Petro, el yo extinguido, y las orugas en el espejo


 

-¿Por qué digo ellos y no él, ella, tú? ¿Por qué nosotros, y no tú, él, ella o yo?   -se preguntaba Petro- El singular ha desparecido y fue un homicidio intencional, premeditado, con múltiples agravantes…un asesinato en serie, un crimen en masa, para fabricar la masa. Sin él, ni tú, ni ella, ni usted, ni yo…Pretencioso. Burdo exterminio. ¿Cómo qué nosotros? ¿Cómo qué ellos? ¿Cómo qué todos? Necesito retornar al lenguaje vital. Si el lenguaje es la envoltura material del pensamiento, ¿qué lenguaje hay cuando el pensamiento es mirado con tirria? Debo regresar a las referencias del individuo. No se trata de otra neurosis. Esta vez no sufro otra histeria. Quizás estoy abrumado, en medio de la catarsis, porque se torna estridente el cansancio ante lo que parece inverosímil. Nadie podrá creerlo si algún día termina esta noche honda. Tendré que continuar y entre ruegos preparar la celebración. Será mejor largarse. Las palabras que han apagado cada soplo, ensuciado el aliento, algún día terminarán sepultadas. Ojalá. ¿Lo habrá notado la vecina? ¿Quién estará al tanto? ¿Alguien más habrá notado que el yo fue subvalorado? El nosotros se ha extralimitado convirtiéndose en yugo perpetuo para sumir al yo, totalmente anestesiado, en la abominable parranda de una comparsa que celebra su esclavitud. Nosotros, ambigüedad que maquilla el rostro, el dibujo que enmascara la imposición de un mortal y único yo, sobre el resto.

Esta muerte del yo, no es por azar. Este crimen contra el yo se asemeja a lo que es: una voluntad perenne de algún narcisista endemoniado, un mortal irremediablemente trastornado, capaz de lograr la sumisión de otros mortales y que germine en cada uno su peor irracionalidad, sus instintos más salvajes, las actitudes más rudimentarias, sus actos más terribles, los gestos más primitivos, las articulaciones más rudimentarias y que emerja el caníbal, el cavernícola más brutal, el esclavo más sumiso y temeroso, la cucaracha más mediocre. Habitando la cloaca más asquerosa a un enjambre de cucarachas, contentas por serlo, les parecerá que son felices permaneciendo en una “distopía” sin fecha de caducidad predecible. ¡Viva el cucarachero!, en el que por los siglos de los siglos vomitarás sin conseguir antieméticos.

Pero lo peor no fue el soliloquio que estallaba en Petro, sino la contundente certeza que encontró cuando al indagar por todo el barrio el silencio y la simulación permeaban las respuestas. Muchos sabían la noticia hace tiempo. Petro no descubría algo que otros no supieran ya, era él quien ahora despertaba. Los demás, aunque conociendo el suceso, simulaban, o hasta podían mirar con ojeriza a Petro por éste comentarles. A otros verdaderamente ni les importaba, ni entendían, ni deseaban comprender. Aquella comarca estaba domesticada, y  simplemente se habituó a la extinción del yo. Escuchar a Petro, causaba en la gente, si acaso, las mismas impresiones que la extinción de los dinosaurios. Tal vez, algunos, con nostalgia recuerden al yo, pero ya nada les alivia. Han perdido las esperanzas. ¿Qué cosa es yo? –preguntaba Petro-, y nadie pudo responderle. Polvo en espacio extraño, polvo, así lucen sus rostros. Polvo inerte.

Para colmo, al encerrarse otra vez en su casa y pararse frente al espejo intentando conversar con su imagen reflejada, Petro quedó petrificado. Al mirarse allí, no aparecía su figura. Lo que se reflejaba era una oruga, literalmente un gusano. Agarró por el marco al espejo, pero la puerta estaba abierta y la vecina fumaba en el portal del frente. La imagen de ella tampoco se reflejaba, sólo aparecía una oruga exhalando humo, literalmente un gusano hembra con espejuelos. Petro corrió entonces al tejado. Primero encaramó el espejo, después trepó él. Desde el techo mueve el espejo, arriba y abajo, de un lado a otro, de frente y de espalda y sucede igual: aparecen como orugas, literalmente gusanos, el hombre montado a caballo, la mujer con gafas oscuras, el anciano meciéndose en el sillón, el cobrador de la luz, la vendedora de pastelitos, el pregonero con sus escobas, la niña que dibuja, el chofer que limpia el automóvil…Petro los observa primero a ellos. Después, observa el reflejo y sólo se proyecta una oruga, literalmente un gusano montando a caballo, o usando gafas oscuras, o con arrugas en su piel meciéndose en el sillón, o cobrando la luz, o vendiendo pastelitos, o pregonando mientras carga las escobas, o con lazos en la cabeza y dibujando, o fregando un automóvil… En definitiva, orugas personificadas.

