Muela íntima, personal e intransferible.

29 Mar

Ya pasó la conmemoración del Día Mundial del Teatro. Pero no pasará el tiempo sin que yo meta la cuchareta («cazuelero» que soy —y que me perdone la Real Academia, española, la licencia del término entre las comillas latinas).

Practico ese mal hábito que es gustar del teatro. O, con honestidad, la cuestión es más grave todavía: me gusta tanto que eso estudié, uno siempre es propenso a cometer imbecilidades de las que después jamás se arrepiente. Otros son más hábiles y razonan mejor al decidir cuál profesión eligen. Yo siempre elijo mal, o casi siempre y con escasa diferencia, en todo.

Pero el tema de marras no es sobre mí, sino sobre el teatro. Algo malo, malísimo, que yo, inclinándome siempre a lo peor, amo. Así que, de un asunto sin importancia, favorable a ningún lucro, me invento esta tertulia en modo de soliloquio disimulado como monólogo, escribiendo como si parlara con alguien que tenga tan poco quehacer que logra encontrar la paciencia suficiente para leer a un sanaco comentando sobre su simpleza dilecta: el Teatro.

El teatro no es un museo
El teatro no es una reliquia histórica o un fósil viviente para ser expuesto en un museo. Una propuesta escénica es un acto de creación total, que posee identidad propia y vive por sí misma. Parece desatinado pretender la creación escénica como la reproducción interminable de concepciones restrictivas de la plenitud creativa. De adherirse a ellas, cualquier creador teatral se convertiría en el repetidor de propuestas iguales, uniformes, que aún si tuviesen virtudes artísticas en un primer momento, irían degenerando posteriormente.

Una de las catarsis más comunes en algunas percepciones constreñidas, acerca del teatro, es cuando se asume un clásico. Suele desbordarse entonces una distorsión del hecho escénico. Hay quien detesta que los imbricados en el sublime acto creativo propongan su propia lectura del texto teatral. No admiten que ese texto sea un punto de partida o una provocación, para narrar lo que, desde su realidad, o su individualidad, las personas involucradas en la creación necesitan, prefieren, buscan contar y hacer. Más allá de lo que significa pagar los derechos del autor, el texto no es una camisa de fuerza.

La irreverencia es para esos criterios reductivos del arte teatral un sacrilegio. Desearían lanzarse con una cruzada; resucitar una especie de Inquisición, para desaparecer esas propuestas irreverentes, trasgresoras de recetas que no son recomendables —si es que alguna vez lo fueron—. Les causa alergia un teatro que rompa con el claustro del ingenio, las visiones pudibundas y estrechas sobre la creación y la vida. Una puesta en escena, que utilice códigos estéticos y artísticos diferentes, es también un acto vivo. Una propuesta teatral que no presente a la escena, incluso a los clásicos, como un barroco aburrimiento, debería ser motivo de aplausos.

El teatro también acecha a los miedos, prejuicios, complejos y a la marginalidad en cada alma. No es de extrañar, que al percibir todo ello en escena, esos criterios enardecidos, sientan algo semejante a un exorcismo y se retuerzan.

Un teatro trasgresor de su tiempo, o que sencillamente a veces vaya más allá, es una bendición. Un teatro que también trascienda lo cotidiano, incluso sin renunciar a ello, es evidencia de un “crimen perfecto”: la elevación creativa. Aplausos entonces para quienes, a pesar de los campos dinamitados en el camino, transiten percibiendo al teatro como un acto efímero, pero vivo.

El “horror” del desnudo.
No pretendo hacer una reseña sobre el desnudo en el arte. Evito tal cosa, porque al hacerlo me perecería que practico una petulancia. Prefiero, entonces, chismear sobre el terror que causa en algunos el desnudo en las puestas en escena, o el erotismo, o la intimidad humana.

No son infrecuentes los criterios que manifiestan espanto por el uso del desnudo en una puesta en escena. Al expresarse, la explosión de esas apreciaciones porta una intensidad atómica. Reconozco que hace tiempo —muchísimo ya— esas apreciaciones me incendiaban. Sin embargo, a veces, pareciera que detrás de esa excitación existe algún estremecimiento ante su propia imagen corporal, o un pudor desmesurado. Pero bueno, tampoco soy psicólogo así que no penetraré en las explicaciones freudianas que tales reacciones pudieran tener. A mí Freud también me desquicia.

El desnudo en la escena es un acto hermoso, donde no solo el actor se despoja de las imposiciones “civilizadas”, también suele existir un ingenio artístico que se vale de códigos seductores y signos complejos, atractivos. Quizás lo asombroso es que el desnudo en el teatro prevalezca todavía como un «tema» tenso.

¿Cuál es el “caos” por tener ante sí a un cuerpo desnudo? ¿Cuál es la licencia, y el motivo para requerirla, que alguien necesita para desnudarse en la escena?

¿Acaso los seres humanos nacimos vestidos? ¿Acaso no es fastuoso el erotismo en el arte; por qué en el teatro no?

Que el teatro se desnude es un acto límpido; que los actores lo hagan durante la representación constituye una reafirmación de esa limpidez, en plena comunión con la pasión creativa.

¿Desnudos no? ¿Y por qué vestidos sí?

Precario desenlace.
Mientras tanto, montado en la carreta o sin ella, gritería delante o gritería atrás, esa infestación peligrosa, crónica, que es el arte teatral merece ser laudada, con toda el hambre (literal) que portan los errantes, que sucumben, sucumbimos, a sus zalamerías.

Amar al teatro, a la creación teatral, no augura fortuna, es un signo de mal augurio económico. Pero una vez el teatro te contagia no habrá remedio que te sane, aunque acudas al mismísimo médico chino —ni él, ni sus brebajes ancestrales revertirán esa infección bendita.

Te embarcaste. Desde Aristóteles, o antes, y hasta hoy, todos los teatreros hemos sido meros comemierdas…afortunadamente.

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Facundo, un hombre límpido.

16 Mar

Era un hombre triste que no quería morir virgen. Facundo era más feo que el cautiverio. Peor. Su rostro parecía más hosco que el estreñimiento. Quizás su timidez era chillona. No habitaba un valle ni le quedaba cerca algún jardín. Tampoco habitó la ciudad, aunque vivió en ella. Era un hombre perdido, con un destino gordo —por chiflado.

Cuando la dama entró, Facundo pudo observar sus tetas, o el corsé. O tampoco. Solo miró el encaje del vestido. Un desquiciado miraría los senos de aquella mujer; apetecería sus labios. Un lujurioso amasaría aquella piel pulcra. Y ante esas caderas con silueta mandinga un macho se consolaría mientras transcurriese tal dicha contemplativa. Pero Facundo solo miró a la dama, para luego huir apurado y muy tembloroso.

El sábado las mujeres llegaron temprano, o fue él quien primero apareció. Ellas rezaban en la sala de Rosario:

Adóro te devóte

Adóro te devóte, latens Déitas, quæ sub his figúris vere látitas.

Tibi se cor meum totum súbiicit, quia, te contémplans, totum déficit.

Visus, tactus, gustus in te fállitur, sed audítu solo tuto créditur. Credo quidquid dixit Dei Fílius: nil hoc verbo veritátis vérius.

In Cruce latébat sola Déitas; at hic latet simul et humánitas.

Ambo tamen credens atque cónfitens, peto quod petívit latro pœnitens.

Plagas, sicut Thomas, non intúeor; Deum tamen meum te confíteor. Fac me tibi semper magis crédere, in te spem habére, te dilígere.

O memoriále mortis Dómini! Panis vivus vitam præstans hómini, præsta meæ menti de te vívere, et te illi semper dulce sápere.

Pie pellicáne, Iesu Dómine, me immúndum munda tuo sánguine: cuius una stilla salvum fácere totum mundum quit ab omni scélere.

