Insomnio inefable

9 Feb

Parezco un átomo extraviado. Temo a la vejez. No a las arrugas. Tampoco al mero paso del tiempo. Me causa vértigos la incertidumbre de mi destino. No sientas lástima. Escúchame. Y evita consolarme con una elocuencia ingenua. No hay remedio. Estoy aterrado. Pero no será una perorata calamitosa esta epístola. Para contarte de mí neurosis habrá tiempo. A veces por imaginar los finales de mi destino mis manos sudan frío. Y las patadas en mi estómago parecen signos del espanto que a cada rato penetra mi cadencia. Una desesperación polifónica me satura. Sufro escalofríos. Fui una silueta desgarbada que sonreía. Luego todo ha cambiado. Excepto el despeñadero que me persigue. Quizás la noche es triste. Pero cuando parezco una angustia andante que simula bien…siento miedo.

Los gemidos son mi alimento;

mi bebida las quejas de dolor.

Todo lo que yo temía,

lo que más miedo me causaba,

ha caído sobre mí.

No tengo descanso ni sosiego;

no encuentro paz, sino inquietud.

(Job 3:24-26)

Con el libro de Job comienzan los textos poéticos. Excepto la prosa del prólogo (cap.1-2) y de la conclusión (42.7-17) lo demás es poesía. Al concluir el prólogo del libro, la actitud de Job rasga el prototipo de persona sumisa, paciente. Estallan sus angustias y ácidos entresijos. El libro no es un tratado sobre el misterio del sufrimiento. Job encarna las angustias de todo ser humano ante el dolor inexplicable, del inocente —por demás. Ninguno de los tres amigos que intentan consolarlo responden a la pregunta que más se reitera. ¿Por qué tantas desgracias? La respuesta que le ofrecen no tranquiliza a Job. Él ha sido fiel. Es inocente. No merece tantas calamidades. Y en sus lamentaciones desea interpelar a Dios, frente a frente, por ese modo de actuar tan incomprensible. Razonable deseo. El dolor de Job no puede explicarse. Es evidente lo inefable de su sufrimiento. Los visitantes, que por turno dialogan con él, son tristes consoladores. No se conmueven ante el espectáculo escandaloso del sufrimiento humano y solo saben ofrecer a la persona sufriente el consuelo (quizás desconsolador) de una doctrina…como si se tratase de meras fórmulas. Finalmente se escucha la voz del Señor. Ante ella Job siente su propia pequeñez, su incapacidad para comprender misteriosos designios. Ese encuentro final le propicia humildad. También una sabiduría más intensa.

No hay indicios sobre el autor del libro de Job. Pero expertos sugieren que su escritura tomó años. Para el tiempo en que se redactó el libro, el Redentor aún no había sido crucificado. El alivio: la victoria en la cruz, vendría siglos después. El Crucificado aclara la lectura de la Antigua Alianza.

El libro de Job, o el de las Lamentaciones… pueden ilustrar lo que siente cualquier persona ante el sufrimiento. La persona que sufre es sagrada y merece absoluto respeto y plena ayuda. El dolor siempre es inmerecido, feroz. Los males nunca son deseables. Sus causas muchas veces son incomprensibles, y sus consecuencias desgarran. Ante esas circunstancias inexplicables la cruz es redención, esperanza cierta. No una esperanza desmesurada, quizás tan letal como el pesimismo atroz. Se trata de un sereno optimismo, que no ignora la realidad, ni evade lo obvio, sino que prevalece en medio de la vida misma —tal como es— reconociendo en ella los designios misteriosos de la Providencia. La sangre derramada por el Crucificado, sus llagas y corona de espinas, la desnudez (literal), el vinagre bebido, el ensañamiento, los latigazos, el dolor…no son un testimonio intrascendente.

—Si tenemos que morir nuestra vida no tiene sentido, ya que sus problemas no reciben ninguna solución —filosofa Sartre con su apasionado pesimismo.

Albert Camus: (Desnudo. Su rostro está constreñido. Su mirada luce profundamente extraviada. Su silueta es pesimista) En mi obra el Mito de Sísifo declaro que la vida es absurda. Suicidarse sería lógico, pero no sería más que una huida cobarde. También aclaro que lo religioso es falso. Expongo como mi verdad evidente aceptar la vida sin esperanza, aunque con algunos compromisos de ayudar al pobre y enfrentar la miseria y la injusticia.

Un sufrimiento inútil y una vida trágica parecen el paraje a contemplar en la escritura de ambos existencialistas.

