Aburrimiento monocorde y una conga proxeneta

11 Dic

Querida Petunia:

A veces transcurre el tiempo sin que el destino hurgue en sus mamotretos. Este silencio con que el tiempo mata da vértigo. Notarás que el café se ha derramado. Y se desparraman sobre el suelo todas las angustias; caen alargándose. Luego corren y me ahogan. Parecen un carnaval que solo se desvanece con mi ritmo en el sillón y su ruido de comadrita estéril.

Conversar contigo es una distopía. No aparece ningún fonema capaz de labrar mi espanto. Esa música perdió su anatomía, no me erotiza. Fue alterada por su antónimo, y cambió la melodía por su contrapuesto. El ruido vulgar, apabullante, desvirtúa la silueta de cada nota. Ni es música ni se le parece. Los cánticos, una vez fueron signos de las virtudes de estos predios. Ahora es como si hubieran desfilado hacia la castración.

Aquí permanece todo en la opacidad perpetua.

Tuve ganas de quedarme hasta mañana. Un trago, un pasillito…quería guarachear. Alegré una madrugada triste. No hay quien me quite la conga. No es que baile, brinco. Se mueve el cuerpo y la conga se me sube, hace que las neuronas caigan en trance. Ay qué se yo. La conga es como el ron, llega un momento en que sube a la cabeza y luego no quiere bajar. Ambos demoran en irse. Si ya no hay nada —ni siquiera esperanza— que tumbe el retrete, descomponga la ruina, aclare la niebla…tampoco habrá nadie que me destruya la conga. O eso supongo. Canté un coro a los que se despiden temprano de la conga. Caray, con lo duro que está todo fuera de la conga. ¿Cuál es el apuro? Y no solo es duro, es feo, duele…da grima. Miedo. Es cruel. Una conga te salvará en cualquier lobreguez. Petunia cuando más oscuro sea todo: un trago, un pasillito y a guarachear. Empieza. Arrollando voy. Arrollando va. Y en una alborada lúgubre te alegrarás. La conga subirá a tu cabeza. Quédate con ella hasta mañana, y hasta más tarde. Ve arrollando. En cualquier destino desconsolado te agradará. La conga siempre sube, no dejes que baje. Canta el coro. Deja que esa conga te alivie. Y arrolla cuando ya no hay más. Arrolla. Gózala. Otro pasillito. No dejes que te quiten la conga. Y canta. Sin pausa. Canta.

Aquí permanece la sordidez perpetua.

Mi calma se ha desatado. Tu silencio contempla la algarabía de un destino frágil. Y es que el rumbo al despeñadero ha desquiciado nuestras siluetas.

Imagina que estás en un barco. No, imagina que estás en una isla. Quizás en un bote. Imagina en definitiva que estás a la deriva. Y allí todo se ha corroído. De eso se trata.

9 abril—Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos.

Esa anotación de Martí en su Diario de campaña parece un [mal] augurio de hoy.

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