantiza a los gobernados la posibilidad de elegir y controlar a sus propios gobernantes, o bien la de sustituirlos oportunamente de manera pacífica. Por esto mismo, no puede favorecer la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpen el poder del Estado. Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de Derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana (…)

 

 

 

Cuba es la patria de todos los cubanos, no de una familia, de la cúpula en el poder, una ideología, un partido, un régimen. Un apellido, a través de un partido no es, ni puede ser, dueño de la patria. Se ocupa ilegítimamente el poder, cuando se llega a el y se permanece indefinidamente sin que los ciudadanos hayan elegido a ese gobierno en las urnas, mediante elecciones periódicas, pluripartidistas, a través del voto libre, directo y secreto, en procesos electorales honestos, justos y transparentes. Las últimas elecciones en Cuba se realizaron en el año 1948. Es antidemocrático que, como ocurre en Cuba, el poder se traspase como una “herencia” entre miembros de una familia. Esa ilegítima acción convierte a dicha familia en una dinastía y aporta un elemento más para catalogar como dictadura a la ilegítima estructura de poder existente en Cuba. Las dictaduras no tienen color político, todas son dañinas y constituyen un arma para la destrucción masiva de los pueblos pues destruyen su dignidad.  Los laicos cubanos, llenos de amor, deberíamos obrar para que en nuestra patria exista una ley electoral digna que garantice el derecho a realizar elecciones libres, periódicas y pluripartidistas en Cuba.

 

En el criterio de nuestra Doctrina Social los partidos políticos son instrumentos de participación política que, (Art. 413) (…)” tienen la tarea de favorecer una amplia participación y el acceso de todos a las responsabilidades públicas. Los partidos políticos están llamados a interpretar las aspiraciones de la sociedad civil orientándolas al bien común, ofreciendo a los ciudadanos la posibilidad efectiva de concurrir a la formación de opciones políticas. Los partidos políticos deben ser democráticos en su estructura interna, capaces de síntesis política y visión de futuro” (…)

 

Los laicos cubanos, coherentes con nuestra doctrina, deberíamos obrar para que en Cuba se respete el  pluralismo natural y lógico, –agregaría imprescindible – en cualquier sociedad y para ello deben ser legalizados todos los partidos políticos.

 

Hermanos, cuando analizamos los males fundamentales de Cuba claramente podemos percatarnos que son consecuencia de la violación a los derechos de cada cubano. Ningún pretexto justifica o valida que a los cubanos se nos viole de manera flagrante, sistemática, los derechos universales, indivisibles, innatos, inalienables, bloqueándose por tanto la iniciativa ciudadana: iniciativa económica, iniciativa social, iniciativa política. El régimen considera como delito que  los  ciudadanos ejerzan sus legítimos derechos, entre otros y por ejemplo, la libertad de conciencia, pensamiento, expresión, información, asociación, reunión, sindicalización, movimiento. Dentro de esta lamentable realidad ningún individuo tiene libertad para actuar. Los problemas fundamentales de la patria son consecuencia de una longeva y cruel dictadura, un sistema fracasado y del totalitarismo vigente, llámese “socialismo” o “comunismo”. La solución para los problemas de Cuba parte del respeto total a los derechos de cada persona. Y sobre este particular cito el artículo 388 de nuestra Doctrina social:”Considerar a la persona como fundamento y fin de la comunidad política significa trabajar, ante todo, por el reconocimiento y el respeto de su dignidad mediante la tutela y la promoción de los derechos fundamentales e inalienables: En la época actual se considera que el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana” (…)

Los pueblos son los titulares de la soberanía, por consiguiente los gobiernos se deben a los pueblos y no a la inversa. La soberanía de un Estado emana del pueblo y no al revés. El pueblo cubano no puede autodeterminar, porque para ejercer el derecho a la autodeterminación de manera libre, independiente y con auténtica soberanía, al pueblo cubano le tienen que respetar sus legítimos derechos, para que entonces tenga voz y libertad, pueda encontrar la prosperidad, el bienestar, alcanzar el bien común. En ninguna dictadura los ciudadanos tienen voz, derechos o libertad, por consiguiente se encuentran indefensos ante el yugo que les oprime. Nadie puede decidir en nombre del pueblo y por el pueblo, cuando ni siquiera ha sido electo por el. Los cubanos somos quienes tenemos el derecho y la responsabilidad de escoger el camino hacia el bien común, y ese rumbo sólo será posible con un Estado de Derecho y en democracia. Mientras en Cuba ello no ocurra continuarán violándose los derechos, incluidos los de los laicos, los de toda la Iglesia.

