Epístola desde la letrina


Petunia:
Si habitara en otro sitio no tendría la menor duda de que alguien, cuyo nombre desconozco, debió calumniarme. De otra manera sería imposible que terminara en un caluroso espacio de dos metros cuadrados sin luz. Llevo horas encerrado en esta letrina, y junto a mí: Garabato, Mensajero, Infortunia, Mentecato y El Mediocre: cinco ratas enormes. Siempre he padecido una fobia petulante por los ratones. Ahora me acompañan. Parecen ratas de alcantarilla, y salieron del hueco.
Te escribo iluminado por la tenue luz que irradia desde un trozo de algodón embarrado de kerosén. Aquí se suicidó el último huésped bebiendo precisamente aquel combustible. No existe otro sonido, sólo el de las ratas al caminar y las carreras de las cucarachas. He vomitado tres veces y no puedo dejar de escupir. Nunca antes vi a una rata defecar.
Las manchas de sangre en este papel son de Garabato, logré matarlo mientras intentaba trepar sobre mí. Las otras ratas se arrinconaron pero permanecen amenazantes. Siento un horror incomparable por ellas. Sin embargo, aplasté a una.
Necesito contarte aquella historia que tú también conoces, pero la amnesia se expande como un síndrome cotidiano que ya no alarma. La amnesia es la misma que fertiliza algunas letras de aquello convertido en un himno horrendo: “no sé, desconozco tal cosa, eso no es mi problema, ¿para qué te metes en eso?…o, mentira, eso es una manipulación, una fabricación de mentiras. Hemos tenido suerte”… Resulta que vivir en una letrina me hace afortunado. ¡Qué ignorante soy!… En una letrina sólo se puede vivir mal, y suponía que eso era mala suerte. Parece que estoy equivocado. Y no tengas dudas, al ser habitante de una letrina si piensas es porque algo, o alguien, te financia. A quienes si les pagan –por cierto miserablemente- para no pensar, para ser reproductoras, comportarse como seres a los que les han amputado el cerebro, el alma, la sensibilidad, el pudor, la vergüenza, la dignidad, la moral y todo síntoma de comportamiento racional y toda lógica y toda conducta relacionada con su especie; esos Petunia, resulta que son los ”iluminados”… No quisiera reproducir sus mismos fonemas. Quizás pueda repetirte ese idioma, lenguaje, metalenguaje, ¿común?… ¿extraordinario? Y es que casi vomito cuando pienso en los que no piensan, o no quieren, o no pueden, o no saben, o no les conviene pensar, o no les permiten pensar, o prefieren no pensar, o les pagan para no pensar y para no sentir y para que amputen su sensibilidad -por cierto miserablemente-. Siento compasión, y me aterra percibir como a un ser humano se le puede inocular tanto odio, manipular tanto, al punto de que ni siquiera se pregunte porqué reproduce todo lo que le han programado; al punto de jamás pensar si en algún momento le han engañado. Hay gente que se convierte en una reproductora, en un autómata al que le han inoculado el odio. Me aterra pensar que en cualquier persona puede germinar tanto odio.

A veces me acuerdo de aquellos que gritan: ¡Come mierda! Perdona este lenguaje soez que ya ronda lo folklórico -en las letrinas cosas así se aprenden-. En las cloacas aprendes mucho, por ejemplo: “Si logré al menos mal comer y no estoy enfermo, soy feliz, no necesito nada más”. ¿Tal idea te recuerda a los cerdos? A mí también. Parecemos cerdos: lo único que necesitamos es que algún amo nos tire un poco -no mucho- de desperdicios en el corral o en la letrina. El ron no tiene la culpa, el sexo tampoco es culpable.
