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Ay Latinoamérica querida!

6 Ago

Ulala… ¿qué veo?… ¡tremendo traqueteo! Tres dirigentes del socialismo del siglo XXI enfrentándose en Ecuador. Y Rafael Correa, atrapado en su inclinación monárquica, usa las claves del lenguaje bravucón que le caracteriza y exige “lealtad” a su persona. Parece la actitud de un Sultán jactancioso. Por cierto, estos sucesos han permitido valorar la veracidad de varias críticas realizadas a la gestión correista. Los acontecimientos que se suceden entre Lenín Moreno, Rafael Correa, Jorge Glas…no sólo sitúan en una explícita fractura a Alianza País. También aturden a la tendencia regional, dañina y omnipresente, que levanta estructuras al estilo cacique con ritmo de faraón.

El socialismo del siglo XXI tiene una racha malísima. Pareciera que se agotan sus paradigmas. En Brasil Lula da Silva está envuelto en varios procesos judiciales por las enfermedades y los vicios del poder. En todos los casos se trata de faltas muy similares a esas que, según me enseñaban en la escuela, corresponderían a la “sociedad consumista”, “los burgueses” y “politiqueros de turno”. Dilma Rouseff terminó fuera del poder y embarrada por tramas semejantes a las de su mentor. En la última elección presidencial en Venezuela durante los actos de campaña de Nicolás Maduro recuerdo el video donde aparecía Lula solicitando el voto para el sucesor de Hugo Chávez. Así el brasileño evidenciaba su respeto a la soberanía y autodeterminación del pueblo venezolano y era coherente con el principio de la no intromisión en los asuntos internos de otras naciones.

En Argentina Cristina Fernández desea regresar al poder -por ahora como senadora- después del mandato presidencial de su esposo y los dos mandatos consecutivos que ella mismo obtuvo. No será la primera vez. No es la única persona en el planeta que ha deseado tal cosa. También otros salvadores han sentido que ellos y nadie más -ni siquiera alguno de sus camaradas- hacen falta en el poder para prolongar la felicidad de sus pueblos sobre todo si esta habita en los discursos, pero escasamente fuera de ahí.

Daniel Ortega, mandatario brillantísimo, puede hablar sobre los daños al medio ambiente causados por la construcción del canal de Panamá. Pero prefiere que otros más elocuentes propaguen las maravillas medioambientales que significará la construcción de un canal interoceánico en el territorio nicaragüense. Una empresa china será la encargada de realizar el proyecto noble y socialista. En el sandinismo la corrupción, el nepotismo, parecen más graves que las dificultades en la oratoria de Ortega. Afortunadamente en Nicaragua un matrimonio ocupa la presidencia y la vicepresidencia. Así las cargas del poder se gestionan en casa. Y para impedir cualquier cachumbambé, las elecciones fueron convertidas en un circo.

Bueno, y el honesto Evo sigue amando a la Pachamama siempre que no interfiera en sus intereses, puesto que no ha dudado atravesar territorios ancestrales para construir lo que desee.  Evo nota la injerencia extranjera en su país cuando se le atraviesa la Mama Pacha o sus hermanos protestan. Con su peculiar locuacidad da tumbos y arremete contra quien sea. Quizás su amor por la Madre Tierra es lo que le lleva a querer convertirse en mandatario vitalicio.

Por su parte Maduro ya se liberó de complejos y prejuicios, sin ningún pudor se ha coronado como dictador. El autócrata chavista llegó a la meta. Terminó de hundir a Venezuela y se ha ganado la repulsa nacional e internacional ante sus actos legítimos, legales y constitucionales. Venezuela se convirtió en el triste ejemplo del populismo y las dictaduras latinoamericanas actuales.

El socialismo del siglo XXI es hábitat de una inflación que provoca escalofríos, una corrupción más grande que las riquezas nacionales y del endeudamiento espeluznante.

Las instituciones de plastilina se convirtieron en espejismos. El partido y otras fórmulas generan los tentáculos para emancipar al gobernante y lograr que no exista estructura o institución sin olor presidencial. Y para los faraones uno o dos mandatos son insuficientes. No son esos politiqueros que roban, destruyen y se van. ¡Qué va!… Ellos se prolongan y buscan la eternidad, siempre para garantizar la mayor suma de felicidad posible a sus pueblos. Además, suelen llegar al poder por elecciones.

Los manuales del descalabro latinoamericano no cesan de inscribir desastres.

Las dictaduras no tienen color político, aunque algunos insistan en desconocer el hecho y las evidencias. Nuestra América una y otra vez sigue atrapada por graves tropiezos. Ojalá el sentido común ancle en los lugares necesarios, la democracia germine donde se esfumó y Latinoamérica pueda caminar sin caer tantas veces en hoyos similares. Mientras tanto, sería una noticia alentadora que los faraones de cualquier tendencia o tonalidad dejen de estar de moda en América Latina. Haría bien no ser nido de buitres ni hogar para los fantasmas que acechan y reencarnan.

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