Unamuno: (Expectante) Nunca perdí la esperanza de la eternidad. El corazón me decía que sí y la razón insistía en que no. Horrible mi agonía.

En la Inglaterra de Ricardo Corazón de León, el arte trovadoresco tuvo su expresión propia. Y parece que al rey le fascinaba trovar. De su amistad con el trovador Blondel de Nesle emana una leyenda. Cuenta el relato que durante las cruzadas el rey es hecho prisionero en una de las batallas. Su trovador lo busca cantando una canción compuesta por ambos. Peregrina de palacio en palacio y entona la misma canción al pie de la torre. Un día, desde su prisión, el rey continuó la canción. Entonces el trovador supo dónde se encontraba su amigo y señor. La traducción libre de una canción caballeresca anónima sugiere la peculiaridad poética en sus letras:

Worldes blist ne last no throwe

(La alegría del mundo no tiene duración)

La alegría del mundo no tiene duración alguna.

Se va y se desvanece de pronto.

Mientras más la conozco, menos valor encuentro en ella.

Todo está mezclado con problemas tristezas y desgracias.

Y al fin cuando comienza a pasar

deja a un hombre pobre y desnudo.

Toda la alegría aquí y allá,

está finalmente acompañada de llanto y lamentación.

Una vez descubrí que entre los instrumentos propios del medioevo estuvo la tromba marina. Un cordófono provisto de una sola cuerda que tocada con un arco producía sonidos armónicos de timbres metálicos. Aseguran que apareció en el siglo XII y fue usado hasta el siglo XVIII. Desconozco porqué cuando algo grave ocurre, ya sea enfermedad, muerte, desgracia, conflictos familiares Catalina siempre dijo:

—Una tromba marina es lo que ha vivido.

Quizás tenga algo que ver con el sonido del dolor, y hasta con su sentido. No sé.

Plutarco fue un tipo regio. Tenía unos bigotes torpes. Siempre llegó al río desnudo; luego de unas cuantas tonadas sobre la yegua raquítica que cabalgaba. Yegua tísica. Más muerta que viva. Y no galopaba. Jamás se le oyó relinchar. Aunque aquella yegua cambió su semblante la noche en que Catalina pudo salvarla.

—¿Y esas ronchas? —jadeó Casimiro mientras ensalivaba su mano.

—Me pica. Serán las hormigas —murmuró Catalina.

—Me están picando en las nalgas —dijo Casimiro deslizando su glande henchido por las caderas de Catalina.

—Luego te embarras con un poco de aguardiente —gimió la guajira.

—Mira a ver si tengo ronchas. Ráscame.

Catalina sopló un trago sobre las nalgas enrojecidas de Casimiro. La ardentía arqueó al guajiro. La mujer desnuda volvió a resoplar. Pero el mulato encontró un seboruco poroso para rascarse. Nalga arriba, nalga abajo. Aquel seboruco le raspaba la piel, pero aliviaba la picazón. Catalina observaba aquel glande (ahora desinflado) danzando en el aire; a veces rozando las hojas secas del suelo. No resistió y fue a devorarlo. Casimiro no dejó de rascarse mientras observaba a la mujer acoplándose al ritmo de su escozor impertinente. Fue la primera vez que las hormigas picaban sus nalgas, que él danzaba con ingenio sobre un seboruco y la boca de Catalina se aferraba a su glande sin timidez.