Iesu, quem velátum nunc aspício, oro, fiat illud quod tam sítio; ut te reveláta cernens fácie, visu sim beátus tuæ glóriæ.

Amen.

Facundo terminó la clase rápido. En la biblioteca dejó al nieto de Rosario ejercitando aritmética y leyendo a san Agustín. Aquel niño no entendía las matemáticas, leía muy mal y cantaba peor. Mientras Facundo impartía las clases en lo único que pensaba el muchacho era en el caballo flaco de su tío Andrés. Y solo permanecía quieto cuando decidía meter los dedos en su nariz. Tocando violín era distinto el jovencito. Su talento como instrumentista parecía portentoso.

Cuando las mujeres terminaron los rezos Facundo llegó hasta la sala. Ninguna de ellas advirtió su presencia. Con la primera nota que se desprendió del piano callaron todas. Y la dama, cuya estampa hacía de Facundo un hombre tembloroso, también fue sorprendida. Las notas del padre Esteban Salas, interpretadas en el piano de Rosario por Facundo, lapidaron la imprudencia de algunos chismes en aquella tertulia. La casa de Gregorio y Rosario siempre ha sido un hervidero de desafectos a España, según informa a las autoridades Cuca: la mujer de Perico, voluntario del séptimo batallón. Cuca era una chivata vehemente. Perico…quería resolver el pan cotidiano y mantener dos o tres mujeres, luego de comprar alguna botella para emborracharse. Por esas intenciones ordinarias hacía cualquier cosa.

Cuca hace que Perico corra por sobre el fango de la calle al perseguirlo con una mandarria en las manos gritándole que lo machucará. En ocasiones algunos pillos inventan que Perico anda enredado con alguna mujerzuela para que la chivata agarre la mandarria y el voluntario se largue del pueblo por uno días. Cuando el marido retorna Cuca le lanza algunos jarrones a la cabeza. Mas su mala puntería evita daños al hombre infiel. «Cualquier día te doy candela», prorrumpe Cuca luego. Prontamente se calma, olvida el desparpajo del esposo y vuelve a sus ocupaciones de soplona feroz.

Aquella noche hubo ardor en las piezas musicales. La algarabía se agravó cuando Gregorio y Rosario comenzaron a leer dos periódicos traídos de La Habana: El alacrán libre y El fosforito. Los versos y sátiras, de ambas publicaciones, a los «gorriones y bijiritas», arrancaron la apoteosis. Tal bulla parecería absurda si no fuera por la connotación que los gorriones y las bijiritas habían tomado. Resulta que los gorriones se convirtieron en signo de los peninsulares. Mientras que las bijiritas eran esas aves pequeñas, pero valerosas, que se oponían a los gorriones y no podían vivir en cautiverio. Quizás todavía nadie había advertido que lo de morir por estar en cautiverio también les ocurre a los gorriones peninsulares, isleños o antillanos. En La Habana se había estrenado una danza alegórica a esa trifulca entre pájaros en presencia del mismísimo Capitán General (pero en pleno apogeo de la libertad de prensa que se había otorgado). También se editaban hojas sueltas con títulos sugerentes: El gorrión, Las bijiritas, Pelea del gorrión y la bijirita.

Tanto Gregorio como otros de los hombres que acudieron con sus esposas a la tertulia, hace días que venían trayendo toda esa actualidad desde La Habana.

Pero esa noche nada ocurrió. Cuca no pasó por allí. Estuvo toda la noche vigilando a dos o tres muchachos que querían cazar gorriones. Y eso, según Cuca, eran actos propios de los desafectos a España; jugarretas impropias durante la delicada situación provocada en la Isla por los insurrectos (las «bijiritas» alzadas). Tampoco Facundo se atrevió esa noche a cortejar a la dama. Ni se aproximó a ella. Había notado que al mirarla sus manos volvían a ponerse temblorosas y cuando conversaba reaparecía la tartamudez. Evitó la posibilidad de hacer el ridículo ante la joven. Luego de la última pieza que Facundo interpretó en el piano todos terminaron ante la imagen de la Virgen de la Caridad que atesora Rosario. Postrándose, con inflexión solemne, rezaron por la libertad. Las plegarias fueron por la independencia.

Sub tuum præsídium

Sub tuum præsídium confúgimus,

Sancta Dei

Génetrix, nostras

deprecatiónes ne despícias in necessitátibus;

sed a perículis cunctis líbera nos semper,

Virgo gloriósa et benedícta.

El 25 de marzo de 1869 fue jueves santo. Facundo apreció una extraña algarabía. En un pueblo sereno como Santo Cristo de la Salud no se acostumbra a sentir tanto apuro. Y había notado ya que más de una persona pasaba corriendo con discreción. Al husmear en la calle, mirando hacia la esquina, descubrió que la dama con el trasero mandinga que tanto lo perturbaba caminaba veloz. Luego dobló la esquina casi a trote. Quizás iba rumbo a casa de Gregorio y Rosario. Ambos regresarían hoy de La Habana. Nadie de Santo Cristo de la Salud se pierde la procesión del Viernes Santo en el pueblo.

Pero Facundo llegó a casa de Gregorio y Rosario en la noche, cuando allí ya estaban todos. Lleva días balbuceando ante el espejo alguna manera para enamorar a esa mujer; imaginando su romance con la dama de curvas mandingas. Durante la siesta de la tarde Facundo sintió miedo, otra vez.

Ella entró rechinando la puerta, azuzando así los escalofríos de Facundo. «¿Qué hace aquí?». Llegó saturada de maquillaje, destilando una lujuria adulterada. Valiéndose de las tijeras por afilar y el puñalito en la esquina de la mesa le desgarró las ropas a Facundo. Desnuda presentó sus tetas caídas, estrujadas, figuras pequeñas con una geometría obscena. Tenía el pubis bien ennegrecido, las piernas flacas y las nalgas escachadas. Un hedor fuerte contaminaba la habitación. Ella se lanzó sobre la cama directo a los genitales de Facundo que parecían tapiados. Teniéndola tan cerca el gentil caballero sintió la peste que desprendían las axilas deprimidas de esa mujer —además del olor a alcohol. El adefesio gemía con una halitosis persistente y procurando rozar con su piel escamosa al pobre instrumentista de rostro hosco.

Facundo despertó alterado, cuando soñaba que el espantajo iba a devorarle el pene. Desde el primer día que observó a la mujer con caderas mandingas parece un hombre insensato.

En esta tertulia Facundo no estaba, aunque sus manos tocaban el piano en la casa de Gregorio y Rosario que se atiborró con los visitantes de siempre, junto a otros que no acostumbraban a visitar el caserón. La música que interpretaron esa noche fue espléndida. Danzó hasta el eunuco mudo que servía en casa de los franceses. Quizás el aguardiente desbordó al hindú. Mas la mesura de aquella noche no fue estrangulada. Era jueves santo. Gregorio y Rosario contaban que La Habana había amanecido tensa.

Un voluntario del séptimo batallón (el mismo batallón de Perico, el marido de Cuca la chivata) encontró un gorrión muerto bajo los laureles del mismísimo Palacio del Capitán General. El voluntario razonó lo obvio: aquel pájaro había muerto ayunando por semana santa. De inmediato llevó el gorrión al cuartel donde comenzaron a levantarle una fastuosa tumba. El pájaro sería colocado en un lujoso sarcófago. Abrieron una suscripción para enterrarlo. También iniciaron los honores militares y religiosos debidos. Damas encopetadas desfilarían por la capilla ardiente para rendirle la merecida pleitesía al ave: «había muerto en su puesto como buen español».

Gregorio, al salir de La Habana más tarde que Rosario, pudo enterarse de que en un solo día ya habían recogido 1000 duros por el cobro de la entrada al funeral. Los poetas cantarían sus odas. Y se preparaba un pomposo entierro en medio del fervor peninsular.