 

Sería razonable considerar cuáles pudieran ser los retos y propuestas del laicado cubano que desea ser fiel a su Doctrina Social, documento que expresa: (Art. 159) “La Iglesia consciente de que su misión, esencialmente religiosa, incluye la defensa y la promoción de los derechos fundamentales del hombre, estima en mucho el dinamismo de la época actual, que está promoviendo por todas partes tales derechos (….) El compromiso pastoral se desarrolla en una doble dirección: de anuncio del fundamento cristiano de los derechos del hombre y de denuncia de las violaciones de estos derechos. En todo caso el anuncio es siempre más importante que la denuncia, y está no puede prescindir de aquél, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más alta (…)

 

En la consecución de estos derechos el laicado cubano no debería estar ausente ni permanecer ajeno a los criterios claramente definidos en nuestra Doctrina. Un ser humano al que le violan sus derechos es una persona que mal vive sin dignidad. Y la dignidad de la persona es una prioridad para la Iglesia. Debemos insistir en el respeto pleno a la libertad religiosa, pero seríamos infieles a nuestra Doctrina e injustos, si defendiéramos únicamente los derechos de los católicos. De actuar así estaríamos contradiciendo a la Doctrina Social y provocando la equivocada impresión de que los laicos, somos un “ente aislado, ensimismado”, y que no somos pueblo, o que nos preocupamos sólo por “nosotros”, como si la humanidad toda, por tanto Cuba toda, no fuera nuestra prioridad. Jesús nos ha dado una regla de oro para ser felices: “Hay más dicha en dar que en recibir” (Hechos 20,35)

 

La Iglesia es la voz de los que no tienen voz, de los excluidos, oprimidos y discriminados, maltratados, abusados, de aquellos a quienes se les violan los derechos, de los desfavorecidos. Hermanos, para ser consecuentes con nuestra Doctrina Social, llenos de amor, debemos promover y defender todos los derechos de cada cubano y denunciar sin ambigüedades cada violación a los derechos humanos en Cuba. Llenos de amor y compasión, debemos defender con absoluta transparencia que en nuestra patria se respete la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La República de Cuba fue gestora y firmante fundadora de esa declaración en el año 1948.

Deberíamos defender con total claridad, llenos de amor y piedad, que en Cuba se ratifiquen e implementen con urgencia los Pactos de Derechos Humanos de la ONU: los pactos de derechos políticos y civiles y de derechos económicos, sociales y culturales. Debemos, irremediablemente llenos de amor, ser solidarios con aquellos cubanos que son perseguidos y reprimidos, esos que desde la no violencia se organizan, promueven y defienden los derechos humanos. Cada golpe, patada o piedra contra cualquier cubano que defiende los legítimos derechos de sus compatriotas, debería dolernos como si fuésemos nosotros los agredidos. Deberíamos obrar para alcanzar la felicidad que sentiremos cuando la Iglesia ya no deba intervenir por la liberación de presos políticos y que ello ocurra porque en Cuba ya nadie es reprimido por pensar.

 

Es hora de que los cubanos podamos ejercer nuestro derecho de asociarnos y que florezcan las asociaciones ciudadanas, se respete a la emergente sociedad civil existente en Cuba. Los laicos también debemos asociarnos para distintas obras. Aunque el régimen esté en contra es hora de que surja una asociación juvenil católica, continuadora de la bendita Federación de la Juventud Católica Cubana. No podemos continuar con los brazos cruzados. Llenémonos de amor y comencemos a obrar.

 

Hermanos, en nuestra Misión laical, estamos llamados a transformar nuestra realidad y para ello no podemos ser infieles a nuestra Doctrina Social, ignorándola o reduciéndola. Obremos en coherencia con nuestro valioso documento doctrinal de manera valiente, con rectitud. Sería irresponsable entregar nuestra anuencia al “fraude” que intenta implementar el régimen vigente en Cuba, cuando a todas luces sólo pretende actualizar y perpetuar el totalitarismo. Así, la cúpula en el poder intenta obviar que cuando algo no sirve se desecha – y si somos consecuentes con la protección del medio ambiente, al desechar la basura debemos asegurarnos que no continúe dañando el entorno-. Lo que no funciona es imposible actualizarlo, menos aún cuando se trata de una ideología que surgió putrefacta, ¿cómo serán sus derivaciones y versiones?