Catalina distinguió a Plutarco mientras se encaramaba sobre Casimiro. El cuerpo desnudo de su marido ella lo reconocería a cualquier distancia. Estaba detrás de las palmas. Y en algo raro. “¿Qué hace este tipo?” —murmura entre sus gemidos. Y se levanta. Casimiro no entiende. Catalina agarra el cuchillo caído dentro de las botas. Toma el bastón de roble amarrado a la montura del caballo y camina sigilosa. Va aproximándose a las palmas con prudencia. Quién puede ser la indecente que Casimiro está gozándose con tanto desparpajo. Hace más de una década que no logra terminar una montada con ella. Hace más de una década que el sinvergüenza nada puede hacer. Siempre con aquello apenado, encogido. Rara vez medio erecto. Blando. Si no llega a ser por Casimiro, Indalecio, Juan el abre pozos, Tato el gallego cojo o los pepinos pulcramente lavados de la finca más cercana…ni se acordaría de qué es sentir la humedad entre sus piernas. Ha intentado todos los remedios. Esperarlo desnuda. Despertarse desnuda. Dormir encuera. Todo. Madrugadas completas terminando con la mandíbula adolorida, media tiesa, intentando que a Plutarco se le pusiera tieso…y sin éxito. Da grima esa mortandad teniendo el tamaño propio de un semental. Porque su longitud es avariciosa, además del grosor. Perfecta anatomía, pero moribundo siempre. Entumida. Las vacas con su toro a cuestas. Las puercas con el verraco arriba. La gallina con el gallo encima. Las perras trabándose con el perro jíbaro. Las tres gatas en celo chillando luego de ligarlas el gato siamés. El caballo rendido sobre la yegua. Y ella achicharrándose en la cama, al lado de Plutarco: un marido flácido. La bisabuela le contó que a los petimetres se les reconocía por la flacidez que colgaba en sus entrepiernas cuando estaban delante de una mujer. Muchos andaban por ahí casados. Petimetres que hacen sufrir a sus esposas. Un marido que no enfanga la cama, que no la desordena, que no destroza una habitación, o no pone dura la vara de sus entrepiernas, tiene algún gato encerrado. O gata. Y anda gozando por ahí. O no es hombre. Un macho cuando llega a la casa no desatiende a su mujer, aunque haya servido a una casa entera de putas. O es petimetre. O algo grave está ocurriendo. Pero Plutarco no parece un afrancesado de los que habla Tato, el gallego cojo (corto en su entrepierna, pero cerrero en la cama). Él llega a las cuatro de la mañana, después de que Plutarco sale a ordeñar las vacas de Rosendo. Se va al amanecer. Tato es muy cerrero, la monta hasta tres veces. O Catalina misma se encarama con desespero. El gallego cojo conoció varios afrancesados. No venían de Francia. Tan gallegos cómo él. Otros eran de Castilla. También había catalanes, andaluces. De todas partes. En el barco que vino había varios. Y él los distingue enseguida. Hasta dos veces por noche sorprendía a algunos en los escondrijos del barco. Tato asegura que Plutarco no es un petimetre. Hay hombres cuya vara se le muere muy pronto. O se les fatiga para siempre. A Plutarco se le ha desgraciado la suya, solo eso.

Catalina detrás del monto de piedras corroídas intenta descubrir el rostro de la mujer. Desde el escondrijo solo ve el rostro de la yegua de Plutarco. Aunque el raquítico animal mantiene las orejas paradas permanece quieta. Arrastrándose con prudencia Catalina logra mirar por detrás. Observa la espalda de Plutarco. Está moviéndose como un perturbado. Nunca lo vio moverse de esa manera. Esa mujer debe tener una dudosa reputación. Es raro que no esté chillando. No jadea. No grita. Quizás la muy obscena sea alguna conocida. Plutarco parece una bestia. Está desenfrenado. Encima de aquel tronco de ceiba ni pierde el equilibrio. Se sostiene erecto. Aquí parece un macho el muy sinvergüenza. Algo le habrá metido en alguna infusión para lograr que Plutarco pierda la flacidez.

Puede acercarse más. Plutarco no percibirá su presencia. Él está balanceando sus caderas con la misma prisa del conejo cuando copula.

Ese fue el error de Catalina. Si no hubiera husmeado. De haberse quedado con Casimiro allí dónde estaban…no habría zafarrancho. Plutarco terminó colgado cabeza abajo y con el escroto triturado. Golpeado en la nuca con el bastón de cedro. Desangrándose. Al Catalina acercarse a la espalda de Plutarco descubrió que su marido, con aquella erección insospechada, penetraba a la yegua raquítica.

3 de noviembre de 1882. Periódico La Aurora del Yurumí.

En La Habana es un escándalo. Se baila en nuestras sociedades de recreo que son numerosísimas, los domingos y días festivos; y en las academias conocidas vulgarmente por escuelitas. En cada esquina de culta población se estaciona de la noche a la mañana un organillo que con sus chillonas notas molesta a los vecinos pacíficos y saca de sus casillas a las inexpertas muchachas (…). Hoy un hombre que no baila, es considerado como un ente ridículo que inspira lástima ¡Hasta ese punto ha llegado la obcecación! ¡Qué sociedad!

[Osvaldo Castillo Faílde. Miguel Faílde, creador musical del danzón, pp. 158-159]

Así escribía un gacetillero de la época. Son obvios los sentimientos que el baile le causaba a ese redactor de notas de prensa (quizás era arrítmico). También la preferencia por el baile y los atrevimientos de los bailadores.