Mientras en aquella casa el carácter de la semana santa por instantes parecía difuminarse, dadas las contingencias del gorrión con las que algunos reían y otros espumaban sus pasiones, Facundo ni escuchaba. Sin levantarse del piano buscaba a la dama. Miraba a la puerta; revisaba otra vez entre el gentío. Nada, aquella mujer no aparecía.

Hacía años que una dama no dilataba el erotismo de Facundo. Imagina un secuestro, como en algunas de sus masturbaciones. Él persiguiendo a la dama con un revólver viejo que guarda dentro del escaparate. Fue de su abuelo, pero no sabe si el pistolete aún dispara. Mirando aquellas caderas mandingas seguiría a la hembra, llevando él la pistola en su cintura y promediando la distancia precisa. Sería mejor secuestrarla por la noche. Mientras ella subiera unos escalones, o camine entretenida, él la seguiría sin agitarse. Luego apuntaría a sus nalgas. La doncella no querrá perder semejantes atributos, así que obedecería. Entonces, sin dificultad ni resistencia alguna, ella haría todo cuanto Facundo deseara. Pocos hombres con el rostro hosco serían capaces de secuestrar a una mujer como ella. Pensando en ese episodio terminaba excitado al vislumbrar sus virtudes como secuestrador. Quería lograr un romance con esa mujer. Para colmo del desquicie, en sus sueños grita para que ella desaparezca y teme tenerla cerca. Miedoso. Pero si logra secuestrarla no será tan pendejo. Hasta ahí todo le parecía fácil.

Esa noche la dama tampoco apareció. Facundo no se atrevió a preguntar por ella. En definitiva, ni sabía el nombre.

Finalizando noviembre debía notarse el otoño. Pero el calor es audaz. Facundo suda a chorros. Acostumbra a permanecer en su habitación desnudo mientras se abanica. Entre el sudor y los tabacos que fuma, su cuarto admite un olor típico. Después de siete meses de los sucesos de la muerte del gorrión la cordura no ha mejorado. La procesión del ave, (fallecida el jueves santo) por Cárdenas, Matanzas y Guanabacoa convirtió al gorrión en un signo de zafarranchos. Cuentan que el 27 de abril, cuando llegó a Cárdenas, los españoles arrojaron a su paso la suficiente cantidad de arroz como para enterrarse hasta los tobillos. Allí permaneció en capilla ardiente (quizás estando el animal muy frío, tieso) en el Casino Español hasta el 18 de mayo.

A Gregorio y Rosario llegó la noticia de que en Matanzas planearon pisar la bandera cubana durante la procesión. Por suerte hubo voluntarios que se negaron y al final desistieron del pisoteo. En Guanabacoa hubo hasta concejales llevando las cintas del féretro. Pero los mambises llenaron la ciudad de globos aerostáticos con banderas cubanas. Dicen que pensaron visitar Puerto Príncipe y otras ciudades. Sin embargo, la proximidad de las «bijiritas» insurrectas engendró prudencia en la animosidad de los «gorriones». Hace tan sólo unos días, el 23 de noviembre, según le contaron a Gregorio, luego de una peregrinación cívica en Santiago de Cuba los voluntarios soltaron gorriones, pero ninguno de los pájaros sobrevivió. Y en Sancti Spíritus luego de una colecta para comprar dos gorriones las aves fueron liberadas. Un halcón que vigilaba desde la iglesia mostró su voracidad al observar a los dos frágiles intrusos. Y ante el apetito del depredador tuvieron que acudir a las armas.

Durante todos estos meses Facundo cada noche ha esperado que aparezca la dama. Ha inventado pretextos ridículos para visitar la casa de Gregorio y Rosario, en las mañanas y durante las tardes. Ya devoró todas las partituras suyas y las de Gregorio. Exigió que lo acompañaran en las tertulias instrumentistas desconocidos. Ha declamado versos que son un bodrio, poesías plañideras, o estrofas nobles. Interpretó melodías clásicas, tonadas, armonías fastuosas…y la dama no ha regresado.

Esta noche presentan un vodevil en el patio de los franceses donde sirve el eunuco mudo. Gregorio y Rosario también acudirán. «Quizás esta noche la dama retorne». Allí seguro insisten en que Facundo vuelva a interpretar alguna pieza medieval. Y él sería complaciente, pero si estuviera aquella mujer; si al manosear el piano aquellas caderas con figura mandinga estuvieran expuestas.

—La madrugada es tan fogosa como el día. Me fatiga tanto calor —mugió la dama obesa frotando su semblante con un paño verde, mugroso.

—Este es un pueblo fresco. En Santiago de Cuba arderías —murmuró Facundo.

—Y el nombre del pueblo…

Su español es elocuente.

—Soy nieta de gallego, hija de cubanos, aunque casada con un desgarbado francés que es hijo de naturales de Castilla. Vivíamos en una casa corta, muy estrecha. A París solo íbamos de paso —explicó con su tono rasgado.

—La tradición infiere que los primeros pobladores llegaron huyendo de las epidemias. Y en estos parajes encontraron resguardo. Algunos murieron. Otros permanecieron con secuelas. Aquellos peregrinos, llenos de fe, acudieron al poder sanador de Cristo ofreciéndole sus sufrimientos y dolores…sus propias cruces. La comunidad nació teniendo como patrón al Santo Cristo de la Salud, de quien recibe el pueblo su nombre y protección. Mi abuelo siempre dijo que desde aquella primera Misa aquí celebramos con fervor la Exaltación de la Santa Cruz.

—¿Te gusta el vodevil?

—El verdadero. Pero a Musset parece que le encantan todos.

Cuando llegamos al pueblo no queríamos que saliera solo. Un eunuco traído por «dos franceses» podía ser un escándalo. Al principio lo miraban como a una especie exótica. Ya se acostumbraron.

—En las tertulias de Gregorio y Rosario si Musset falta…no hay gusto.

—Ni opio…Es la primera vez que nos visitas. Mi nombre es Cristina y siempre lo he pronunciado como una castiza.

Gracias. No había visitado su patio antes. El nombre mío es Facundo, natural de Santo Cristo de la Salud, hijo de naturales de Santo Cristo de la Salud, nieto de un gallego y una asturiana. No he visitado París ni de paso.

Facundo y la dueña de la casa carcajearon mientras el vodevil fecundaba la algazara de todos los espectadores. Gregorio y Rosario permanecían sentados sobre le yerba. Al terminar las tres doncellas su armonía con los violines apareció, descamisado, el eunuco. Inició su espectáculo tragando fuego. Luego de unos instantes, cerca de Musset, el francés desgarbado fue desnudándose mientras mostraba un espectáculo de malabares. Cristina estalló con un carcajeo tuberculoso.

—Mi esposo es corto y delgado en su entrepierna, pero se desnuda siempre que hace los malabares.

Facundo sintió alivio con la honestidad de Cristina, porque él no pudo disimular cuando distinguió la diminuta gracia en la entrepierna del francés.

—Facundo, ven conmigo. Tengo algunas partituras que puedo regalarte.

En el patio el vino y el ron se han derramado sin clemencia. La mirada de cada visitante puede advertirlo. Parece explicitarlo el desequilibrio de todos al intentar sostenerse en pie. La embriaguez que acoge esta madrugada no es inusual en aquel hogar. Pero es la primera vez que Facundo está allí. Y hay más vino, y suficiente ron, para seguir descorchando la mona.

Luego de abrir la puerta de la última habitación Cristina agarró el brazo de Facundo. No cabía un libro más en aquella biblioteca. Facundo no pudo detenerse para mirar. Llevado de la mano por la dama obesa terminó ante otra puerta cerca de la ventana. Cristina colocó el candelabro en el suelo y golpeó el cerrojo. Facundo todavía sin traspasar la segunda puerta notó los caballetes descubiertos. Era una habitación más pequeña que la biblioteca, aunque muy ancha. Al entrar ambos Cristina cerró con llaves y aseguró la puerta con una vara de cedro. La llama de los cirios alumbra el lugar. Frente a Facundo cuelga con desfachatez un cuadro de Mam Hogarth La carrera del libertino (El libertino en el manicomio), de 1735. Mala copia del cuadro había visto antes. Ahora estaba ante ese óleo sobre lienzo, con las mismas medidas del original 62,5 X 75 cm. La réplica luce exquisita.