-Aquí lo que hay es que buscar algo de dinero, darte unos “drinkasos” y tener sexo, asere…tener sexo, follar-. Muchos repiten ese “pensamiento”. Perdona las palabras, no sé como contarte sobre ellas sin citarlas. Puedo traducírtelo, es muy simple, se trata de negociar, traficar miserias, algo así como… por ejemplo, vender ropa fea, horrible, fea, preferentemente con brillos, muchísimo brillo, fea, sobre todo para usarla a las doce del día intentando cazar un ómnibus, o montarte en el rodeado de olores insoportables, repugnantes; peste a todo, al sudor de las axilas, de los pies, de tabaco malo, fetidez causada por la mediocridad, el sudor cochambroso, el sol insoportable; se trata de conseguir algo de dinero… cualquier miseria que te alcance para comprar algo que vendido por buenos ilusionistas te parezca ron, te puedas hacer la idea…que es ron, alcohol, o “guafarina”. Cuando consigas algo… supuestamente ron, o parecido al ron, aunque no sea lo mismo, ni se le parezca, ni sea igual, podrás beber desgarrándote la garganta, quemándote el hígado, pateándote el estómago, y asegurándote una resaca asquerosa que te partirá la cabeza en dos, tres, mil, o millones de pedazos. Pero te habrás emborrachado. Y después te buscas alguien con quien tener sexo, sexo, sexo, sexo, sexo, sexo…sin parar, sexo, sexo… como hacer deporte, como una clase de Educación Física. Así la vida, dicen, es feliz, porque lo importante es que te amputes las neuronas, te atropelles las neuronas, que no pienses y jamás pienses en pensar. Lo que les importa es que nunca saques del closet la sensibilidad y que atropelles el alma, que mates tu alma; aplastes la sensibilidad. No pienses, no se te ocurra. Y búscate motivos para no pensar, y créete un gran conocedor, créete inteligente… hazte la idea de que eres un sabio y te graduarán, y te llenarán de diplomas, reconocimientos. Te aplaudirán. ¡Qué inteligente, sabia y útil es tu ignorancia! Te necesitan así: ignorante, ignorando tu propia ignorancia, nutriendo tu ego por ser ignorante, un ferviente militante de la ignorancia, una rata sin cerebro, una rata insensible, una rata feliz por su propia infelicidad. En fin, una rata de alcantarilla cuyo sonido al transitar te recuerda que las ratas no usan pantalones ni cinturón, no solo porque se les caería, sino porque ni siquiera su anatomía está concebida para llevar pantalones. No me imagino a las ratas con pantalones, ¿excepto en algún circo?
Petunia, fue un asesinato. El más despiadado homicidio, que terminó además con el peor secuestro y una desaparición escandalosa. A esa mujer la apuñalaron unos asesinos, eran delincuentes… pero el resto o era muy mediocre o indudablemente el secuestro, la desaparición forzada de la sensibilidad ocurrió y permanece. Ya venía la carreta con toda la parafernalia, hechizando, como un acto de magia: Merlín haciendo daño, como la academia de ilusionistas que experimentaba y le funcionó el truco.

Fue magia o no, pero el truco funcionó porque la manada se montó en la carreta. Terminaron con la carreta delante de los bueyes. Terminaron castrados como los bueyes cuando con una mandarria le aplastan los testículos. Todavía tragamos la podredumbre que les vendieron. Compraron esperanza y fueron estafados. Todos estaban en la carreta y nadie se bajó para salvar a esa mujer, a pesar del tufo, de la fetidez. Al principio los que se bajaron fueron masacrados, o desaparecieron, y aquellos que hoy se bajan son golpeados, encerrados. Petunia, apuñalaron a esa mujer, la mataron, se ensañaron con ella. Hubo premeditación, querían matarla y necesitaban un antifaz de amantes. Decían ser sus amantes. Hubo una vez un pueblo con esperanza en el color de las aceitunas. Aquella vez un pueblo les entregó su corazón y fue traicionado. El odio no sabe, no puede, ni quiere atesorar el corazón de un pueblo. El odio no puede amar.
Hijos de puta…
Permanecieron sobre la carreta mientras apuñalaban a su madre, mientras masacraban a esa mujer que soñaba, a esa madre que varios de sus hijos apuñalan aún. Yo no tuve la culpa, no soy culpable, ni siquiera había nacido. No le debo nada a sus asesinos…Yo no tuve la culpa, no fui cómplice del homicidio. Yo no tengo que buscar excusas ni sentirme estafado. Yo no soy culpable, no tuve la culpa. ¡Yo no maté a la isla! A mi no me secuestraron el corazón, el alma, el cerebro. No estuve montado en la carreta. Yo no estaba montado en la carreta cuando a esa mujer, la atropellaron y la acribillaron a puñaladas. Yo no estaba, yo no tengo la culpa. No soy culpable. Yo no la maté. Yo no mataría a mi madre.
Tanta culpa tiene el que mata la vaca como el que le aguanta la pata.