 

El comunismo al igual que sus hermanos totalitarios: el nazismo y el fascismo, es una ideología criminal, basada en el odio y el fomento de la violencia entre los seres humanos. El comunismo es una ideología condenada y condenable porque es una utopía fracasada, pero además por sus múltiples crímenes en todo el mundo a lo largo de la historia. La democracia y la justicia no cohabitan con dictaduras, llámense “dictadura del proletariado” o cualquier otra.

 

(DSI, Art.89)” Como respuesta a la gran cuestión social, León XIII expone la primera encíclica social, la  “Rerum  novarum”. Esta examina las condiciones de los trabajadores asalariados, especialmente penosa para los obreros de la industria, afligidos por una indigna miseria” (…)

 

Además, entre otras precisiones, actualizaciones y análisis, la “Rerum novarum” (DSI, Art. 89) (…)” enumera los errores que provocan el mal social, excluye al socialismo como remedio” (…)

Tengamos siempre presente lo que manifiesta nuestra Doctrina Social cuando aclara que el Papa Pío XI no dejó de hacer oír su voz contra los regímenes totalitarios que se alzaron en Europa durante su Pontificado. Pío XI alzó su voz contra el régimen fascista en Italia y contra el régimen nazi de Hitler.

 

(DSI, Art.92): (…)” Con la encíclica “ Divini Redemptoris”, sobre el comunismo ateo y sobre la doctrina social cristiana, Pío XI criticó de modo sistemático el comunismo, definido “intrínsicamente malo”, e indicó como medios principales para poner remedio a los males producidos por éste, la renovación de la vida cristiana, el ejercicio de la caridad evangélica, el cumplimiento de los deberes de justicia a nivel interpersonal y social en orden al bien común, la institucionalización de cuerpos profesionales e interprofesionales”.

 

Si estamos apegados a la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), no podemos caer en la trampa de apoyar la continuidad del totalitarismo o la permanencia del comunismo que nunca ha sido ni será próspero, mucho menos sostenible. Al acudir a nuestro compendio doctrinal encontramos lo siguiente: (DSI, Art. 335) “En la perspectiva del desarrollo integral y solidario, se puede apreciar justamente la valoración moral sobre la economía de mercado, o simplemente economía libre: Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios productivos, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta es ciertamente positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado” o simplemente de “economía libre”(…)

 

Los laicos cubanos deberíamos obrar, llenos de amor, por  todos los derechos de los trabajadores en Cuba, incluyendo el derecho a un salario digno. Teniendo en cuenta nuestros principios doctrinales que establecen el destino universal de los bienes, la búsqueda del bien común y además nuestra invariable opción preferencial por los pobres, los laicos deberíamos obrar para favorecer a nuestros pobres, transformando su dolorosa realidad: la de los mendigos que deambulan por las calles, los jubilados y pensionados cuyas pensiones y jubilaciones son indignas e injustas, los ancianos de la tercera edad sin apoyo familiar, los trabajadores cubanos que reciben un salario injusto, miserable y que se deben volver ingeniosos sobrevivientes para servir en la mesa de su familia algo, aunque sea para mal comer. Debemos obrar para que los alimentos y artículos de primera necesidad tengan precios asequibles. No debemos descansar hasta que cada cubano con el fruto de su trabajo honrado pueda satisfacer las necesidades de su familia sin depender de las remesas enviadas desde el extranjero, o que el individuo necesite cruzar la barrera de lo que considera “legal” el totalitarismo imperante. Comer, vestirse y tener una vivienda digna no puede constituir un lujo para los cubanos. Debemos obrar, abarrotados de amor, para que los trabajadores cubanos puedan exigir y defender su legítimo derecho a organizarse en sindicatos verdaderos que los protejan. Obremos también para que cualquier obrero cubano pueda protestar pacíficamente y ejercer su legítimo derecho de huelga, que entendido desde la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, sería absolutamente legítimo en las circunstancias actuales de la nación.