—Todos los cuadros que verás son copias. El tiempo marchito me desquicia y lo invierto en pintar.

Facundo responde con gestos mientras continúa descubriendo los caballetes y abriendo lienzos mal guardados.

—Todos están dotados de virtud. Tiene usted un talento laudable.

—Otro día vienes y seleccionas alguno para ti. Las partituras deben estar en algún cajón. Cuando Musset pasa por aquí desordena mi desorden y descoloca todo. Dentro de este escondrijo el calor es insolente.

En el patio ebrios están todos. Y sudan, así que a ninguno le ha importado perder su vestimenta. El francés continúa con sus malabares y Musset es el único que lleva los pantalones puestos. El resto de los espectadores baila, gatea, o ya no puede andar. Hay un coro depravado. Gregorio declama algo inentendible; auxiliándose de un balde de madera sube agua del pozo y la desparrama sobre la gente. Musset entrevé la silueta de alguien que con prudencia se aproxima desde el cañaveral colindante. Pretende avisar a Gregorio, pero este no le entiende las señas ni le presta asunto. El francés, fatigado, reposa sobre la yerba. Nadie permanece sobrio ni vestido. Entonces el eunuco agarra un palo, con más vigor que Cuca cuando sostiene la mandarria para destrozar a Perico.

—Gente buena y bonita. Gente honrada siempre he dicho yo…aquí todos están encueros —chilla Perico al caer arrodillado ante Musset.

Gregorio se tambalea y cae al suelo carcajeando. El francés intenta levantarse, pero pierde el equilibrio y se desploma. Arrastrándose hacia el eunuco intenta hablarle procurando vencer la risa. Los demás observan a Perico con fastidio. Musset comprende lo que el francés intenta decirle, aunque no ha podido pronunciar palabra alguna. Entonces suelta el palo y desviste a Perico que ha llegado borracho. El voluntario no se opone.

—Yo también me desnudo. Miren a Perico encuero. Y miren abajo donde todo es más largo y gordo que en el francés. No se ofenda usted. Musset me está encuerando en el patio. Ay…Cuca mía. Musset, traiga un trago para Perico que ha llegado a la morada del francés. Sírvame un trago fornido Musset. Macho soy y encuero estoy. Hay mucho calor. Encueros todos…así confraternizamos mejor. Damas hermosas que en este patio desnudas están: se han mojado, con agua claro está. El balde de madera ha desparramado agua sobre la piel entera de unas damas que jamás yo he tocado. Al fornido Musset sin camisa que bien se le ve. Eunuco será usted, pero sus caderas lujuriosas son. Vuestros brazos son hermosos. Vuestro rostro parece el de un querubín. Esa espalda suya, estimable Musset. ¿Cómo logra tantas proporciones en su pecho? Miren al pecho de Musset. Oh, vuestras piernas Musset. Gente encuera, mujer soltera, observad a Perico de la mejor manera. Cadera zalamera, Perico es más que un gajo de Cuca la rastrera. Dama, innoble no seas, y la entrepierna del francés no veas. Mira a este voluntario de la cintura para abajo y notarás la belleza de su desparpajo. Musset, amigo hindú ¿dónde está el vino?, ¿no te encueras tú? Tráigame ron, honorable Musset. Querido amigo francés, fijándome estoy que usted en su entrepierna nada agraciado es, perdone si le parezco descortés. Miren su pequeñez, la vida es así: soezingrata, más hedionda que una rata, más jíbara que una gata. Ay… Cuca mía confío en que muy lejos de aquí estés.

En el patio se ha extendido la borrachera y una ola de calor inaudita. Ocurre igual —en cuanto al vapor— dentro de la guarida donde Facundo se deleita con las pinturas, o copias de pinturas, y la dama obesa hurga en los armatostes.

—Aquí tienes varias. Algunas de estas partituras transcriben canciones caballerescas del arte trovadoresco. Las atesoro con mucho aprecio. Durante mis berrinches mañosos la abuela me arrullaba canturreando esta letra. Cuant vei l´ alote mover

Cuando veo la alondra pasaralgo sé —remata Facundo.

—Pertenece a un prestigioso trovador provenzal de origen humilde: Bernand de Ventadorn. Era hijo de un siervo del vizconde de Ventadorn. Cuando veo la alondra alzarse en regocijo / sobre sus alas bajo los rayos del sol, y entonces / dejarse caer de pronto, por la alegría que llena su corazón, / tal envidia me embarga al verla tan alegre, / que me sorprendo de no delirar / y de que mi corazón no se consuma de deseos.

Facundo palmotea con una expresión piadosa en su rostro hosco. Cristina advierte la atención del pianista hacia uno de los cuadros.

Es una copia, muy fiel. Jean-Auguste- Dominique Ingres. La bañista de Valpitigon, de 1808. Óleo sobre lienzo, 146 x 97,5 cm. Notarás su destreza en las formas y la fría luminiscencia de su composición. Muchos artistas envidiaron la certitud de la técnica de Ingres y respetaron su autoridad, aunque no compartieran sus percepciones. Hasta sus más vehementes contemporáneos acabaron hartos de tanto refinamiento. Siento mucho calor —susurra la dama obesa mientras aligera la apretazón del vestido.

Facundo prosigue atraído por los cuadros. Cristina casi está desnuda. Se lanza a los pies de Facundo aferrándose a su portañuela. Las partituras caen sobre la cabeza de la mujer del francés con mayor liviandad que la expresión en el rostro arisco de Facundo. El pantalón por debajo de las rodillas descubre la gracia regordeta y alargada del pianista. Cristina es feroz al intentar despojar del espasmo al atributo virgen. Los jadeos de Facundo advierten el buen ánimo en su entrepierna. Amilanada toda laxitud en la extensión pélvica de Facundo se impone allí mismo la dureza. La copista es fiera en el arte del desnudo (ha encuerado a Facundo con arrojo). Su destreza es sutil. Muy perspicaz su mandíbula. Fresca lengua la suya.

Facundo permanece con los ojos cerrados. Percibe que su virginidad se está quebrando sin haber secuestrado a la doncella con caderas mandingas. Los caballetes caen al suelo, luego de que Facundo intenta, sin éxito, agarrarse de ellos. La señora copista persiste en su genuflexión. Postrada ante Facundo se ha quitado de encima cuanto armazón y lienzo ha tumbado el animado soltero, y sin que mengüe la voracidad de su impudor.

—Candela a las bijiritas —irrumpió Cuca en el patio con su caparazón contraído y raquítico.

La chivata había llegado dispuesta a dar candela. Llevaba la mandarria en la mano y la escopeta colgando de sus hombros. No lograba encontrar a Perico entre aquella gente desnuda. Primero lanzó la mandarria contra la mata de siguaraya, el farol también. Y disparó al aire.

—Perico, descúbrete tarambana.

Musset dejó de manosear el pubis rizado de una dama demacrada y el francés no lamió más ni al eunuco ni a la flaca pálida. Todos permanecieron petrificados. Dos tiros más y nadie se movía. «Muerte a las bijiritas» vociferó Cuca, otra vez. Nadie se meneó.

—Perico…pinga —rabió Cuca arrojando ese alarido obsceno desde su garganta constreñida al imaginarse que descubría una orgía borrachina en aquel patio.

Cuando gritó así, todos huyeron al cañaveral. Nadie notó que la imprecación Cuca la dijo después de que el chipojo sonámbulo cayera sobre su cabeza desde la mata de siguaraya. A ella y a su bravura la acobardan tanto las ranas como las lagartijas. Perico a rastras fue escabulléndose para esconderse entre las cañas.