Si no conociera a la manada de esta letrina o de la cloaca grande, supondría que por algún grave error he sido encerrado en este espeluznante sitio. Por supuesto, si tampoco supiera que habito en esta cloaca, donde hasta las moscas se pelearon con sus hijos, o su padres, o sus madres, o sus abuelos, o sus hermanos, o sus cónyuges, o sus primos, o sus tíos, hasta con aquellos amigos que una vez compartieron los mocos, el agua con azúcar, o cantaron juntos el himno, y jugaron quimbumbia, “bolas”, al “pegao”, o compartieron la primeras locuras, interactuaron con sus hormonas, crecieron; o gritaron todos los días en los matutinos que serían como aquel… No importó nada, las moscas dejaron de escribirle a los suyos, de hablarle, porque así lo mandaba su nueva religión, su falso dios: el innombrable monstruo de la butaca con ruedas. Y dicen que no sabían – o no lo saben- cuando miles encerrados en las mazmorras frente al mar, oliendo el salitre, escuchando las olas, eran sacados de sus celdas y caían por el impacto de las ráfagas de bala, huracán de proyectiles sobre sus cuerpos; miles de cadáveres y gritos: ¡Viva Cristo Rey!, inmediatamente después el horrible sonido de los proyectiles, el tenebroso sonido de las balas. ¡Viva Cristo Rey!…. Aquellas mazmorras las maquillaron convirtiéndolas en un sitio exótico para vender libros. Necesitan la amnesia.
– “El trabajo los hará hombres”-, narran los testimonios que podía leerse dicha frase en alguna parte, dentro de aquel Auschwitz en el trópico: el holocausto tropical. Y eran concentrados allí porque tenían fe, Dios, religión, escribían, bailaban, actuaban, tenían talento, pensaban, eran sinceros en sus criterios, eran diferentes… su forma de vestir distinta, incluso su forma de amar; escuchaban música enemiga en el idioma del enemigo, escuchaban incluso a esos enemigos: The Beatles. Allí debían estar y si fuera necesario morir. El nuevo hombre debía creer en un dios que no supo amar. La gente tenía que creer en una cuasi religión fea, aburrida, necia, llamada idea. El hombre nuevo no podía pensar, sólo obedecer; no podía amar… excepto al líder, sólo odiar: “el odio como factor de lucha, el hombre como fría máquina de matar”. El hombre nuevo no podía ser maricón, ni jinetero, ni puta… excepto para servir al líder, al dios; no podía amar, ni pensar, ni escuchar música… excepto cantarle al líder, al dios; ni ser irreverente, ni ser educado: la educación formal es cosa de burgueses, las normas elementales de comportamiento son cosas de burgueses y para el odio proletario los demás no son seres humanos sino dianas a las cuales disparar directamente, los demás son burgueses y no seres humanos, y no importa destruirles o que mueran. El odio como factor de lucha, el hombre como una fría máquina de matar. El nuevo hombre tiene desinformación, ignorancia, doble moral, indecencia y hambre.
Prefiero al hombre como una ardiente y cálida alma desbordada de amor.
Y al final el hombre nuevo tiene que aprender el idioma del enemigo; alabar al enemigo que ahora es amigo, porque quiere, puede y necesitan que financie al fracasado nuevo hombre. Y develar una estatua de Lennon: el enemigo. Hombre nuevo es aquel que salió en artefactos parecidos a lo que se supone sería una balsa, miles de ellos navegando, naufragando, sobre lo que se suponía era una balsa: ese artefacto predilecto para ahogarse o servir de entremés a los tiburones. Ese nuevo hombre se lanzó contra la embajada y fue sacado a patadas, golpeado, y salió por el puerto, aquel donde todavía huele…Huía en cualquier cosa por cualquier parte, hacia cualquier lugar. Huye aún. Tuvo que adoptar culturas culinarias asiáticas y convertir a sus mascotas en apetecibles manjares. Y así la minina terminó en el caldero. El hombre nuevo vive con un poquito de agua, un poquito de fluido eléctrico, un poquito de comida, un poquito de pasta dental, poca moral -casi ninguna-, un poquito de algo, muy poquito… y perdió la esperanza. Pero el nuevo hombre es retratado como una reliquia, un fósil que ha sobrevivido y permanece en la era perdida. Los fósiles son exóticos para las fotografías mientras hacen turismo quienes no viven lo mismo que experimentan los fotografiados.
