El paciente


Nació petrificado; hacinado entre la soledad de una realidad siempre en silencio y el espacio raro donde ha crecido. Calvo desde pequeño. Durante el parto casi muere: la cesárea tardó y se alojó mierda en sus pulmones. No lloró al nacer. Ha sido constante su aproximación a la muerte desde el momento en que respiró por primera vez.

Sentado en un cuarto, acompañado de otros locos fuma, respira hondo. Sus ojos con mirada fija siguen a los demás pacientes que andan gritando por los pasillos y conversando, envueltos en sabanas negras. Confiesan sus secretos. Es el grito oculto de seres marginados entre paredes raras ¿Acaso sentir y pensar es malo?  ¿Quién sabe lo que pasa en las almas cercanas, cuando gritar es más que forzar nuestras cuerdas, la libertad de llorar? Al expresarse, intenta sacar de  la imbecilidad, a los que matan sus vidas entre la cotidianidad, la misma que los ha vuelto locos. No hay metáforas, la realidad no lo permite.

Está refugiado en la madriguera hace muchísimos años. La sensación de la muerte es tal vez el móvil de su encierro. Pensó demasiado. La vida perdió sentido. Sus preguntas son claves: ¿Nací para qué? ¿Crezco para qué? ¿Cuando pienso para qué me sirve y por qué lo hago? ¿Por qué intentar sobrevivir? ¿Por qué hacerle el juego a las contradicciones, si existen precisamente para que la vida nos parezca algo?

No encuentra un motivo, ni respuesta. Nada es posible fuera de lo normal, y siempre una victoria está fracasada, porque se ausenta un complemento que de alcanzarse le faltará otro y así se encadenará la vida hasta dejar de respirar. Nunca antes la sensación de proximidad a la muerte le ha sido tan cercana, incluso ni cuando lo ingresaron y fue agredido con toda clase de medicamentos. La ayuda de los especialistas no ha dado efecto. Saben mucho de teorías, precisan muy bien las definiciones de los métodos; pero les falta reconocer, poseer un sentido propio para tocar las almas y peor aún, comprender las mentes.

Fuma. No sabe dónde situar su vista. La ansiedad contenida se delata por todas partes. El desespero incoherente, es el síntoma visible de una inconstancia común. No habla, los más cercanos dialogan con él. Los mismos vestidos de blanco están conversando dentro del cuarto. Esta vez son iluminados por una luz tenue. -Quiero luz- pide el paciente. Los doctores continúan el interrogatorio. Realizan preguntas raras, tontas y sin sentido lógico Cómo es posible que esto permita el diagnóstico de una mente:

-¿Dónde está? ¿De dónde viene? ¿Por dónde regresó? ¿Cuál fue la última voz que escuchó? ¿Dónde está su familia? ¿Qué hará? ¿Escucha voces, qué le dicen? ¿Dónde está su cuerpo? Mejor defínalo. Observe esta figura, ¿qué ve?

Seremos sus amigos, sólo óigame: ¿en qué piensa cuando está ausente?

El paciente sereno responde: – Lo mismo que pienso cuando estoy presente. Mientras pienso tengo que hacer silencio. Al callar aparecen las imágenes y reflexiones de lo que sueño. Al soñar caigo, la realidad me pesa demasiado. En las figuras veo manchas, son las de Roschard. ¿Soy tímido porque no puedo definirles lo que me pasa? No hablo con fantasmas, esas no son alucinaciones. Converso en voz baja para compartir lo que pienso. Nadie comprende a lo que me refiero; explicarlo no tiene sentido porque el destino ha sentenciado que no me entiendan. Además, le sirve a ustedes para estudiar; cobrar; mantener a sus hijos; cuidar una familia; vestir de blanco; elaborar teorías; participar en congresos; ilusionarse con que estudian un caso complicado; creer que son quizás una especie de elegidos capaces de comprender los misterios de la mente humana, se resignan a la cotidianidad, inconscientemente hasta crecen sus metas, ese es el fin para mantenerse vivo. Aún cuando suicidarse tampoco tiene sentido, a morir le temo y más de enfermedades peligrosas.  Además, al decirles todo  esto, tendrán bastante para estudiar. Quien lo lea les dirá: que mierda; otros ojalá entiendan. Creo que puede ser una señal, el código necesario para buscar que la existencia me cobre un sentido. Ese es el gran problema doctores. No entiendo porqué estamos aquí. La timidez es la ausencia de palabras para expresarse, no encontrar la frase que transmita lo que acontece; responder sin mover los labios; sentir sin que se note; no es otra cosa, ni siquiera carencia, pero tampoco algo. Estoy vivo por lo mismo que todos; ¿qué es?, no sé y ustedes tampoco. -Apaga la luz- El paciente mira lentamente hacia ellos y pide clemencia: -Por favor quiero más luz- Los doctores se levantan, recogen sus papeles y se largan de prisa.

-¿Doctores vendrán mañana? Necesito atención, creo que estoy en crisis-. Ninguno de los vestidos de blanco reaccionó y continuaron su marcha coreográfica. El paciente ha quedado solo, en silencio. La cabeza le duele, empieza a marearse. No se trata de nada sobrenatural. Es el constante pensar, la maldita condena a la reflexión. Necesita un poco de inconsciencia. Mejor jamás haber sido dotado para pensar. Atina a fumar. La dosis de calmante se acerca, lo trae la enfermera.

-Hola, ¿cómo está? ¿Qué tal ha pasado el día? ¿Las voces lo dejaron descansar? ¿Cuántas veces ha reflexionado, discutido o aconsejado a sus fantasmas? El paciente sin mirarle la cara responde:

-No me hable así, no soy un niño. Entiendo perfectamente lo que me está preguntando. No lo deletree tanto. ¿Quién le dijo que yo sentía voces? Son los pensamientos, al recorrer algo que existe en todo ser humano y se llama neuronas. No sé si lo sabe. Precisamente por no tener a nadie con la suficiente facultad de entender las cosas en las que pienso converso solo. Claro, según los métodos, ese es uno de los síntomas: no reconocer la pérdida de la coherencia. Algún día se burlarán de esta especie asquerosa, y ofrecerán ofrendas a los infelices que se han suicidado-. Continúa sonriendo y mira a la enfermera. -¿Usted no piensa? ¿No es posible que las neuronas funcionen? Se trata de pensar, de sentir que existe; es una desgracia, pero alguien lo tiene que hacer. Así es el asqueroso destino. En la vida no hay nada más que inventar, solo joderse-

La enfermera sale. No mira a otro sitio que no sea el espejo donde refleja su rostro para revisarse el maquillaje. Se escuchan fuertes aplausos y una gritería espeluznante se acerca. Todos los médicos gritan. El paciente logra entender algo: -Hemos encontrado la cura perfecta. Inmovilizaremos las neuronas.-

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