¿Apolítico?

15 Ago

El apoliticismo, dicen, es aquella expresión de un ser humano que no se entromete en cuestiones políticas. Y no digo que el apolítico no exista, solo me pregunto: ¿y qué hace el apolítico cuando quiere comprar un par de zapatos, una cartera, un creyón de labios, un litro de leche, o montar en un taxi…y el precio no le conviene? El precio de un tomate se debe a determinada situación económica, y las situaciones o coyunturas económicas, han sido, son y serán, consecuencia de decisiones políticas, por acción u omisión. Entonces, si me incomoda el precio de un caramelo, puede ser que no me comporte como un apolítico.

Tal vez el apoliticismo también se exprese como tal, cuando ahora mismo, en La Habana, intentes tomar un taxi y el conductor (trabajador por cuenta propia), que ahora compra el petróleo que utiliza más caro, cobre más alto el precio del viaje. Ante la subida del precio qué haría un apolítico, ¿pagar y ya?, ¿o no? Quién sabe, quizás un apolítico entonces decida pagar un taxi de la generosa y eficiente empresa estatal. El pasajero apolítico pudiera llamar a un taxi, de esos conocidos en Cuba como “cinco, cinco”, ¿y se mantendrá apolítico cuando el precio del “cinco, cinco” sea más caro que el del taxi-almendrón? ¿Pudiera llamar al mismo número telefónico habilitado en La Habana, por el gobierno, para que los pasajeros denuncien al taxista (trabajador por cuenta propia) que quiera cobrar el pasaje a un precio mayor que el topado por el Estado, y denunciar al “cinco, cinco”, que legalmente, y siendo una empresa estatal socialista, cobra muchísimo más caro que el taxista privado, es decir, del sector no estatal?

¿Un apolítico estará dispuesto a quejarse también por los altísimos precios en las tiendas recaudadoras de divisa, todas estatales, cuyos precios son inalcanzables para el cubano, y esos precios los fija el Estado más humanista del planeta? En cualquiera de las tiendas “estatales”, dos libras de aceite vegetal, por ejemplo, cuestan aproximadamente el salario de dos días de trabajo y un poquito más.

Es cierto que la política puede ser, y es, degradada; no es falso que pudieran resultar repulsivas muchas prácticas políticas, pero desde el apoliticismo, ¿pensar así no parecería también dejar de ser apolítico? Quizás la política como cualquier otro servicio, profesión, ocupación, también cuente con exponentes buenos, regulares y malos, ninguno perfecto. Pero la politiquería es la deformación de la política, pues ésta constituye el noble y sublime arte de servir al prójimo, y servir bien, de hacer posible lo que parecía imposible y generar certidumbre; incentivar acuerdos; gestar consensos, y avanzar.

El apolítico existe, pero… ¿es verdad? En mi caso debo confesar que no soy, ni deseo ser, apolítico; y ello quizás se deba a que me encanta parecerme a los seres humanos.

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