En una letrina todo se torna raro y hasta incomprensible.
Intenté suicidarme Petunia, pero no pude. El carcelero golpeó la pared. A veces me masturbo pensando en ti. Perdona que lo confiese. Deseo lamer tus senos. Recordar tu olor me provoca erecciones. Mientras los carceleros marchan, yo pienso en ti. También te escribo, mientras vigilo a las ratas. Tu boca Petunia… Besarte apretada contra el suelo, indefensa sobre la cama. Tu boca Petunia mientras te atragantas con mi pene…Perdóname, no debí escribir esto.

 

Ayer dos oficiales se mataron. No fue un accidente. Uno de ellos descubrió que el otro tenía sexo con algún preso. No pueden ser maricones y oficiales, Petunia. ¿Lo sabías? Comenzaron golpeándose y después aquel terminó matándolo a patadas. El resto hizo un círculo alrededor. Observaban la muerte lenta del otro que pedía auxilio. Lo mataron y ninguno hizo nada. Fue como observar una pelea de perros. Sentía los golpes contra el piso. Debe haber muerto reventado. Desde mi letrina sentía su cráneo caer sobre el piso como un coco cuando cae y se raja. Avisaron a la familia. La madre no paraba de gritar. Gritos que ensordecen, no paraba de gritar, era un gemido sin pausa. El muerto, tres días antes del homicidio fue sorprendido por el asesino teniendo sexo con el jefe y un preso que al otro día amaneció ahorcado. Culparon a un asesino recién llegado. Y lo van a fusilar. Nadie ha dicho la verdad. En las noches de guardia el verdadero asesino frente a la puerta es penetrado por el jefe. Cada noche de guardia los escucho tener sexo duro. El asesino es penetrado, no sé describirte su rostro mientras el jefe lo penetra. Mejor no contarte del jefe cuando es penetrado, sus acrobacias y éxtasis serían comparables con aquella narración erótica aún no escrita. Podía verlos por una pequeña ranura. Pueden pasar toda la madrugada en ello. Y me cuesta dormir, no son discretos, gimen, y se gritan. Hablan demasiado. Parece existir mucho morbo entre todos los oficiales. Y todos los días en cualquier instante recurren a los chistes sobre maricones, se burlan de ellos. La ranura en mi puerta la sellaron. Ya no sé si serán los mismos, pero creo que estoy situado en el sitio preferido por los oficiales para tener sexo. Muchas veces copulan más de dos.
¿Y tu gata sigue durmiendo sobre el tejado? Extraño el amanecer acostado allí.
El poeta no quería un amor civilizado. Yo tampoco. Te amo a ti: amo tus pies, el sudor de tus axilas, la necedad que te acompaña, el silencio común de tus horas. Deseo tu aliento en las mañanas, la terquedad que otros notan en tu pulcra existencia. Te amo. Y me excitan tus impresiciones, tu inestabilidad perpetua, porque eres todo lo contrario a la certidumbre, no eres pulcra. Petunia, los besos que no te doy se me tornan otra vez beso…y qué se yo… Perdona que lo reitere pero sigo masturbándome mientras pienso en ti.
Ayer retornó el recuerdo del desfile. Desde la noche anterior no había dormido. Aquel viaje de mi hermano vino a desmembrar la frágil cordura en la familia. Viaje a lo ignoto. Para llegar a la marcha estuve la noche entera sin dormir sentado en aquella guagua… y el irresistible olor, la peste a gasolina. Tenía mareos, deseos de vomitar. Rodeado de gritos estúpidos, de consignas estúpidas, de mediocres frases fabricadas, gritadas por aquellos que una vez, tiempo atrás, siendo el abuelo joven, también hubieran gritado: ¡Paredón! ¡Paredón! Una mosca defecó: ¡Paredón! El mosquito se orinó: ¡Paredón! La vaca leche nunca dio: ¡Paredón! Lacras y escorias: ¡Paredón! Al maricón: ¡Paredón! A los seres humanos: ¡Paredón! La sensibilidad: ¡Paredón! ¡Qué se vayan, que se vayan! No los queremos, no los necesitamos.