-¿Y esto qué cosa es?- dice Petro.

Al preguntárselo, se ve él mismo en aquel espejo como una oruga, exactamente un gusano. También distingue a los demás que, reflejados como orugas, comienzan a conversar. Mira atrás para ver a la gente y están callados, haciendo lo que siempre hacen; pero al poner su vista nuevamente en el espejo son orugas, y hablan. Observa otra vez. La gente continúa en lo suyo, no hablan al espejo, muchísimo menos notan que Petro les observa a través del. Sin embargo, allí la imagen de todos es una oruga parlante; literalmente gusanos que hablan:

-Una nación en la que el individuo no es libre está condenada al fracaso. La Nación no puede existir, tampoco avanzar, si los seres humanos son esclavos o meros sirvientes del gobierno o del Estado. El gobierno, el Estado, es un bien limitado o un mal necesario… pero cualquiera que sea el caso, y el criterio al respecto, es algo que por el bien de todos debe ser mínimo, y que para el bien de todos ha de consistir en una estructura minimalista cuyo poder sea eficazmente restringido. El gobierno, el Estado, existe para servir a los individuos y no para servirse de estos. Cuando el tamaño del gobierno, del Estado, es mínimo, está garantizada su grandeza y utilidad para el bien de todos.-dijo una.

-Cuando se tiene República sin ciudadanos, ella permanece al borde de su extinción o desaparece. Una Republica puede ser habitada por millones de seres humanos, pero no puede existir sin ciudadanos.-decía otra.

-El camino es una República en la cual los individuos se traten no como amos y esclavos, sino como seres humanos que intercambian e interactúan, voluntaria y libremente, en beneficio mutuo. Un sistema en el que ningún ser humano pueda obtener ningún valor de su prójimo valiéndose de la fuerza y ninguna persona pueda usar la fuerza contra el prójimo. Un sistema donde exista la separación del Estado y la economía, de manera semejante, y por motivos similares, a la útil, beneficiosa y necesaria separación de la Iglesia y el Estado, que no significa a su vez separación de la Iglesia y los individuos. -dijo la oruga que pregonaba cargando escobas.

-Cuando el Estado es una maquinaria enorme se convierte en una todopoderosa estructura, intervencionista, que interviene al individuo e irrespeta su libertad, derecho y existencia, incluso con el pretexto de favorecer a la persona misma, o al “colectivo”, ese algo permanentemente abstracto. Colectivo, supuesto, que es el disfraz de las ambiciones, mezquindades, de alguien, o de un minúsculo grupo, con las mismas actitudes de cualquier abusador violento. Allí presenciamos la nueva esclavitud que impone el monstruoso aparato estatal mediante la coacción, el control; así como las multifacéticas coerciones sobre los individuos convertidos en objetos. Entonces, el individuo es quien termina restringido, a quien se le cercena su propia existencia y proyección personal en cualquier ámbito. Y así termina convertido en la masa: un objeto moldeable necesario para liquidar al sujeto.    –replicaba la oruga arrugada meciéndose en el sillón.

-La destrucción del espíritu emprendedor, la criminalización de la iniciativa ciudadana, así como penalizar el éxito del individuo ingenioso,  garantiza el colapso de cualquier nación. –comentaba aquella oruga mientras limpiaba el suelo con vehemencia.

Petro comenzó a reírse llorando. La dicotomía que siempre sufre durante emociones raras.

-Si se acaba el yo tampoco habrá tú, ni él, ni ella, ni usted, sólo nosotros. Y cuando se propaga ese trastorno del nosotros no existe ni él, ni ella, ni tú, ni usted, ni yo. Este desbarajuste del yo, que exalta la intervención del sospechoso nosotros, hará que no sea yo quien penetre a mi novia, no sea yo quien mime su clítoris, agasaje sus senos, porque sería nosotros, no yo.

Quizás algo penetraba la opacidad en la que Petro había despertado. Los vecinos de aquella comarca se asemejaban a un ser humano, restringían las falacias de aquel nosotros propasado y redimían el yo, cuando su imagen al reflejarse ante el espejo era la mismísima figura de una oruga, literalmente un gusano. Sólo así recuperaban la sinceridad.

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