Los disparos parecieron leves silbidos en la rinconera anchurosa donde a Facundo le estrangulaban su hastío. En aquella noche extraña el rostro parco de aquel hombre límpido no varió su semblante hosco. El quebranto de la virginidad de Facundo duró lo mismo que su secreción prematura. Cuando la rolliza sudorosa se encaramó sobre Facundo casi lo asfixia con su vestido largo, aunque ya ripiado por la ferocidad de su impudicia. En menos de lo que canturrea un gallo, la eyaculación precoz de Facundo pasmó el arrebato de la esposa del francés. La supuración blanquecina chorreada por el pianista fue abundante, pero muy temprana. Tan pronto su regordete y prolongado miembro fue tragado por la oquedad húmeda de la rechoncha comenzó a derramar su viscosidad nacarada. Montarse y bajarse, así de fulminante fue la cabalgata de la montadora brava.

Aquella madrugada desperdigó entre trillos y matorrales a cuanto visitante estuvo en el patio de los «franceses». Damas y caballeros, todos, encueros, huyeron con frenesí.

Cuca fue ahorcada. Al amanecer Perico la acusó de realizar una tea incendiaria. La soplona enardecida al descubrir la orgía de las «bijiritas» le dio candela al cañaveral, con toda la gente encuera que allí se escondió. Cuca, parlanchina, delatora crónica, terminó acusada de insurrecta, y sentenciada como una «bijirita» manigüera.

Gregorio y Rosario supieron del jelengue después de la alborada, cuando el sol comenzó a achicharrarles el cráneo y se despertaron en el patio de los franceses con una resaca soberbia. Entonces, quisieron defender a Cuca del enredo armado por Perico, pero nadie les creyó. Pensaron que ellos, independentistas y desafectos, estaban protegiendo a Cuca. El matrimonio se fue a New York y se llevaron hasta al nieto bruto.

Desde entonces Facundo dejó de buscar a la mujer con caderas mandingas que tanto le perturbó. Los franceses lo alojaron en su casa. Y cuentan que el pianista a veces toca el piano. Mas sus horas transcurren junto a la sudorosa esposa del francés, aseguran que pintando. Algunos, con la lengua muy lampiña, murmuran que, a veces, en el mismo aposento duermen Facundo, la dama gruesa, el francés y el eunuco mudo. Que se sienten muchos alaridos, frecuentes gimoteos y un concierto de jadeos polifónicos. Y que al menos una vez por semana presentan un vodevil en el patio, el mismo al que Cuca la chivata seducida por los insurrectos —piensa la gente—, le quiso dar candela, quizás para provocar una reacción furibunda de Francia contra España.

Insomnio inefable

9 Feb

Parezco un átomo extraviado. Temo a la vejez. No a las arrugas. Tampoco al mero paso del tiempo. Me causa vértigos la incertidumbre de mi destino. No sientas lástima. Escúchame. Y evita consolarme con una elocuencia ingenua. No hay remedio. Estoy aterrado. Pero no será una perorata calamitosa esta epístola. Para contarte de mí neurosis habrá tiempo. A veces por imaginar los finales de mi destino mis manos sudan frío. Y las patadas en mi estómago parecen signos del espanto que a cada rato penetra mi cadencia. Una desesperación polifónica me satura. Sufro escalofríos. Fui una silueta desgarbada que sonreía. Luego todo ha cambiado. Excepto el despeñadero que me persigue. Quizás la noche es triste. Pero cuando parezco una angustia andante que simula bien…siento miedo.

Los gemidos son mi alimento;

mi bebida las quejas de dolor.

Todo lo que yo temía,

lo que más miedo me causaba,

ha caído sobre mí.

No tengo descanso ni sosiego;

no encuentro paz, sino inquietud.

(Job 3:24-26)

Con el libro de Job comienzan los textos poéticos. Excepto la prosa del prólogo (cap.1-2) y de la conclusión (42.7-17) lo demás es poesía. Al concluir el prólogo del libro, la actitud de Job rasga el prototipo de persona sumisa, paciente. Estallan sus angustias y ácidos entresijos. El libro no es un tratado sobre el misterio del sufrimiento. Job encarna las angustias de todo ser humano ante el dolor inexplicable, del inocente —por demás. Ninguno de los tres amigos que intentan consolarlo responden a la pregunta que más se reitera. ¿Por qué tantas desgracias? La respuesta que le ofrecen no tranquiliza a Job. Él ha sido fiel. Es inocente. No merece tantas calamidades. Y en sus lamentaciones desea interpelar a Dios, frente a frente, por ese modo de actuar tan incomprensible. Razonable deseo. El dolor de Job no puede explicarse. Es evidente lo inefable de su sufrimiento. Los visitantes, que por turno dialogan con él, son tristes consoladores. No se conmueven ante el espectáculo escandaloso del sufrimiento humano y solo saben ofrecer a la persona sufriente el consuelo (quizás desconsolador) de una doctrina…como si se tratase de meras fórmulas. Finalmente se escucha la voz del Señor. Ante ella Job siente su propia pequeñez, su incapacidad para comprender misteriosos designios. Ese encuentro final le propicia humildad. También una sabiduría más intensa.

No hay indicios sobre el autor del libro de Job. Pero expertos sugieren que su escritura tomó años. Para el tiempo en que se redactó el libro, el Redentor aún no había sido crucificado. El alivio: la victoria en la cruz, vendría siglos después. El Crucificado aclara la lectura de la Antigua Alianza.

El libro de Job, o el de las Lamentaciones… pueden ilustrar lo que siente cualquier persona ante el sufrimiento. La persona que sufre es sagrada y merece absoluto respeto y plena ayuda. El dolor siempre es inmerecido, feroz. Los males nunca son deseables. Sus causas muchas veces son incomprensibles, y sus consecuencias desgarran. Ante esas circunstancias inexplicables la cruz es redención, esperanza cierta. No una esperanza desmesurada, quizás tan letal como el pesimismo atroz. Se trata de un sereno optimismo, que no ignora la realidad, ni evade lo obvio, sino que prevalece en medio de la vida misma —tal como es— reconociendo en ella los designios misteriosos de la Providencia. La sangre derramada por el Crucificado, sus llagas y corona de espinas, la desnudez (literal), el vinagre bebido, el ensañamiento, los latigazos, el dolor…no son un testimonio intrascendente.

—Si tenemos que morir nuestra vida no tiene sentido, ya que sus problemas no reciben ninguna solución —filosofa Sartre con su apasionado pesimismo.

Albert Camus: (Desnudo. Su rostro está constreñido. Su mirada luce profundamente extraviada. Su silueta es pesimista) En mi obra el Mito de Sísifo declaro que la vida es absurda. Suicidarse sería lógico, pero no sería más que una huida cobarde. También aclaro que lo religioso es falso. Expongo como mi verdad evidente aceptar la vida sin esperanza, aunque con algunos compromisos de ayudar al pobre y enfrentar la miseria y la injusticia.

Un sufrimiento inútil y una vida trágica parecen el paraje a contemplar en la escritura de ambos existencialistas.

Unamuno: (Expectante) Nunca perdí la esperanza de la eternidad. El corazón me decía que sí y la razón insistía en que no. Horrible mi agonía.

En la Inglaterra de Ricardo Corazón de León, el arte trovadoresco tuvo su expresión propia. Y parece que al rey le fascinaba trovar. De su amistad con el trovador Blondel de Nesle emana una leyenda. Cuenta el relato que durante las cruzadas el rey es hecho prisionero en una de las batallas. Su trovador lo busca cantando una canción compuesta por ambos. Peregrina de palacio en palacio y entona la misma canción al pie de la torre. Un día, desde su prisión, el rey continuó la canción. Entonces el trovador supo dónde se encontraba su amigo y señor. La traducción libre de una canción caballeresca anónima sugiere la peculiaridad poética en sus letras:

Worldes blist ne last no throwe

(La alegría del mundo no tiene duración)

La alegría del mundo no tiene duración alguna.