Y aquella misma masa quizás por tradición irracional continuó arrastrada y a los valores también gritó: ¡Paredón!; la sensibilidad: ¡Paredón!; el perdón: ¡Paredón!; la racionalidad: ¡Paredón!; la vergüenza: ¡Paredón!; la honestidad: ¡Paredón!; el amor: Paredón; el respeto: Paredón; Dios: ¡Paredón!; la Virgen: ¡Paredón!; la educación: ¡Paredón!; el pensamiento: ¡Paredón! Y al salvajismo:

salvación, a la estupidez: salvación; la mediocridad: salvación; la irracionalidad: ¡salvación!; la ridiculez: ¡salvación!; la feancia: salvación; al odio: ¡salvación!, a la nueva esclavitud: salvación… ¡Qué se vayan, que se vayan! No los queremos, no los necesitamos.
Que noche tan horrible. Arruinado aquel amanecer por la multitud dotada de cuasi irracionalidad, o más allá de la irracionalidad, propia de los criminales, y a la orden de la poderosa mafia, de los eternos amos. Una multitud similar a la peor jauría, y jauría indecente. Tuve mareos y deseos de vomitar. Lo recuerdo. Y también el instante donde descubrí a la anciana sentada bajo el árbol casi seco, escondiendo entre sus manos el rosario, disimulando las lagrimas, su hija y nieto estaban realizando un viaje similar. Viaje a lo ignoto. Viaje con garantías de muerte.
¡Qué se vayan, que se vayan! ¡No los queremos, no los necesitamos! ¡Emperador seguro, a los yanquis dale duro! A la lacra: tiren huevos. Preparados… apunten: a la lacra… disparen: huevos. Preparados: a la escoria tiren huevos. Apunten: a la lacra… disparen huevos. Todos esos huevos que hoy es lo mejor que hoy podemos comer, como si el huevo fuera un faisán de la India. Esos mismos huevos que le faltaron a muchos para negarse a la indecencia. Preparados: a la escoria ahora llamen hermanos… apunten: a que les traigan dinero, comida y regalos; disparen: como “jineteros”… para matar el hambre.
Ese día logré conversar con la mujer que escondía su rosario en la mano como si llevara una bomba, como si fuera una suicida que esconde la dinamita. Pudo desahogarse. Comprendió que podíamos conversar. Nunca había visto el deterioro de un alma estragada, como la madre por el viaje del hijo a lo ignoto. También rezamos juntos, en silencio, No murmuramos palabra alguna. El abuelo decía que rezar durante aquel desfile sería como un suicidio, provocar un linchamiento. Rezar en una marcha así era una irreverencia, un acto revolucionario. Yo había ido a rezar en silencio y encontré alguien más para orar. Rezar allí era revolucionar un desfile similar al del ganado cuando va a ser sacrificado. Rezar allí era una gota de amor, entre una marea de cualquier otra cosa donde aparecía también el odio. Yo fui a rezar. Todavía me pregunto como pude resistir. Pero no grité lo que exclamaba aquella manada. Jamás he gritado lo que la manada, cual carnero a punto de ser degollado, grita como alabanza al amo, como el más infeliz, indefenso y sumiso de los esclavos. Y pedí perdón a Dios, sigo pidiendo perdón a Dios por mi asco ante aquella masa asquerosamente imbécil, mediocre… soez, asquerosa. Tengo mareos, y deseo vomitar. Perdóname, siento asco. ¡Ay que rimas tan oprobiosas, ay que rimas tan asquerosas: feas, mediocres, espantosas! En oprobios sumidos, al grito de las rimas corred y taparse los oídos… porque son malas. ¡Cuánta “feancia”!
Las cucarachas, las cucarachas ya no pueden caminar…porque les falta, porque les falta, algo de jamar.
Las cucarachas, las cucarachas, ya no pueden razonar…porque les falta, porque les falta, la neurona para pensar.

No recuerdo su nombre, pero jamás borraré de mis pensamientos el abrazo de aquella anciana que lloraba cuando al terminar el rosario recibió el mensaje: su hija, su nieto, ya estaban en lo ignoto, habían cruzado a lo ignoto. Jamás podré olvidar la fatiga de aquella mujer que se desplomó en mis brazos. No podía sostenerla y ella balbuceaba la noticia. Pensé que estaba muriendo. Creí que era el último rosario que ella rezaría. Pero no murió. Y su hija y nieto llegaron.