Este insomnio me va a matar. No hay remedio.

¡Cuánto lloré al oír vuestros himnos y cántico, fuertemente conmovido por las fuerzas de vuestra Iglesia, que suavemente cantaba! Entraban aquellas voces en mis oídos, y vuestra verdad se derretía en mi corazón, y con esto se inflamaba el afecto de piedad, y corrían las lágrimas, y me iba con ellas (San Agustín, Confesiones 9, 6,14).

Imagino aquellas plegarias. Pienso en aquella devoción que estremeció a san Agustín. Luego me enternezco pensando en la suerte de quienes escucharon la prédica elocuente y mística del hijo de tantas lágrimas. La paz con que santa Mónica murió al observar, por fin, la conversión de su hijo fue un obsequio de Dios —no sólo para ella.

Me arden los ojos. Este insomnio desquicia; acabará conmigo.

Santo, santo, santo Señor Dios omnipotente, el que es y el que era y el que ha de venir:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Digno eres, Señor Dios nuestro, de recibir la alabanza, la gloria y el honor y la bendición:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Digno es el cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la divinidad y la sabiduría y la fortaleza y el honor y la gloria y la bendición:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que teméis a Dios, pequeños y grandes:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Los cielos y la tierra alábenlo a él que es glorioso:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Y toda criatura que hay en el cielo y sobre la tierra, y las que hay debajo de la tierra y del mar, y las que hay en él:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Como era en el principio y ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Oración:

Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien, total bien, que eres el solo bueno, a ti te ofrezcamos toda alabanza, toda gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición y todos los bienes. Hágase. Hágase. Amén.

Así rezaba el pobre de Asís. Las plegarias antiguas son hermosas. En ocasiones parecen más sabias, y honestas, que muchas letras petulantes de hoy. Una plegaria antiquísima también vivifica el gusto por la oración.

No me queda un cigarro. Mi insomnio es grave. Tengo los parpados apretados, pero no logro dormir. Me duele la mandíbula. Todo el lado izquierdo de mi rostro lo siento apretado. Estoy desesperado. Con esta maldita manía de brincar sobre la cama, menear los dedos de los pies…no logro permanecer quieto. Tengo una ansiedad insolente. Ya fui a orinar, otra vez. Creo que con el último sorbo bebí el poco de agua fría que aún quedaba. Si continúo despierto empezarán los retortijones. Mis tripas son muy frágiles durante el insomnio. ¡Necesito dormir! El insomnio acabará conmigo.

Garabato andante

tu locura infantil

derrumba mis muros,

descoloca mi quietud camuflada.

 

Garabato andante

me derribaste;

algo emana

no es tu ombligo,

talvez tu boca;

a veces tus ojos siempre mirando hacia otra parte,

la palidez,

los dedos largos,

el cuerpo tísico.

 

Algo se mueve

alterando mi filosofía,

aniquilando los silbidos.

 

Trazo tu silueta para alargar mi silencio;

parezco enternecido.

Nada me absuelve,

simulo todo al revés,

no sé…

¿Qué pasa?

                                                                                      (Día. Interior.)

                                                                                        Gendarme

Gendarme se ahorcará con el pene gacho, no moverá la plancha, ni tocará el café. Todo seguirá detenido; pero raspará el óxido, se le trancarán las venas y paralizará sus estornudos. La escoba seguirá quieta. No duerme, el sillón lo balancea. Gendarme va a morir. Colgará el lazo, se apretará el cuello, recordará a sus putas. Gendarme va a morir. De pie sobre el sillón decide meter la cabeza, tira de la soga, pero cae junto a todo el techo. Gendarme no pudo ahorcarse, también su casa se fue abajo.

El canto de la cigarra me inquieta más. Un grillo insolente perturba el silencio atroz de la noche. El insomnio me va a matar. No hay remedio. Creo que la sábana apesta. La almohada tiene un olor distinto al de ayer. Quizás es este desvelo que me ha desquiciado. Una cama seca. Un aposento putrefacto. A veces desnudándome logro reconciliarme con el sueño. Pero hace mucho frío. ¡Y ese perro que no deja de ladrar! Hay una sombra en la puerta que no sé qué es. Siento miedo. No me quiero levantar. Parece la sombra de las moscas cuando vuelan. Tanto silencio me causa escalofríos. Si ayer no me hubiera comido las uñas de los pies, ahora pudiera arrancarme alguna. Me pica la espalda. Me arden los ojos. Quizás rezando agarro el sueño. Pero ayer también lo intenté y ni pude rezar ni logré dormirme. Tengo que levantarme antes del amanecer y no he podido dormir. No hay remedio. El insomnio me matará. Debería abrir la ventana y gritarle al perro para que se calle. Un grito así a esta hora de la madrugada despertaría a todo el vecindario. Nadie permanece despierto a esta hora.