En Cuba debemos obrar para que se establezcan legislaciones, normas y regulaciones adecuadas que prohíban y eviten el monopolio en todas sus expresiones, comenzando por el monopolio sobre la propiedad y los medios de producción del régimen y su cúpula partidista-militar. Para lograr desarrollo y progreso en Cuba hay que desmilitarizar con urgencia la economía. Es antidemocrático que la economía sea controlada por militares.  Todo control económico de los militares, en cualquier medida, es representativo de una dictadura militar y un factor esencial para generar corrupción, desigualdad; el surgimiento de mafias; instauración de monopolios, empobrecimiento y estancamiento a gran escala. El manejo de la economía por los militares, en todos los casos, constituye el fracaso rotundo de cualquier sistema y provoca siempre consecuencias desastrosas para los pueblos.

 

Hemos de obrar para democratizar la economía nacional: los modelos de propiedad, medios de producción y modos de gestión, con una visión plural, en coherencia con las mejores experiencias en las naciones democráticas y desde la luz de la Doctrina Social de la Iglesia. El propósito de esa democratización es respetar el inalienable derecho de los cubanos, como cualquier otro habitante del planeta, a ser los protagonistas de la economía nacional. En Cuba urge respetar el derecho de los ciudadanos a la iniciativa económica. Incentivar y respetar la iniciativa económica de los cubanos es el camino para enrumbarse hacia el desarrollo y crecimiento económico sostenido. Los Estados pueden distribuir y equilibrar las riquezas, pero fracasan cuando intervienen o intentan controlar perpetuamente la economía, porque siempre provocan su destrucción. Aportando su parte, el estado totalitario lo único que genera es miseria y el desastre económico, por tanto, en el mejor de los casos, “redistribución de la pobreza”. El marxismo-leninismo es un fracaso rotundo y ningún fracaso es actualizable o reformable. Para alcanzar una economía fuerte, sólida y próspera en el país, es imprescindible extirpar como eje, principio y final de toda actividad económica al monopolio del régimen y su cúpula partidista-militar, encabezada por la familia enquistada en el poder.

 

Los cubanos tenemos derecho a crear empresas. Debemos obrar para que exista un marco jurídico que garantice tal derecho y estimule el crecimiento de la pequeña y mediana empresa privada. Vendiendo pan con croqueta y rellenando fosforera ninguna economía crece y “raramente” un ciudadano sale del estado de precaria subsistencia. Para lograr ese justo propósito no pueden existir impuestos excesivos, concebidos para destruir la iniciativa empresarial del ciudadano o reducirla a una iniciativa de “timbiriche”. Es peligroso y desalentador que los ciudadanos emprendedores sean acosados por inspectores que buscan ser sobornados. A prácticas corruptas como la antes mencionada u otras, contribuyen legislaciones, normas y medidas: irracionales, excesivas, innecesarias o contraproducentes.

 

La actual ley de inversión extranjera en Cuba es un texto que discrimina y excluye a los cubanos, pues a los extranjeros les permite invertir mientras a los cubanos les viola ese legítimo derecho. La inversión extranjera, es buena, útil  y necesaria, pero constituye una violación a los derechos de cada cubano que en nuestro propio país no podamos invertir, crear empresas y ser exitosos.

También es peligroso y desalentador para las inversiones que no exista un marco jurídico serio, el cual verdaderamente asegure reglas justas y ofrezca garantías, confiabilidad. Dudosamente existirá un marco jurídico apropiado y se cumplirá debidamente con el, en una nación donde no hay Estado de derecho.

 

Por otra parte, los laicos cubanos tenemos que obrar para que en Cuba se respete el derecho y responsabilidad de los  padres a escoger la educación de sus hijos y decidir en ella. Y eso jamás será posible si no se respeta el derecho de crear centros educativos a la iniciativa ciudadana, ONGs, otras entidades de la sociedad civil y por supuesto a la propia Iglesia. Nada de esto implica que deje de existir educación pública para todos, que disminuyan los centros educativos públicos o cierre alguno de ellos. En cuanto al sistema educativo nacional, debe obrarse para que los alumnos puedan cursar sus estudios sin estar obligados a callar o ir en contra de su credo y doctrina religiosa, o sentirse obligados a mentir al no quedarles otra opción que aparentar ser comunistas. Deberíamos obrar para que en los centros educativos cubanos, se respeten los legítimos criterios ideológicos o religiosos del alumno y de los padres. Deberíamos obrar para sanar a la educación cubana, donde sabemos que cada vez es más común la filtración, venta y compra de exámenes, el tráfico de influencias, alteración de notas, fraudes académicos. A finales del curso (2014- 2015) pruebas de ingreso a la Universidad, redactadas por el ministerio de educación, llegaron a los estudiantes con errores. Los laicos hemos de obrar para reestablecer en Cuba la autonomía universitaria, la libertad de cátedra y las asociaciones independientes de profesores y estudiantes; además para que verdaderamente se garanticen servicios educativos con óptima calidad, para lo cual resulta imprescindible, entre otras acciones, eliminar el adoctrinamiento marxista-leninista-castrista en todos los niveles de enseñanza y el culto a la personalidad de los gobernantes; revisar los programas de estudio y la eficacia de los sistemas evaluativos; suministrar con suficiencia los instrumentos y herramientas necesarias para impartir las clases; reconstruir y ampliar los centros educativos; aumentar el salario de los maestros a una cifra justa que remunere apropiadamente su noble labor y les permita tener una vida digna.