Mentecato: una de las ratas que me acompañan, lleva horas intentando entrar al hueco por el cual aparecieron ellas. Pareciera haber engordado. Creo que no cabe. Por más que lo ha intentado no puede colarse. Ojalá se larguen todas. Petunia siento horror por las ratas. Recuerdo que una de mis vecinas siempre armaba escándalos por los ratones. Noche tras noche su marido: el “come candela” – así le llamaba su misma esposa- mataba más de tres. Nunca entendimos de dónde salían tantos ratones. El traga fuego… perdón, el “come candela”, solía cortarles la cabeza a las ratas con un machete, aunque habitualmente se las machucaba, y poco a poco le reventaba los sesos a los roedores. Mi vecina comenzaba a gritar desde que aparecía el primer ratón. ¿No sé por qué siempre conectaba su fobia a los roedores con Marx? A su marido acudía para que espantara las ratas -supongo que solamente con los gritos aquellos bichos se aturdían- y a la vez utilizaba todo tipo de adjetivos para describir a Marx. -Ese viejo… estaba borracho… Coño. ¡Cabrón! Ese tipo escribía borracho, y le hacía falta dinero para emborracharse más- así solía gritar mi vecina.
No seas verraco come candela -le decía la vecina a su marido- que seguiremos pasando hambre mientras a Marx la borrachera lo desmayaba. Verraco, come candela. Proletarios del mundo uníos… Míranos a nosotros jodidos. Proletarios del mundo uníos, ¿y dime, con esto qué no se ha destruido, y rejodido?
“Proletarios uníos
que por el común-ismo
vivimos jodíos.
Al yanqui abramos el trasero,
necesitamos que nos financie con su dinero,
el marxismo-leninismo nos dejó encueros”.
Ese coro cantaba la vecina y el esposo no le respondía, aunque solía hacer algunas muecas por detrás de ella, pero siempre atento a que no lo descubriera.
-De qué te sirvió la guerra… África… come candela. Viraste con una pata tiesa. Viraste más loco que cuando te fuiste. Viraste sin poder dormir porque todas las noches soñabas con gente muerta, muriendo o por morirse. Tus ojos parecían y todavía parecen los de un loco. Come candela, verraco. Te fuiste y yo tuve que irme a las marchas, a las reuniones, a las colas, a los trabajos voluntarios, y tus hijos estaban pasando hambre. No tenía comida para darles, come candela. Mamá tengo hambre, me decían, mamá tengo hambre. Y yo también estaba, estoy, muerta de hambre. Estamos muertos de hambre come candela. ¿A qué fuiste verraco? A ver a tu hermano caer muerto por la metralla; para virar y llevarle flores a la tumba de tu madre que murió de tristeza, murió llorando por ustedes. Cayó muerta en la puerta cuando llegaron con la noticia de que a tu hermano lo reventaron. ¡Come candela! Tus hijos necesitaban a su padre aquí, tus hijos no comen medallas, tus hijos no querían un héroe, sólo necesitaban un padre. ¡Verraco! Llegaste loco y soltando humor. Loco y enfermo, soltando humor. Fui yo quien se desveló por ti. Fui yo quien se develó junto a ti cuando regresaste y llorabas como un niño. Todavía lloras como un niño asustado. Verraco. ¿Y si te hubieran matado? ¿Qué hacíamos tus hijos y yo con las medallas? ¿Qué hacíamos?, ¿potaje de medallas? ¿Quién me haría tener orgasmo… las medallas? No quería el abrazo de nadie más en las noches. Quiero tu abrazo. ¿Quién me haría rabiar de celos? ¿Para qué sirvió que tú madre sufriera y cayera muerta cuando llegó la noticia de que a tu hermano lo mataron? ¿De qué sirvió tanta muerte? Estabas matando gente o esperando ser ametrallado cuando tú hijo en la beca tuvo la primera crisis de esquizofrenia porque al segundo día fue que entró al baño colectivo, al tercer mes fue que se bañó desnudo por primera vez; y no resistió las burlas de los otros muchachos. Tu hijo no había desarrollado, su pene era el de un niño. Nuestro niño. Pero no resistió las burlas. Y hoy está loco. Su vida es una esquizofrenia permanente. Aunque el pene