Me entristece la imagen de Molino de viento junto a un río de Jan van Goyen. El paisaje es nostálgico. Claro, la melancolía que me inspira no disminuye su belleza. Pero siento nostalgia al contemplar en Molino de viento…la luz del atardecer, esa belleza sosegada del paisaje. Jan van Goyen sitúa la retina del espectador en una brumosa distancia. Y desde allí se contempla aquella escena laudable de un lugar cualquiera en Holanda.

No me avisaron. Nadie me dijo que al nacer yo moriría esperando la sepultura de una existencia que no está, solo me masturba.

Este insomnio me va a matar…

No hay remedio…

—Asciendes desde la infertilidad de las putas, como carrusel público de banalidades, ano ansioso de penetraciones largas; rostro de ángel abriendo sus piernas a cualquier orgasmo infiel; agitador continuo; mentiroso exquisito; genio manipulador; tirano eterno, irremediable, de las almas ingenuas. Tú, marcado por la esquizofrenia de tu soledad. Solo como las putas; militante activo de la desorientación y devoto fundamentalista al culto estúpido de tu tierna escultura. Ansío besarte, pero esta es la realidad que sepultaría de tu asquerosa existencia. ¿Cómo se puede matar a un ser que amas tanto? —bramó cerca del río.

—Todo consumido. Cuerpos rodantes enfrascados en la constancia de un ano impúdico. Anal apertura del gusto. Poeta podrido, espermatozoide adicto al vómito penoso del pene retórico. Me compadezco de ti por tu fracaso como puta espiritual —esputó con un desparpajo inusual.

No entiendo este berrinche que ahora me exalta. Necesito dormir.

El río estaba sereno, el mar no. Serena estuvo la bahía antes del amanecer.

Agarraré una mandarria y machucaré mis testículos, como hacen con los toros para convertirlos en bueyes. La calma nunca ha sido esta paz. Mis párpados quedaron anclados a un pasado alucinante que no regresa. Hoy retorno fallándole a cada paso. Enséñame a dormir tan sereno.

—Ese hombre teje sus incongruencias rutinarias lejos de los silbidos; teje su cotidiana escena apuntalando cada letra muerta con la que germina su acostumbrado silencio, y apresura su tejido leve rozando sus dedos rudos. No aclama la muerte ni marca huellas. Deja su calva perturbada observando el tejido prematuro de sus horas siempre muertas. Respira cautivado por esa inconstancia ininterrumpida, con un placer raro que abruma sus días siempre iguales. Ese hombre es un almacén de huesos sin triturar, aunque esté tan cerca de las tumbas que jamás visita. Ese hombre no tiene caso, porque vive como los muertos —musitaba en la ribera del río.

Ventrículo malva: (Desnudo.) Cabalgando en el potrero el guajiro arrullaría sus patas largas. Noctámbulo sobre a la tierra seca negaría su virginidad temeraria, entre el quejido moribundo sepultaría cada necedad y no gesticularía un adiós, ni mecería sus nalgas sobre el saco tendido entre las matas casi muertas. Desnudo soportará cada gemido. Y callará ante los silbidos en otra noche infértil. Otro hombre estallará sus testículos. Pareciera que el amanecer no le pudriera la boca, pero ese miedo le ha estrangulado el rato. Cercano a la muerte aún no sabe destapar el simulacro de sus escapatorias.

—En la vida hay cosas que son más importantes que el culo —dije con mesura en aquella sala, y todos se quedaron petrificados. No obstante, el artificio de mi estornudo les pareció insolente. Intuí que ellos explayaban una fobia rancia. De loca con fobia hacia la primacía del ano a loca odiada. Así terminé en aquella tertulia —decían que abierta y cordial—, que fue truncada al manifestar mi percepción sobre el culto fundamentalista al ano.

Sufro escalofríos. Pensaré en algún Rembrandt. Quizás soñaré con Duchamp. No hay remedio. El insomnio me matará. Me causa vértigos la incertidumbre de mi destino.

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Una respuesta to “Insomnio inefable”

  1. Pippo Bunorrotri febrero 9, 2019 a 3:09 am #

    👏👏

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