Se va y se desvanece de pronto.

Mientras más la conozco, menos valor encuentro en ella.

Todo está mezclado con problemas tristezas y desgracias.

Y al fin cuando comienza a pasar

deja a un hombre pobre y desnudo.

Toda la alegría aquí y allá,

está finalmente acompañada de llanto y lamentación.

Una vez descubrí que entre los instrumentos propios del medioevo estuvo la tromba marina. Un cordófono provisto de una sola cuerda que tocada con un arco producía sonidos armónicos de timbres metálicos. Aseguran que apareció en el siglo XII y fue usado hasta el siglo XVIII. Desconozco porqué cuando algo grave ocurre, ya sea enfermedad, muerte, desgracia, conflictos familiares Catalina siempre dijo:

—Una tromba marina es lo que ha vivido.

Quizás tenga algo que ver con el sonido del dolor, y hasta con su sentido. No sé.

Plutarco fue un tipo regio. Tenía unos bigotes torpes. Siempre llegó al río desnudo; luego de unas cuantas tonadas sobre la yegua raquítica que cabalgaba. Yegua tísica. Más muerta que viva. Y no galopaba. Jamás se le oyó relinchar. Aunque aquella yegua cambió su semblante la noche en que Catalina pudo salvarla.

—¿Y esas ronchas? —jadeó Casimiro mientras ensalivaba su mano.

—Me pica. Serán las hormigas —murmuró Catalina.

—Me están picando en las nalgas —dijo Casimiro deslizando su glande henchido por las caderas de Catalina.

—Luego te embarras con un poco de aguardiente —gimió la guajira.

—Mira a ver si tengo ronchas. Ráscame.

Catalina sopló un trago sobre las nalgas enrojecidas de Casimiro. La ardentía arqueó al guajiro. La mujer desnuda volvió a resoplar. Pero el mulato encontró un seboruco poroso para rascarse. Nalga arriba, nalga abajo. Aquel seboruco le raspaba la piel, pero aliviaba la picazón. Catalina observaba aquel glande (ahora desinflado) danzando en el aire; a veces rozando las hojas secas del suelo. No resistió y fue a devorarlo. Casimiro no dejó de rascarse mientras observaba a la mujer acoplándose al ritmo de su escozor impertinente. Fue la primera vez que las hormigas picaban sus nalgas, que él danzaba con ingenio sobre un seboruco y la boca de Catalina se aferraba a su glande sin timidez.

Catalina distinguió a Plutarco mientras se encaramaba sobre Casimiro. El cuerpo desnudo de su marido ella lo reconocería a cualquier distancia. Estaba detrás de las palmas. Y en algo raro. “¿Qué hace este tipo?” —murmura entre sus gemidos. Y se levanta. Casimiro no entiende. Catalina agarra el cuchillo caído dentro de las botas. Toma el bastón de roble amarrado a la montura del caballo y camina sigilosa. Va aproximándose a las palmas con prudencia. Quién puede ser la indecente que Casimiro está gozándose con tanto desparpajo. Hace más de una década que no logra terminar una montada con ella. Hace más de una década que el sinvergüenza nada puede hacer. Siempre con aquello apenado, encogido. Rara vez medio erecto. Blando. Si no llega a ser por Casimiro, Indalecio, Juan el abre pozos, Tato el gallego cojo o los pepinos pulcramente lavados de la finca más cercana…ni se acordaría de qué es sentir la humedad entre sus piernas. Ha intentado todos los remedios. Esperarlo desnuda. Despertarse desnuda. Dormir encuera. Todo. Madrugadas completas terminando con la mandíbula adolorida, media tiesa, intentando que a Plutarco se le pusiera tieso…y sin éxito. Da grima esa mortandad teniendo el tamaño propio de un semental. Porque su longitud es avariciosa, además del grosor. Perfecta anatomía, pero moribundo siempre. Entumida. Las vacas con su toro a cuestas. Las puercas con el verraco arriba. La gallina con el gallo encima. Las perras trabándose con el perro jíbaro. Las tres gatas en celo chillando luego de ligarlas el gato siamés. El caballo rendido sobre la yegua. Y ella achicharrándose en la cama, al lado de Plutarco: un marido flácido. La bisabuela le contó que a los petimetres se les reconocía por la flacidez que colgaba en sus entrepiernas cuando estaban delante de una mujer. Muchos andaban por ahí casados. Petimetres que hacen sufrir a sus esposas. Un marido que no enfanga la cama, que no la desordena, que no destroza una habitación, o no pone dura la vara de sus entrepiernas, tiene algún gato encerrado. O gata. Y anda gozando por ahí. O no es hombre. Un macho cuando llega a la casa no desatiende a su mujer, aunque haya servido a una casa entera de putas. O es petimetre. O algo grave está ocurriendo. Pero Plutarco no parece un afrancesado de los que habla Tato, el gallego cojo (corto en su entrepierna, pero cerrero en la cama). Él llega a las cuatro de la mañana, después de que Plutarco sale a ordeñar las vacas de Rosendo. Se va al amanecer. Tato es muy cerrero, la monta hasta tres veces. O Catalina misma se encarama con desespero. El gallego cojo conoció varios afrancesados. No venían de Francia. Tan gallegos cómo él. Otros eran de Castilla. También había catalanes, andaluces. De todas partes. En el barco que vino había varios. Y él los distingue enseguida. Hasta dos veces por noche sorprendía a algunos en los escondrijos del barco. Tato asegura que Plutarco no es un petimetre. Hay hombres cuya vara se le muere muy pronto. O se les fatiga para siempre. A Plutarco se le ha desgraciado la suya, solo eso.

Catalina detrás del monto de piedras corroídas intenta descubrir el rostro de la mujer. Desde el escondrijo solo ve el rostro de la yegua de Plutarco. Aunque el raquítico animal mantiene las orejas paradas permanece quieta. Arrastrándose con prudencia Catalina logra mirar por detrás. Observa la espalda de Plutarco. Está moviéndose como un perturbado. Nunca lo vio moverse de esa manera. Esa mujer debe tener una dudosa reputación. Es raro que no esté chillando. No jadea. No grita. Quizás la muy obscena sea alguna conocida. Plutarco parece una bestia. Está desenfrenado. Encima de aquel tronco de ceiba ni pierde el equilibrio. Se sostiene erecto. Aquí parece un macho el muy sinvergüenza. Algo le habrá metido en alguna infusión para lograr que Plutarco pierda la flacidez.

Puede acercarse más. Plutarco no percibirá su presencia. Él está balanceando sus caderas con la misma prisa del conejo cuando copula.

Ese fue el error de Catalina. Si no hubiera husmeado. De haberse quedado con Casimiro allí dónde estaban…no habría zafarrancho. Plutarco terminó colgado cabeza abajo y con el escroto triturado. Golpeado en la nuca con el bastón de cedro. Desangrándose. Al Catalina acercarse a la espalda de Plutarco descubrió que su marido, con aquella erección insospechada, penetraba a la yegua raquítica.

3 de noviembre de 1882. Periódico La Aurora del Yurumí.

En La Habana es un escándalo. Se baila en nuestras sociedades de recreo que son numerosísimas, los domingos y días festivos; y en las academias conocidas vulgarmente por escuelitas. En cada esquina de culta población se estaciona de la noche a la mañana un organillo que con sus chillonas notas molesta a los vecinos pacíficos y saca de sus casillas a las inexpertas muchachas (…). Hoy un hombre que no baila, es considerado como un ente ridículo que inspira lástima ¡Hasta ese punto ha llegado la obcecación! ¡Qué sociedad!