hoy le mide 18 centímetros nos sigue gritando que tiene el pene chiquito. Eso le ocurrió a tú hijo en la beca. Al cuarto día de becarse, el que dormía arriba en la litera se tiró de la cuarta planta. Murió reventado. La noche antes lo habían sorprendido en el baño del albergue con otro muchacho, pero él estaba siendo penetrado, a él lo castigaron, de él se burlaron. Al otro día en la noche se mató. Tu hijo sintió cuando se levantó de la litera, escuchó los pasos, y el estruendo al caer en el suelo desde la cuarta planta. Eso fue en la beca. Tu hijo estuvo a punto de matar a otro, casi le entierra el cuchillo. Nuestro niño estaba harto de las burlas de los abusadores… estaba avergonzado ante las muchachitas, recibía todas las noches puñetazos de los abusadores. Y sabes que me dijo el director de la escuela: “Él es un hombre, deje que se defienda solo. Esto es una escuela para formar las nuevas generaciones socialistas. Hombres blandengues solo dan pueblos blandengues. Tu hijo no es maricón, así que déjelo para que aprenda a comportarse como un proletario”. ¡Me cago en el proletariado!,- se lo grité en la dirección-. ¡Me cago en tu madre! ¡Me cago en la madre de ese…! Era mi hijo y no quería que se convirtiera en un delincuente. No se convirtió en un delincuente, pero está loco. Nuestro niño está loco. ¡Come candela! Por eso no me dio la gana que la niña se becara. Tu hija no pasaría por lo mismo. Por eso no voy a ninguna marcha, y porque tengo hambre cojones… porque mi hijo está loco, y porque tu hija no tiene futuro, porque le jodieron la vida a mi familia. Verraco. Nos jodieron la vida. Nos vendieron falsa esperanza y no la compraré más, no volverán a estafarme. ¿Cuál es el futuro de tu hija? ¿Cómo saldrá de esta miseria?, ¿meterse a puta para poder comer con decoro? ¿Qué es el nuevo hombre?, “una fría máquina de matar”, “el odio como factor de lucha”. Si esta mierda en la que nos convirtieron era el nuevo hombre entonces esa disparatada fabrica sobre cumplió el plan: somos un océano de mierda por todas partes, la maldita circunstancia de la mierda por todas partes, eso somos.

 

Petunia, volveré a contarte sobre aquella vecina. La recuerdo en las tardes, a veces, y rememoro sus cerdos. Mi vecina siempre tuvo algún cerdo, no tenía patio y los criaba sobre el techo: la pequeña placa del baño. Ella misma los
bañaba, lanzándoles agua, restregándoles el cuerpo con una escoba. Cargaba los cubos desde la cocina hasta el techo, al cual subía mediante una frágil escalera de madera, inventada creo que por su propio ingenio, construida con sus manos. Fue una mujer entrañable. A todos nos impactó la noticia. Fue un shock saber que había caído muerta cuando un amigo de su hija llegó a la casa, subió al techo para anunciarle que su hija se había ido. Viaje a lo ignoto, viaje con garantías de muerte. La hija llegó sana y salva sin complicaciones, pero su madre no lo soportó. Al sentarse en el suelo, después de lanzar la escoba y casi caer encima del cerdo, cayó en el piso, parecía desmayada. El muchacho amigo de su hija corrió, la cargó, bajó las escaleras y la llevaron al policlínico. Cuando llegó ya no tenía signos vitales, estaba muerta. Su hija nunca más ha vuelto. Y el come candela la última vez que le vi, fue tirado en la calle vomitando y con una botella a su lado. El hijo esquizofrénico creo que lo recogió una tía. Tampoco supe más del.
Desde que habito esta letrina no he dejado de rezar el rosario. Antes de llegar aquí, por las noches me dormía rezándolo. Rezo siempre por ti Petunia. Te confieso que antes de pensar en ti, mientras rezo el rosario está en mi mente aquel muchacho que dibujé una vez en tu casa. ¿Recuerdas el rostro? Esa noche mientras dibujaba tú seguías acariciando la gata y tomando los somníferos. Miraste desde lejos el rostro. ¿Recuerdas? – ¿Él quién es?- me preguntaste.