 

En el ámbito de la salud deberíamos obrar para que en Cuba se garanticen servicios de salud óptimos, y para lograr esa calidad en los servicios es imprescindible, entre otras acciones, que se suministre las suficientes herramientas, tecnologías; garantizar los utensilios necesarios en la atención médica; asegurar la existencia de suficientes ambulancias; implementar un servicio de urgencias médicas eficiente; eliminar la dualidad monetaria para la compra de medicamentos. Es penoso que en las farmacias donde compran los ciudadanos escaseen medicamentos y en las farmacias que venden en c.u.c exista todo tipo de medicinas, incluso aquellas que jamás han llegado a los establecimientos que venden en c.u.p (pesos cubanos) Para sostener un servicio de salud eficiente también se necesita reconstruir los centros de salud; eliminar cualquier acto de corrupción o tráfico de influencias; aumentar el salario a los profesionales de la medicina a una cifra justa que les permita tener una vida digna. Además, es imprescindible implementar legislaciones que aseguren las debidas compensaciones y reparaciones a los pacientes afectados por tratos inapropiados, atenciones indebidas o negligencias médicas.

También resulta prioritario que se respete el derecho a la iniciativa ciudadana, ONGs, denominaciones religiosas y entidades privadas a participar en la atención de salud. Tal derecho no significa en ningún caso que deje de existir atención médica para todos, disminuyan los centros públicos de salud o cierre alguno de ellos.

 

Es contradictorio que el régimen imperante pregone practicar la “solidaridad” mediante “prestaciones de servicios médicos”, y los altísimos ingresos generados por tal “exportación de profesionales” no contribuyan a garantizar cuanto sea necesario en la atención de salud dentro de Cuba. Es importante resaltar la injusticia cometida contra los  profesionales de la salud “exportados” a otras naciones, quienes reciben como remuneración una ínfima parte de lo que pagan por sus servicios los Estados en los cuales trabajan, esto agregado a las condiciones muy difíciles en las que laboran significa un abuso contra los profesionales, quienes no son mercancía, ni esclavos, sino seres humanos.

 

Resulta condenable utilizar la educación y la salud pública como un método de chantaje al ciudadano. Garantizar esos servicios no puede significar que los individuos estén obligados a comulgar con una ideología política, un régimen, o aceptar la opresión de una dictadura. La educación y salud pública no son costeadas por los gobernantes. Los recursos para garantizar tan necesarios servicios no salen del bolsillo de la familia en el poder en Cuba. Los servicios públicos de educación y salud nunca son “gratis”, pues, en cualquier país, incluido el nuestro, están sufragados con el trabajo de todos los ciudadanos

 

Hermanos, debemos obrar porque en Cuba se respete el derecho a la libertad de información  y así los cubanos podamos, desde nuestros hogares, acceder libremente a Internet pagando un precio asequible, y de esa misma manera podamos acceder a la televisión satelital. Es imprescindible que en Cuba se democraticen los medios de comunicación. Lamentablemente en nuestra patria no existen ni siquiera medios públicos, sino órganos de propaganda al servicio del régimen. Debe terminar el monopolio del partido comunista, la cúpula del régimen y de la familia aferrada al poder en Cuba, sobre los medios de comunicación y respetarse el derecho de la iniciativa ciudadana, entidades de la sociedad civil y las Iglesias, a crear medios de comunicación propios; pero además respetar a toda la sociedad civil el derecho de acceder libremente a los medios públicos de comunicación.