[Osvaldo Castillo Faílde. Miguel Faílde, creador musical del danzón, pp. 158-159]

Así escribía un gacetillero de la época. Son obvios los sentimientos que el baile le causaba a ese redactor de notas de prensa (quizás era arrítmico). También la preferencia por el baile y los atrevimientos de los bailadores.

Este insomnio me va a matar. No hay remedio.

¡Cuánto lloré al oír vuestros himnos y cántico, fuertemente conmovido por las fuerzas de vuestra Iglesia, que suavemente cantaba! Entraban aquellas voces en mis oídos, y vuestra verdad se derretía en mi corazón, y con esto se inflamaba el afecto de piedad, y corrían las lágrimas, y me iba con ellas (San Agustín, Confesiones 9, 6,14).

Imagino aquellas plegarias. Pienso en aquella devoción que estremeció a san Agustín. Luego me enternezco pensando en la suerte de quienes escucharon la prédica elocuente y mística del hijo de tantas lágrimas. La paz con que santa Mónica murió al observar, por fin, la conversión de su hijo fue un obsequio de Dios —no sólo para ella.

Me arden los ojos. Este insomnio desquicia; acabará conmigo.

Santo, santo, santo Señor Dios omnipotente, el que es y el que era y el que ha de venir:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Digno eres, Señor Dios nuestro, de recibir la alabanza, la gloria y el honor y la bendición:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Digno es el cordero, que ha sido degollado, de recibir el poder y la divinidad y la sabiduría y la fortaleza y el honor y la gloria y la bendición:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que teméis a Dios, pequeños y grandes:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Los cielos y la tierra alábenlo a él que es glorioso:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Y toda criatura que hay en el cielo y sobre la tierra, y las que hay debajo de la tierra y del mar, y las que hay en él:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo:

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Como era en el principio y ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

Y alabémoslo y ensalcémoslo por los siglos.

Oración:

Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, todo bien, sumo bien, total bien, que eres el solo bueno, a ti te ofrezcamos toda alabanza, toda gloria, toda gracia, todo honor, toda bendición y todos los bienes. Hágase. Hágase. Amén.

Así rezaba el pobre de Asís. Las plegarias antiguas son hermosas. En ocasiones parecen más sabias, y honestas, que muchas letras petulantes de hoy. Una plegaria antiquísima también vivifica el gusto por la oración.

No me queda un cigarro. Mi insomnio es grave. Tengo los parpados apretados, pero no logro dormir. Me duele la mandíbula. Todo el lado izquierdo de mi rostro lo siento apretado. Estoy desesperado. Con esta maldita manía de brincar sobre la cama, menear los dedos de los pies…no logro permanecer quieto. Tengo una ansiedad insolente. Ya fui a orinar, otra vez. Creo que con el último sorbo bebí el poco de agua fría que aún quedaba. Si continúo despierto empezarán los retortijones. Mis tripas son muy frágiles durante el insomnio. ¡Necesito dormir! El insomnio acabará conmigo.

Garabato andante

tu locura infantil

derrumba mis muros,

descoloca mi quietud camuflada.

 

Garabato andante

me derribaste;

algo emana

no es tu ombligo,

talvez tu boca;

a veces tus ojos siempre mirando hacia otra parte,

la palidez,

los dedos largos,

el cuerpo tísico.

 

Algo se mueve

alterando mi filosofía,

aniquilando los silbidos.

 

Trazo tu silueta para alargar mi silencio;

parezco enternecido.

Nada me absuelve,

simulo todo al revés,

no sé…

¿Qué pasa?

                                                                                      (Día. Interior.)

                                                                                        Gendarme

Gendarme se ahorcará con el pene gacho, no moverá la plancha, ni tocará el café. Todo seguirá detenido; pero raspará el óxido, se le trancarán las venas y paralizará sus estornudos. La escoba seguirá quieta. No duerme, el sillón lo balancea. Gendarme va a morir. Colgará el lazo, se apretará el cuello, recordará a sus putas. Gendarme va a morir. De pie sobre el sillón decide meter la cabeza, tira de la soga, pero cae junto a todo el techo. Gendarme no pudo ahorcarse, también su casa se fue abajo.

El canto de la cigarra me inquieta más. Un grillo insolente perturba el silencio atroz de la noche. El insomnio me va a matar. No hay remedio. Creo que la sábana apesta. La almohada tiene un olor distinto al de ayer. Quizás es este desvelo que me ha desquiciado. Una cama seca. Un aposento putrefacto. A veces desnudándome logro reconciliarme con el sueño. Pero hace mucho frío. ¡Y ese perro que no deja de ladrar! Hay una sombra en la puerta que no sé qué es. Siento miedo. No me quiero levantar. Parece la sombra de las moscas cuando vuelan. Tanto silencio me causa escalofríos. Si ayer no me hubiera comido las uñas de los pies, ahora pudiera arrancarme alguna. Me pica la espalda. Me arden los ojos. Quizás rezando agarro el sueño. Pero ayer también lo intenté y ni pude rezar ni logré dormirme. Tengo que levantarme antes del amanecer y no he podido dormir. No hay remedio. El insomnio me matará. Debería abrir la ventana y gritarle al perro para que se calle. Un grito así a esta hora de la madrugada despertaría a todo el vecindario. Nadie permanece despierto a esta hora.

Me entristece la imagen de Molino de viento junto a un río de Jan van Goyen. El paisaje es nostálgico. Claro, la melancolía que me inspira no disminuye su belleza. Pero siento nostalgia al contemplar en Molino de viento…la luz del atardecer, esa belleza sosegada del paisaje. Jan van Goyen sitúa la retina del espectador en una brumosa distancia. Y desde allí se contempla aquella escena laudable de un lugar cualquiera en Holanda.

No me avisaron. Nadie me dijo que al nacer yo moriría esperando la sepultura de una existencia que no está, solo me masturba.

Este insomnio me va a matar…

No hay remedio…

—Asciendes desde la infertilidad de las putas, como carrusel público de banalidades, ano ansioso de penetraciones largas; rostro de ángel abriendo sus piernas a cualquier orgasmo infiel; agitador continuo; mentiroso exquisito; genio manipulador; tirano eterno, irremediable, de las almas ingenuas. Tú, marcado por la esquizofrenia de tu soledad. Solo como las putas; militante activo de la desorientación y devoto fundamentalista al culto estúpido de tu tierna escultura. Ansío besarte, pero esta es la realidad que sepultaría de tu asquerosa existencia. ¿Cómo se puede matar a un ser que amas tanto? —bramó cerca del río.

—Todo consumido. Cuerpos rodantes enfrascados en la constancia de un ano impúdico. Anal apertura del gusto. Poeta podrido, espermatozoide adicto al vómito penoso del pene retórico. Me compadezco de ti por tu fracaso como puta espiritual —esputó con un desparpajo inusual.

No entiendo este berrinche que ahora me exalta. Necesito dormir.

El río estaba sereno, el mar no. Serena estuvo la bahía antes del amanecer.

Agarraré una mandarria y machucaré mis testículos, como hacen con los toros para convertirlos en bueyes. La calma nunca ha sido esta paz. Mis párpados quedaron anclados a un pasado alucinante que no regresa. Hoy retorno fallándole a cada paso. Enséñame a dormir tan sereno.

—Ese hombre teje sus incongruencias rutinarias lejos de los silbidos; teje su cotidiana escena apuntalando cada letra muerta con la que germina su acostumbrado silencio, y apresura su tejido leve rozando sus dedos rudos. No aclama la muerte ni marca huellas. Deja su calva perturbada observando el tejido prematuro de sus horas siempre muertas. Respira cautivado por esa inconstancia ininterrumpida, con un placer raro que abruma sus días siempre iguales. Ese hombre es un almacén de huesos sin triturar, aunque esté tan cerca de las tumbas que jamás visita. Ese hombre no tiene caso, porque vive como los muertos —musitaba en la ribera del río.

