El teatro inverosímil

6 Nov

El teatro es mi gran pasión, aunque al explicarlo así no hago explícito cuánto me provoca ese bendito arte que como una especie de buen virus te invade y no se cura. Las malas puestas en escena me aburren; quizás reverencio demasiado al arte teatral, pero ciertamente cuando la representación carece de singularidad y no aprecia la valía del teatro y lo irrespeta y no atrapa… prefiero encontrar lo verosímil en otras luces. Y así lo hago, por ejemplo, durante las marchas del primero de mayo en Cuba, o cuando la dinastía reinante en mi país es el régimen más mimado del planeta; o cuando algunos actúan como si el problema en Venezuela es que los venezolanos, a pesar de todo, exigen sus derechos, se manifiestan pacíficamente en las calles; claman y obran por el cambio, legalmente, por vías pacíficas. Pareciera que las causas, que están en el régimen y el gobierno de Venezuela, del desastre que sufre esa nación son ignoradas por algunos, o que el “mal” está en exigir el constitucional referendo revocatorio. Algunos casi presentan como un problema el clamor de los ciudadanos y su acción cívica, legítima, pacífica, legal y constitucional.

Hay quien se presta para representar una pantomima que lamentablemente puede hacer mucho daño, por muy popular, o populista, que parezca. Al toparme con los “raros” juegos y la “raras” prácticas de la diplomacia contemporánea regresa la misma pregunta a mi mente:

¿Cuál es la conducta humanamente apropiada, incluso cristianamente correcta, si un ser humano indefenso, amordazado y con las manos atadas, es abusado sistemáticamente por un poder absoluto o inmensamente superior? ¿Cuál sería la conducta humanamente apropiada, incluso cristianamente correcta, cuando en la misma situación que aquel ser humano se encuentra todo un pueblo, es decir, millones de seres humanos?

No conozco, ni creo que existen, obras humanas perfectas, ni seres humanos perfectos, tampoco sistemas políticos perfectos; pero ninguna tiranía es una opción. Por estos tiempos cuando, incluso como joven católico cubano, en mis alrededores y más lejos, hay criterios muy influyentes que sólo hablan de los males y vicios de las democracias, suelo preguntarme: ¿Será que vivir en una dictadura es una fortuna?

Es cierto que las democracias no son perfectas, pero gracias a la democracia misma es que son perfectibles. ¿Quiénes sufrimos dictaduras debemos dar gracias por ello? Cualquiera puede hacerse tal pregunta al tener en cuenta algunos criterios y pronunciamientos que sólo hablan descarnadamente y con transparencia cuando visitan democracias o se refieren a ellas. Pero bueno, todo tiene su “explicación” y, también en estos tiempos, hay una recurrente, aquella que presenta al silencio ante las dictaduras como la vía para obtener resultados aunque lamentablemente estos sean intangibles, desconocidos y no existan.

Así que jóvenes del mundo: todas las dictaduras son dañinas, pero aprendan de ellas, especialmente cuando estas se hacen llamar marxistas-leninistas, -como si las dictaduras tuviesen color político y todas no fuesen un cáncer- que la democracia y la economía de mercado son el desastre del mundo. Como a mi tal pensamiento me parece una barbaridad y peligrosa hipérbole, canto aquello que decía una canción muy popular en Cuba durante mi adolescencia: camarón que se duerme…se lo comen los turistas. Continúa sin gustarme aquella teatralidad fuera del escenario cuando hace daño y ojalá ello ocurra porque sus actores son ingenuos; pero incluso si ese fuera el motivo los males siguen siendo graves.

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