Infortunia y el mitin

2 Oct

Fue el portazo más estridente que había dado. Todavía agitada, Infortunia permanecía sin sentarse. Su hija aún no había regresado. Ella intentaba calmarse, pero permanecía enrojecida y sin dar un paso. No había nadie más en la casa.
En la mañana llegaron al aula, mientras enseñaba a sus alumnos como moldear la plastilina. Quien empujó la puerta fue Alicia, su colega, la profesora de Historia; pero junto a ella iba otro grupo de profesores y funcionarios municipales. Infortunia, a pesar de que otra vez le interrumpieran su clase sin pedir permiso, se alegró de notar que el rostro de Alicia lucía diferente. Dos horas antes ellas habían conversado, sin testigos ni chismosos, y Alicia lloraba porque extrañaba a su hijo. El muchacho, de apenas 20 años, se fue en una precaria embarcación junto a otro grupo de amigos que sumaban alrededor de 25 personas. Afortunadamente el sobrino de Alicia, que vivía en Miami hace muy poco, después de cruzar la frontera por México, la llamó para decirle que su hijo estaba bien y él lo acogería en su casa. Al concluir aquella conversación las dos mujeres se abrazaron.
-Vamos al área de formación, con todos los alumnos. Hay una actividad- dijo Alicia muy animada, mirando al rostro de su amiga confesora.
Infortunia no preguntó para qué, detuvo su clase y junto con los estudiantes fue hasta el área de formación. Alicia conversaba animadamente con los funcionarios. Los alumnos estaban formados, como siempre, al estilo militar. Había una atmósfera solemne, como es habitual en los matutinos, en las actividades y reuniones. La novedad quizás era la presencia de dirigentes municipales y de la provincia.
Entonces comenzaron los gritos y los discursos. Comenzó el director de la escuela, después algunos de los funcionarios; también pasaron por la improvisada tribuna varios alumnos. Los demás resistían el intenso calor, el sol que achicharraba la piel y les hacía sudar. Todo aquello, decían los organizadores, era un acto para repudiar los intentos del imperialismo por destruir a la revolución ofreciendo becas a los jóvenes cubanos. Decían que aquel era un acto de reafirmación revolucionaria, una muestra del firme compromiso de la juventud cubana con la revolución, el partido, el socialismo, con Fidel y con Raúl. Y gritaban y gritaban. Infortunia recordó que aquella gestualidad, aquellas expresiones, sus amigos de teatro le llamaban sobreactuación. En la tribuna gritando: ¡Viva Fidel!, ¡Abajo el imperialismo!, estuvo la estudiante que hacía dos días despidió a su papá, residente en New Jersey, que vino a verla, y con quién disfrutó 15 días. La misma estudiante que la tarde anterior explicaba a sus amigas cuánto podía demorar la reunificación familiar: su padre ya la había reclamado. En la tribuna también se paró el hermano de uno de los jóvenes que estuvo varado en Costa Rica y que ahora reside en Kentucky; el nieto de aquella abuela que desde Hialeah le envía los tenis marca Adidas. Allí estaban los profesores con familia en Miami. Allí estaban los profesores que hablan de la Yuma fuera de clase, pero en el aula hablan del imperialismo brutal. Por la tribuna también pasó Alicia y gritó, y con su carisma habitual incitó a los muchachos para que gritaran más fuerte y con mayor bravura su compromiso con la revolución. Después de Alicia también subieron los funcionarios.
Infortunia vio que Alicia se acercaba, desternillada de la risa y feliz porque el secretario del partido la felicitaba por su liderazgo con los jóvenes. Infortunia pensó en una tarea para su hija cuando llegara a la casa; y esa sería buscar el significado del término inmoralidad. Infortunia, además, imaginó un barco en la bahía de la Habana para que montaran todos los que quisiesen optar por las becas imperialistas, llegar a tierras imperiales, y el gran desastre que ocurriría; esa embarcación no podría zarpar, se hundiría por el sobre peso de la carga. Cuando Alicia todavía sonriente llegó a su lado, y antes de que hablara, Infortunia mirándole a los ojos le dijo:
– Me duelen los ovarios. Cuando hables con tu hijo dile que le mando un beso.
Entonces fue cuando Infortunia sin detenerse salió de aquel sitio; caminó como un huracán; llegó a su casa y dio el portazo.

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