Aquel muchacho permanece en mi rara cinematografía cerebrar, donde perdura el pasado. Intenté explicarte pero no podía detener los trazos. Ahora creo que no te expliqué. Tampoco tú insististe en saber. La primera vez que me encontré con Henry fue arrodillado ante el Santísimo. Cuando llegué, él estaba sentado sobre el suelo, con los ojos cerrados, a veces se le escapaba algún murmullo que yo no podía entender. Henry al levantarse no me vio y casi pasa por encima de mí, me pisoteó. Enseguida quiso disculparse. Quizás al verme tranquilo no insistió. Henry siempre fue dulce. Alguien le dijo una vez que demasiado noble para vivir. Después de conocerlo Henry se ha convertido en alguien que jamás olvidaré. No creo que conozca nuevamente a otro sujeto como él, o al menos parecido. En varias ocasiones coincidimos ante el Santísimo y Henry lloraba, las lágrimas corrían por sus mejillas sin que pudiera disimular. Sólo intercambiábamos saludos, conversamos lo que una corta circunstancia te permite: palabras intrascendentes. Hasta que una madrugada, mientras regresaba a casa me lo encontré sentado en el banco oxidado, el más oscuro en el paradero del tren. Y esa noche no pasaría el tren, y si yo estaba equivocado, y de pasar a esa hora, tendría que estar llegando a su destino, o el retraso entonces había roto record. No acostumbraba a fijarme en quien a esas hora estuviese allí sentado. Podía ser testigo de cualquier cosa, y prefería ignorar muchas, sobre todo desde que descubrí a varias de mis vecinas teniendo sexo en el baño del paradero -entre la fetidez de aquel cutre sitio- con el hombre de la esquina. Henry por noble pensó que yo le había visto y me saludó. Al voltear el rostro y verlo en aquel estado, como si no me percatase me acerqué y pude iniciar una conversación. Debí ingeniármelas para lograr que abandonara aquel estado raro en el que se encontraba. Henry suspiraba y miraba al suelo. Por momentos, aunque mirándome, su vista lo delataba, como si no estuviese allí, su pensamiento parecía andar por otro sitio.
Sería muy larga la narración de aquella conversación. Henry tuvo un amigo. El amigo se convirtió en alguien entrañable, más cercano que su propio hermano. Henry y su amigo se volvieron uno. Todos los pasos lo daban juntos, pasaban todos los buenos momentos juntos y los malos instantes más juntos todavía. Henry y su amigo llegaron a conocerse muy bien. El amigo y Henry se amaron, porque eran muy amigos. Y se conocían al dedillo, y confiaban entre ellos, y se amaban. Nunca se tocaron, ni siquiera se besaron. Hasta el día en que el amigo se despidió de Henry, y después de llorar juntos y abrazarse y amanecer sobre el tejado sin que el sueño los interviniera, el amigo besó a Henry, saltó desde el tejado, cayó al suelo y corrió. Henry acostado le observó hasta que su vista ya no alcanzaba a verle. El amigo se fue. Viaje a lo ignoto. Viaje con garantías de muerte. Henry y su amigo se amaban y amaban a Dios. Y nunca se rosaron, excepto el instante aquel, cuando el amigo se despidió. Henry todavía no sabe qué hacer, y ambos tiemblan cuando el amigo llama por teléfono. No han podido conversar, la llamada por teléfono en ellos es algo muy raro. Después de saludarse y hasta que cuelgan, no hablan ni una palabra. No se dicen nada hasta que se despiden. El amigo nunca más ha regresado. Nunca más se han visto, pero siguen intentando conversar por teléfono. Y solo cunde entre ellos el silencio… excepto para los buenos días, y para despedirse. Hablamos la próxima semana, así se dicen ambos y cuelgan.
Quiero volver a encontrarme con mis amigos Petunia. Quiero volver a encontrarme con los que se fueron, con los que están pero se fueron…y ya no son ellos, parecen otros, o cualquier otra cosa que no es precisamente un individuo. No son ellos Petunia. La gente a veces se muere, y están muertas aunque viven. Tengo amigos vivos que se han muerto. Y los quisiera de vuelta. Los extraño. No quiero envejecer. Me da igual las arrugas, lo que no quiero es parar de soñar. No quiero esterilizar mi alma. No quiero un cerebro infértil. Y no quiero ser viejo. Ni caso me hagas, no quiero agotarte. No deseo transferirte ni un miligramo de esta precariedad existencial. No me hagas caso, quizás es que hoy el día está nublado. Parece que habrá frío por largo tiempo. Abrígate.
¿Qué haré cuando vuelva a verte?
Petunia, estimadísima proletaria, rememora tus antiguos versos y léeme alguna vez. Volveré a escribirte.
Petro

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