 

El caos que sufre Cuba está haciendo que aumente de manera alarmante el consumo de drogas. Esas drogas salen de alguna parte. Además, crece la violencia y la impunidad si los cuerpos policiales suelen ser inefectivos cuando un ciudadano es víctima de robos u otros actos delictivos comunes. Los cubanos debemos ocuparnos de la corrupción extendida por toda la nación. En Cuba, ocupar responsabilidades públicas suele ser una vía para apropiarse de los recursos del pueblo, obtener ciertas prebendas, privilegios, y no un acto de servicio honesto a la población. Debemos obrar amorosamente para poner coto al caos reinante y creciente en la patria, ante el cual las autoridades parecieran no ser eficaces. La transformación de una sociedad donde crecen los males no se logra con silencios o inacciones. Pareciera que todas esas complejidades al régimen no le importan, o no sabe, o no puede controlarlas.

La pérdida de los más elementales valores es una realidad reconocida por el propio régimen y no es ocioso precisar que tal pérdida, es sufrida por las generaciones de cubanos que serían el “hombre nuevo”, según aseguró el régimen en el año 1959. Aunque la pérdida de valores la sufrimos también los  jóvenes, no es exclusiva de mi generación. Tal desvalorización, es precisamente resultado y consecuencia de la “construcción” de ese supuesto “hombre nuevo”.

 

Hermanos, hay mucho más que hablar y hacer en Cuba. La lista pareciera infinita, por consiguiente tenemos un gran reto que asumir. Entendamos de una vez que necesitamos empoderarnos porque nadie nos va a sacar las castañas del fuego. Somos nosotros los que irremediablemente debemos ser protagonistas de nuestra propia historia. San Juan Pablo II tuvo y continúa teniendo toda la razón cuando nos aclaró tal cosa durante su visita a nuestro país. Como joven y laico cubano me niego a ser atropellado por la desidia, a practicar la indiferencia. Desde mi absoluta pequeñez, insignificancia, imperfección, exhorto a que todos asumamos la responsabilidad que nos corresponde, no renunciemos a ella.

 

La verdad nos hará libres. Hagamos que en Cuba ascienda la verdad, trabajando por una reconciliación auténtica: aquella donde hay justicia, y existe  arrepentimiento por los crímenes y hechos cometidos, confesión de esos crímenes y hechos cometidos, solicitud de perdón, y por ende realización del bendito acto de perdonar. Sin ser pasivos no renunciemos al diálogo, ese medio que sirve para conseguir resultados concretos. Permanezcamos siempre alertas, para discernir oportunamente cuándo el diálogo pretende ser utilizado por otros como dilación e inmovilización de nuestras obras. El diálogo es un instrumento eficaz, pero no olvidemos que para dialogar se necesita que la otra parte esté dispuesta a escuchar y debemos cuidar que no pretenda manipular el diálogo, o quiera convertirlo en un fin y no en un medio, pues de poco serviría dialogar sin llegar a alguna parte. No se trata de dialogar por dialogar. No olvidemos nunca que los cubanos somos un sólo pueblo, no importa el lugar donde vivamos. En Cuba debemos abrir el diálogo franco, inclusivo y permanente a toda la sociedad, incluida la oposición interna, el exilio, y no reducirlo a conversar únicamente con representantes de la dictadura.

 

Nuestra Misión como laicos cubanos en el ámbito social significa cargar la cruz, agarrar la cruz y seguir a Cristo con valentía, rectitud, comprometidos sinceramente con nuestra Doctrina. Seamos fieles servidores del Señor. No tengamos miedo, para Cristo nada es imposible. Anunciemos la Alegría del Evangelio dejando actuar a Dios, seamos sus vehículos; entreguémosle el corazón, la mente. Inundemos a Cuba con el amor de Cristo. Sirvamos, para que cada cubano tenga un encuentro con Dios y se reconcilie con el Señor. Seamos testimonio fértil del amor de Dios. Cristo ama a todos los cubanos. Recemos siempre a nuestra Virgen Mambisa para que interceda por Cuba. La Caridad nos Une. María es la llena de Gracia.

 

Obremos, repletos de amor, sin odios ni rencores, por el noble propósito de cambiar todo aquello que hace de nuestra patria un infierno tropical para la inmensa mayoría de los cubanos. Dios bendiga a su Iglesia en Cuba. Amén.

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