Desfiguraciones

12 Feb

Transcurre el segundo mes del nuevo año y el mundo ya no sólo parece patas arriba. Los temores emergen como síntomas de un síndrome preocupante en el que paradigmas valiosos parecieran correr el riesgo de romperse, o al menos sufrir quebrantamientos irreparables. Que no se perciba la descomposición misma y sus riesgos, así como abandonar virtudes, es una ceguera peligrosa cuyo único destino será el salto al vacío.

La ebullición se expande. Me asombra notar medios de comunicación, históricamente respetados por su seriedad, observando con un ojo y para un lado-y a veces con la visión nublada o la retina medio dañada. También asombra ver gestos inauditos, expresiones incendiarias, impensables en democracias sólidas, así como el escándalo comprensible pero mendaz cuando la bulla ocurre dependiendo de quién la provoca, o contra quién sea. Cuando los mismos motivos, o realidades similares, no causan igual bulla, algo luce raro. Poseer convicciones democráticas implica tener comportamientos, tendencias y gestos coherentes con esas convicciones, y que todo ello se note. “La mujer del César no sólo tiene que ser honrada, además debe aparentarlo”, sentencia un viejo refrán.

Quizás quienes durante siglos han vivido en una democracia vigorosa, sin sufrir exabruptos perjudiciales, y celebran modélicos traspasos de poder, y han elegido sin ninguna interrupción, y disfrutan de una robusta institucionalidad democrática, puedan aburrirse de algo que por tan común en sus vidas se les ha tornado “rutinario”. Semejante aburrimiento es un veneno letal cuando empuja las voluntades hacia extremos de cualquier tipo y parte. No acatar las reglas democráticas que, sin ser perfectas, han permitido construir un paradigma y disfrutar de las bondades ofrecidas únicamente por la libertad y la democracia; negarse a reconocer la victoria obtenida por el oponente gracias a las reglas de siempre; adoptar infantilismos y hasta la hipocresía, es tan dañino como creerse un iluminado poderoso, poseedor de algún mandato extraordinario o hasta sobrenatural, que únicamente ve el extremo como espacio de acción. No hay extremos buenos y extremos malos.

Ninguna nación se “arregla” podando a la democracia o extinguiéndola, ni insistiendo en irrespetar normas que constituyen cimientos imprescindibles. Todo cuerpo está sano y funciona bien si todos sus miembros actúan como deben en el segmento que les corresponde.

Tal vez las dificultades empeoren mientras unos culpen a la democracia y sus imperfecciones de los males del mundo y paralelamente unos y otros encuentren-o quieren encontrar- cuestiones positivas enactitudes hipócritas o arrogantes. Mientras se ande así, el camino al abismo cada vez será más ancho y fácilmente transitable.

Hoy en día hay razones para estar preocupado. Sin embargo, pudiera ser envidiable precisamente eso, las contrariedades y el hervidero; los temores razonables por no perder el tesoro conseguido: libertad y democracia. Pero nunca será una buena contribución que desde uno u otro lado se profane lo inquebrantable y las voluntades -de manera consciente o inconsciente- destruyan virtudes modélicas. Siempre será bueno y mejor permanecer apegados al sentido común.

¿Qué pudiera aportar quien no ha vivenciado en su propia casa la imperfecta, pero bendita experiencia de vivir en democracia? Quizás solamente ser testigo de esa carencia y sus nefastas repercusiones. No obstante, quise compartir algunos temores ante acontecimientos que tocan a todos debido a las primeras cosas que por primera vez están sucediendo, en sitios donde no imaginaba que fueran a ocurrir.

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, es un refrán guajiro para lamentarlo tarde que resulta apreciar algo valioso cuando ya se esfumó.

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