Epístola de Petro: el razonador I


He iniciado una especie de relación epistolar sin destinatario conocido, mediante la cual vomito toda la indigestión provocada por más de medio siglo de “papilla” podrida, debido a la convivencia con el cadáver de una bestia en proceso de putrefacción.

 

Razonar sin manipulaciones ajenas me permite salir del rancio salvajismo en donde se encuentra sumergida la masa, triturada ya por la indefensión, la ignorancia y el aplastamiento sistemático. Sigo aferrándome a subsistir como individuo, resistiendo al colectivo irracional empantanado en su propio estiércol con tanto desatino, que ni siquiera reconoce su evidente hundimiento. Con serenidad, encerrado no precisamente en una estación, resisto dentro de barrotes que, aunque resulten invisibles para algunos, son perceptibles por todos. He comenzado mi propio interrogatorio: ¿Por qué los jóvenes no encuentran bienestar alguno de vivir en la patria?  ¿Por qué sólo imaginan una vida de progreso en el extranjero y únicamente allí valoran un proyecto de vida como exitoso o al menos con oportunidades?

 

En Cuba están cercenadas las aspiraciones. Existe un techo para el éxito que lo limita a la subsistencia mínima. Cuando a los “Amos” le de la gana pueden hacerte trizas por “ilegalidades”, pues hasta la prosperidad honesta, legítima, es un delito grave. La gente sobrevive entre la ley de la jungla. La máxima aspiración para cualquier individuo, queda en lograr el único éxito medianamente admitido: inventar como terminar el día con algo de comida en la mesa. La resignación inducida es: “Si logré comer y no estoy enfermo me encuentro bien, así soy feliz”.

 

Paso el tiempo desconectando los graves problemas cotidianos que se resumen en satisfacer las necesidades primarias. Como el resto de mis conciudadanos formo parte de un núcleo que depende de una libreta de racionamiento. No tiene acceso a ella quien no posee un hogar “habitable”, según los parámetros del Instituto Nacional de la Vivienda. ¿Tienes idea de cómo se puede, por esfuerzo propio, conseguir unos cuantos metros cuadrados y convertirlos después en “habitable”? Aún así cuando adquieras esa libreta que raciona tú canasta básica, no cubres tus necesidades y sin otro remedio recurres a la “ilegalidad”. No es una opción o una alternativa, sino una obligación para subsistir. En mi patria quien no la práctica está muerto o forma parte del grupito de sanguijuelas en las alturas del poder.

 

Cuando se habita entre la ley de la jungla los valores y principios suelen quebrantarse. La ecuación es cruel: subsistes o te alimentas con tus principios. Subsistir significa realizar cualquier cosa. La mayoría serían legales en cualquier parte del universo, menos en mí patria. Otras, quizás no lo sean y aunque no resulten justificables, son reales y las practica el hombre nuevo construido por el sistema imperante. Es el mismo régimen que continúa presentándose como el Creador de un paraíso tropical; pero resulta que tal paraíso sólo existe para una familia y algunos amiguitos de toda la vida.

Yo he decidido quedarme aquí, soñando que todos podamos disfrutar algún día, en nuestra propia patria, lo que muchos cubanos hoy buscan en tierras ajenas. ¿Por qué desde cualquier parte del mundo, incluso en períodos de crisis como la actual, la gente no opta por emigrar a mi patria? ¿Qué no tenemos aquí que existe en otros lugares?

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