Ventrículo malva: (Desnudo.) Cabalgando en el potrero el guajiro arrullaría sus patas largas. Noctámbulo sobre a la tierra seca negaría su virginidad temeraria, entre el quejido moribundo sepultaría cada necedad y no gesticularía un adiós, ni mecería sus nalgas sobre el saco tendido entre las matas casi muertas. Desnudo soportará cada gemido. Y callará ante los silbidos en otra noche infértil. Otro hombre estallará sus testículos. Pareciera que el amanecer no le pudriera la boca, pero ese miedo le ha estrangulado el rato. Cercano a la muerte aún no sabe destapar el simulacro de sus escapatorias.

—En la vida hay cosas que son más importantes que el culo —dije con mesura en aquella sala, y todos se quedaron petrificados. No obstante, el artificio de mi estornudo les pareció insolente. Intuí que ellos explayaban una fobia rancia. De loca con fobia hacia la primacía del ano a loca odiada. Así terminé en aquella tertulia —decían que abierta y cordial—, que fue truncada al manifestar mi percepción sobre el culto fundamentalista al ano.

Sufro escalofríos. Pensaré en algún Rembrandt. Quizás soñaré con Duchamp. No hay remedio. El insomnio me matará. Me causa vértigos la incertidumbre de mi destino.

Aburrimiento monocorde y una conga proxeneta

11 Dic

Querida Petunia:

A veces transcurre el tiempo sin que el destino hurgue en sus mamotretos. Este silencio con que el tiempo mata da vértigo. Notarás que el café se ha derramado. Y se desparraman sobre el suelo todas las angustias; caen alargándose. Luego corren y me ahogan. Parecen un carnaval que solo se desvanece con mi ritmo en el sillón y su ruido de comadrita estéril.

Conversar contigo es una distopía. No aparece ningún fonema capaz de labrar mi espanto. Esa música perdió su anatomía, no me erotiza. Fue alterada por su antónimo, y cambió la melodía por su contrapuesto. El ruido vulgar, apabullante, desvirtúa la silueta de cada nota. Ni es música ni se le parece. Los cánticos, una vez fueron signos de las virtudes de estos predios. Ahora es como si hubieran desfilado hacia la castración.

Aquí permanece todo en la opacidad perpetua.

Tuve ganas de quedarme hasta mañana. Un trago, un pasillito…quería guarachear. Alegré una madrugada triste. No hay quien me quite la conga. No es que baile, brinco. Se mueve el cuerpo y la conga se me sube, hace que las neuronas caigan en trance. Ay qué se yo. La conga es como el ron, llega un momento en que sube a la cabeza y luego no quiere bajar. Ambos demoran en irse. Si ya no hay nada —ni siquiera esperanza— que tumbe el retrete, descomponga la ruina, aclare la niebla…tampoco habrá nadie que me destruya la conga. O eso supongo. Canté un coro a los que se despiden temprano de la conga. Caray, con lo duro que está todo fuera de la conga. ¿Cuál es el apuro? Y no solo es duro, es feo, duele…da grima. Miedo. Es cruel. Una conga te salvará en cualquier lobreguez. Petunia cuando más oscuro sea todo: un trago, un pasillito y a guarachear. Empieza. Arrollando voy. Arrollando va. Y en una alborada lúgubre te alegrarás. La conga subirá a tu cabeza. Quédate con ella hasta mañana, y hasta más tarde. Ve arrollando. En cualquier destino desconsolado te agradará. La conga siempre sube, no dejes que baje. Canta el coro. Deja que esa conga te alivie. Y arrolla cuando ya no hay más. Arrolla. Gózala. Otro pasillito. No dejes que te quiten la conga. Y canta. Sin pausa. Canta.

Aquí permanece la sordidez perpetua.

Mi calma se ha desatado. Tu silencio contempla la algarabía de un destino frágil. Y es que el rumbo al despeñadero ha desquiciado nuestras siluetas.

Imagina que estás en un barco. No, imagina que estás en una isla. Quizás en un bote. Imagina en definitiva que estás a la deriva. Y allí todo se ha corroído. De eso se trata.

9 abril—Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos.

Esa anotación de Martí en su Diario de campaña parece un [mal] augurio de hoy.

 Las brisas en Adviento

3 Dic

El tiempo es feroz. No sólo por las brisas que en esta época han mimado los parajes del pueblo que habito. Tampoco por las tardes laudables mientras huye el otoño y penetra un ligero invierno. Es que el destino parece indómito y la cotidianeidad lo esfuma, como alcahueta dilecta del tiempo. El Adviento tiene un halo propio arropado por la expectación ante la venida del Redentor. Esa esperanza y vigilia convida a rezar mientras aguardamos la solemnidad de la Natividad.

Parece que los cristianos en Galia e Hispania a fines del siglo IV esculpieron, como preparación ascética, este preludio de la celebración del nacimiento de Cristo. Ya en el siglo V aparece la disposición de los fieles para la Navidad vinculada con la práctica de buenas obras por amor al prójimo, enfatizando en los peregrinos, viudas y pobres.

En preparación de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda mancha, llenemos sus tesoros con la abundancia de diversos dones, para que sea santo y glorioso el día en que los peregrinos sean acogidos, las viudas sean alimentadas y los pobres sean vestidos […]

Sermón de san Máximo de Turín. Patrología Latina 57:224.234

El primer domingo de Adviento advierte el inicio del año litúrgico católico. Una semana antes celebramos la solemnidad de Cristo Rey. Y en esta tradición cristiana la corona con sus cuatro velas es un símbolo auténtico de las razones que convidan a encender una de ellas cada domingo, para luego concluir con los cuatro cirios encendidos en el día del Señor anterior al de la Navidad. La luz que desprenden esas llamas nos remite a Cristo. El evangelio de San Juan (8:12) presenta al Redentor como “luz del mundo”. En familia o en la parroquia las lecturas de pasajes bíblicos y las plegarias que acompañan a la luz que arde son una costumbre que comúnmente se observa. Sin embargo, practicarla como mero caparachón de un rito puede significar un ejercicio infecundo. Juan el Bautista es una de las personalidades propias de la liturgia de Adviento. Él incorpora a su prédica una expresión del Libro de Isaías que puede esclarecer el sentido de este tiempo:

“Una voz grita en el desierto: preparen los caminos del Señor, allanen sus senderos”.

Tal preparación no indica sólo practicar costumbres valiosas. El sentido es más ancho. Se trata del alma sedienta de Dios que en el Salmo 62, 2-9 manifiesta:

                                                    En el lecho me acuerdo de ti,
                                                    y velando medito en ti,
                                                   porque fuiste mi auxilio,
                                                   y a las sombras de tus alas canto con júbilo;
                                                   mi alma está unida a ti,
                                                   y tu diestra me sostiene.

En las plegarias de Adviento clamamos por nuestra purificación para llegar dispuestos al día de la manifestación gloriosa del Hijo. No hacemos meras fórmulas. Nos disponemos, expresando con devoción sincera la antífona de un cántico espléndido:

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, María; no temas concebirás en tu vientre al Hijo de Dios”.

La fe que contienen nuestras oraciones en este tiempo litúrgico son el sentido de nuestras prácticas, la razón de nuestras obras misericordiosas y de una esperanza cierta, cuya certidumbre está en el misterioso destino que todos los humanos recorremos, donde las alegrías parecen efímeras, pero son tan ciertas como las angustias. El fiel también espera y se alista con la alegría de lavar sus propias llagas.

“Con todos y para el bien de todos”, es aquel discurso pronunciado en Tampa que posee un valor fundacional para la Nación. Martí lo inicia diciendo:

“Para Cuba que sufre, la primera palabra”.

Ante el infortunio de la patria, agarro esos términos de la elocuencia martiana para iniciar mis plegarias durante estas brisas de Adviento.

 

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